Uralita

Desmantelado de nave en Guipuzkoa/EFE

DAVID TRUEBA 16/07/2010

Para mí, la uralita es la magdalena de Proust. Es el elemento que despierta los recuerdos infantiles. La condena a la fábrica de uralita de Cerdanyola por las enfermedades causadas a sus vecinos a lo largo de los años es una condena a nuestra infancia. La uralita fue el material imprescindible para todos los casetos y cabañas que veíamos aflorar en la sierra. Fue la techumbre elegida para todas las infraviviendas donde algunos descubrimos lo que era el veraneo. Incluso teníamos un amigo que para demostrar su hombría partía a cabezazos los pliegues ondulados de uralita.

Que la uralita, cuyo polvo de amianto ha resultado ser un veneno mortal, sea condenada es la definitiva satanización de nuestra infancia. Nuestros recuerdos son tóxicos, porque crecimos en una era tóxica que limitaba al norte con Chernóbil y al sur con el aceite de colza. No importaban la prudencia, la estética, la salud, la naturaleza, todo tenía que someterse al imperio del crecimiento económico, del desarrollismo. Con apenas 10 años jugábamos con la uralita, veíamos cómo se rellenaban con ella los baches del camino, y arramblábamos con las planchas descuidadas de cualquier obra para que nuestro padre terminara el tejado de un gallinero o un invernadero o lo que fuera aquel cuartucho torcido y precario que se había empeñado en levantar.

En la infancia vimos contaminarse el río donde nos bañábamos. Ninguna autoridad osaba cerrar una fábrica o una ganadería contaminante. Vimos construirse en zonas protegidas, destrozar la naturaleza que nos rodeaba, talar los pinares de nuestros juegos. Asistimos a esa hecatombe ecológica con la mirada alucinada de quien ve el horror donde los demás ven el progreso. No sé si la condena a la uralita hará justicia. El dinero es una tirita contra el tiempo robado y nunca recobrado.

Lo dramático es que hoy pervivan elementos parecidos en nuestra sociedad, avances que aún no sabemos si son perniciosos para la salud que se extienden irresponsablemente, sin estudios de impacto ni balance de daños, siempre en nombre del desarrollo económico. Hablan de la telefonía, del wifi sin cableado, de emisiones mortíferas y materiales sospechosos. Serán querellas que el tiempo rescatará desde el olvido. Como la uralita, con esa brisa de infancia lejana, de paraíso tóxico perdido.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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  1. Como a David Trueba, hay noticias de sentencias que abren heridas ya cerradas. Y no estoy dispuesto.

    Desde tu ventana se puede ver el parque de Echevarría. Por esa chimenea, símbolo de un reciente pasado industrial, salía un humo rojo, azufre puro, cuando a la colada de acero se inyectaba oxígeno (precisamente para eliminarlo, el azufre). En uno de los edificios cercanos, el chalet en un promontorio, justo sobe el actual tanatorio, estaba el laboratorio químico. Antes de que llegasen las máquinas, los análisis se realizaban con métodos tradicionales (complejos, costosos, apasionantes). Para proteger los carísimos erlenmeyers, probetas, vasos, etc, se cubrían las mesas de azulejo con chapas de amianto. Mantenían el calor y aislaban. También los utilizábamos para encamar los pequeños hornos donde introducíamos las cubetas de platino con ácido fluorhídrico para determinar el porcentaje de silicio, etc. Trabajé con esas chapas durante años (acabo de estremecerme), las cortábamos y adecuábamos a las medidas de las mesas.

    Del amianto salto al punto de rocío. Trajeron un aparato para determinar el punto de rocío en el fuel oil. Parecía salido de una película de James Bond. Para realizar esos análisis a veces había que subirse a los inmensos depósitos de fuel, sacar una muestra y determinarlo sobre el terreno. En verano era especialmente peligroso. Cuando me enteré que el dichoso aparato tenía un componente radiactivo dije que los análisis los iba a hacer su puta madre. Quedé marcado, claro (y al cabo de un tiempo me despidieron). No me importaba lo de la radiactividad, coño, que soy de Bilbao, pero es que me dijeron que se caía el pelo. Evidentemente era mentira, pero por si acaso…

    Joselu, ni uralita, ni amianto, puntos de rocío, ni leches, la vida es apasionante y aunque hay batallas que están perdidas (la estupidez, la incultura, la zafiedad, la solidaridad, etc, etc, etc, etc) hay que seguir en la guerra antes que la marea nos lleve. Siempre he sido buen nadador, no tengo miedo al agua, cuando la resaca me arrastra me dejo mecer por la olas, siempre vuelvo a la playa. Habrá un día que no, hasta entonces quiero tener mis heridas cerradas (ya se encargarán de abrirme nuevas, tienen un catálogo infinito) y disfrutar de los días (eso sí, vigilante).

    Un abrazo. Y gracias.

    • Muchas gracias, Pedro. Siempre es un gustazo leerte, pero no sabía que enredabas con esas cosas. Si no te importa a partir de ahora, nada de apretones de manos y golpecitos en la espalda ¿eh?. De los besos ya ni hablamos. Buen fin de semana, amigo.

  2. Buena elección; lo había leído ya en El País porque siempre disfruto con Davier Trueba; ahora he descubierto que releerlo también puede ser un placer, máxime en una jornada gris y tediosa como la que estoy viviendo ahora, sentado en mi mesa de trabajo.

  3. Muchas gracias, Javier. Además das en la clave, con el objetivo de este blog: el placer de leer a quienes con lucidez y buen hacer describen y cuentan las cosas que pasan y nos interesan. Sin el gozo que para el resto de sentidos tiene el pasar las páginas de papel, pero con la ventaja de elegir el mejor momento para saborear pausadamente textos que de otra forma no pasan de las 24 horas de vida. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.

  4. ¡Qué buen articulo! siempre que se escribe así, no puedo evitar involucrarme… aunque la palabra “uralita” me es ajena.

    • Hola Ana. Como habrás podido ver ya, “uralita” es en realidad una marca comercial entre cuyos productos se encuentran las “chapas” onduladas de fibrocemento que usaban como refuerzo fibras de amianto (asbesto) cuya inhalación por su manipulación provoca una enfermedad pulmonar conocida como asbestosis.
      Puede que “uralita” te sea una palabra ajena pero la “chapa ondulada de fibrocemento” está mundialmente generalizada por su bajo coste, facilidad de manipulación e impermeabilidad y ligada a todo tipo de construcciones: desde la más humilde chabola a orillas de Orinoco o la M-30 de Madrid a viviendas de arquitectos rompedores por dignificar el uso de materiales pobres en nuevas construcciones urbanas. (Frank Gehry la usó en el cierre de fachada de su propia casa en Santa Mónica en el 79).
      Cuando buscaba ilustración para este árticulo me sorprendí de la diversidad de países en que aparecía. Muchas gracias por tu comentario

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