¿Por qué la tolerancia es una palabra fea?

Graffiti de Fanelli's Crew

JUAN ARIAS

Zapeaba hace unos días en la televisión cuando me encontré con una entrevista a Hussein, el fallecido rey de Jordania. De repente le escuché una frase que me dejó perplejo por unos segundos: “Tolerancia es una palabra fea”, dijo. En su opinión, con el diferente, con el emigrante, con el que consideramos de otra cultura no deberíamos usar la palabra “tolerancia”, sino “aceptación”.

Me quedé pensando: ¿pero no es tolerancia lo que pedimos, en defensa de los que no comulgan con nosotros? ¿Cómo puede ser fea una palabra con la que hoy sueñan todos los que defienden los derechos humanos, la libertad de credos y de culturas? ¿Es que no son entonces intolerantes los que rechazan a los que no piensan o no rezan o no visten o no cantan como nosotros o como a nosotros nos gustaría que lo hicieran? ¿No proclaman la tolerancia aquellos que defienden el derecho de todos a vivir como mejor les plazca mientras respeten a los demás?

Afirmar que la palabra tolerancia es fea, poco evangélica, demasiado raquítica, puede parecer una provocación. A mí me lo pareció en un primer momento, escuchando al pacífico rey de Jordania. Me fui, por ello, a consultar el Diccionario de la Real Academia Española donde el verbo tolerar, del latín, tolerare, se define así: “Sufrir, llevar con paciencia. Soportar algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. Resistir, soportar”.

Empecé a pensar que quizás tenga razón Hussein bin Talal, porque soportar, sufrir, llevar con paciencia, que alguien profese una fe diferente de la mía, o que piense de otro modo en política de lo que a mí me guste, o que se pasee, si así le gusta, en traje de baño por la calle, o con la cara cubierta por el burka, es bien poco. No es así como se puede crear una paz estable, una convivencia en alegría. No basta con soportarlo, con sufrirlo, con tolerarlo. Limitarse a “soportar algo que no se tiene por lícito”, no va a evitar el choque de civilizaciones o la guerra de religiones. De soportar a prohibir hay un paso.

La mejor forma de convivir codo a codo con los que consideramos diferentes -¿ellos no nos considerarán también a nosotros diferentes?- más que tolerarlos es aceptarlos. La diferencia es enorme. El mismo Diccionario de la Lengua define el verbo aceptar como “aprobar, dar por bueno”, algo que “merece aplauso”.

Entendida así la famosa tolerancia que consideramos el sumo de nuestra generosidad con el distinto, las cosas cambian radicalmente. Si doy por bueno y hasta aplaudo la fe del otro aunque sea diferente de la mía -¿por qué tendría que ser peor?- no hay ya espacio para la contienda, para la reducción del diferente al que, simplemente “sufro con paciencia”. Con la aceptación de aceptar, en vez de tolerar, puedo incluso servirme del diferente para enriquecerme, porque puede que hasta descubra que lo que hace, piensa o cree es mejor o que por lo menos complementa lo que yo creo, hago o pienso.

Hay cristianos -recordemos al filósofo marxista Roger Garaudy- que en un cierto punto de su vida consideraron que la fe del Islam era mejor que la suya y la abrazaron.

Hay católicos que se han sentido atraídos por el budismo o por el judaísmo. Hay marxistas que se han convertido a los valores democráticos y capitalistas duros que se han pasado a las filas de la socialdemocracia.

Si acepto, es decir, si apruebo y hasta aplaudo al diferente sencillamente porque supone una riqueza para la sociedad, doy un paso adelante hacia la comprensión y la apreciación de lo que yo no tengo o soy, pero que tiene valor en sí mismo. Es bajo esta dinámica que las guerras pueden comenzar a ser inútiles; que los pueblos pueden llegar a complementarse en vez de antagonizarse. Pueden enriquecerse con sus diferencias no ya toleradas sino comprendidas y aplaudidas porque nos complementan.

Todo el que haya viajado a países de culturas y credos diferentes de los propios habrá podido observar -si viaja sin prejuicios- que los encuentros con lo diferente acaban enriqueciéndole, que se admira ante lo que desconocía y que quizás ni hubiese imaginado que existía.

Personalmente, confieso, que a pesar de haber estudiado en cuatro universidades, donde más he aprendido, lo que más ha enriquecido mi mente y mi corazón, han sido los viajes: a la África misteriosa, a la India mística, al Japón de la modernidad, a la China de la cultura milenaria, al Egipto de los Templos increíbles; a la Oceanía mágica. He aprendido más, en los años que llevo en Brasil, sobre la felicidad y sobre la sabiduría escondida en la pobreza, en lo que significa trabajar para vivir en vez de vivir para trabajar, que en todos los libros, por sesudos que hayan sido, que han pasado por mis manos.

Europa fue rica por su diversidad. Hoy se está empobreciendo espiritualmente porque, como mucho tolera las diferencias, sin aceptarlas ni aplaudirlas, a veces hostigándolas.

Si es cierto que solo envejece quien pierde la capacidad de sorprenderse, no me cabe la menor duda de que la aceptación feliz de lo nuevo y de lo diferente podría ser el mejor antídoto y la mejor terapia contra ese desencanto y aburrimiento que nos abotargan con solo lo conocido y hace que despreciemos lo desconocido que nos ofrece una seguridad falsa y estéril.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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