El fotógrafo que quería ser artista

Foto Tomás de Acillona

EVA LARRAURI – Bilbao – 03/07/2010

Tomás de Acillona (Getxo, 1893-Biarritz, 1957), estudió Derecho en la Universidad de Deusto y se dedicó a los negocios. En el desván de su casa de Algorta instaló un laboratorio de fotografía en el que disfrutaba de su afición a experimentar con complejas técnicas de revelado. Acillona buscaba con sus fotografías algo más que documentar su entorno; en línea con el pictorialismo en boga en las primeras décadas del siglo XX, estaba más preocupado por conseguir imágenes con valor artístico. Consiguió exponer sus trabajos en varios salones fotográficos internacionales, pero nunca vendió una obra. Tras su muerte, la obra fotográfica de Acillona cayó en el olvido. El Museo de Bellas Artes de Bilbao recupera ahora las imágenes custodiadas por la familia del fotógrafo con una exposición de 45 obras, fechadas entre 1932 y 1957.

Las fotografías de Acillona se acercaron a los bodegones y al retrato, y a los temas favoritos del pictorialismo: las escenas costumbristas y el paisaje. Sobre papel de dibujo la técnica de la goma bicromatada – un procedimiento que utiliza una emulsión sensible a la luz solar- consigue acabados parecidos al carboncillo. El comisario de la exposición, el historiador Mikel Lertxundi, explica que Acillona aprendió a manejar la goma bicromatada del músico Andrés Isasi, el amigo de la infancia que le acompañaba en sus experimentos fotográficos. En recuerdo de la relación la exposición muestra una serie de seis fotografías realizadas por Isasi.

En las primeras décadas del siglo XX Acillona practicaba con la fotografía, buscando mejoras en los encuadres, jugando con la iluminación y experimentando con las novedades técnicas. A partir de 1932, se centró en el trabajo con la goma bicromatada. Su nombre deriva de la goma arábiga que se usa como base de la emulsión fotográfica, a la que se le añade bicromato de potasio y un pigmento. La mezcla se extiende sobre papel, generalmente láminas de las utilizadas para dibujar, y una vez seca, se pone en contacto con el negativo y se expone a la luz solar. A pesar de ser un aficionado, Acillona se dedicó con tanto empeño a la tarea de sacar toda la expresividad de la técnica que llegó a escribir La estampa a la goma bicromatada (1941), un tratado de casi 300 páginas en las que recogió sus secretos.

Lertxundi destaca que la técnica empleada por Acillona le permitía dar prioridad a la calidad artística de la impresión sobre la imagen del objeto fotografiado. “Importaba más el cómo se realizaba que el qué se fotografiaba”, añade.

La trayectoria de Acillona no fue lineal. En la década de los años 30 de siglo XX, desenfocaba ligeramente las imágenes, a cercándose al impresionismo. Posteriormente, se centró en las texturas y las gradaciones de tono que le permitían plasmar la materia de sus naturalezas muertas. Y siempre fotografió con un tono intimista el jardín y los rincones de su casa de Algorta.

© EDICIONES EL PAÍS S.L

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