Cómo convertir un cerdo en un disco

"Antes tomaba 200 vuelos al año. Ahora solo a Japón, Rusia o Hong Kong", cuenta Matthew Herbert.- CARMEN SECANELLA

DANIEL VERDÚ 24/07/2010

Matthew Herbert, profeta de la música electrónica, ultima un álbum compuesto a partir de las grabaciones del ciclo vital de un marrano. Y acaba de remezclar la Sinfonía X de Mahler para Deutsche Grammophon

En algún lugar del sur de Londres un cerdo muerto espera en un frigorífico a que Matthew Herbert lo convierta en un disco. Las máquinas ya han capturado el sonido del ciclo vital de 24 semanas de la bestia: nacimiento, cría, conversión en salami. Solo queda que el próximo 17 de agosto, día (de 1945) en que se publicó la Rebelión en la granja de George Orwell, lo cocinen diez chefs y que el crujir de su piel tostadita y los jugos gástricos de los comensales se transformen en la materia prima última necesaria para cerrar su trilogía sonora. El álbum se llama One Pig y las protectoras de animales ya se le han echado encima (impidieron que grabase su sacrificio). “He tenido ciertos dilemas éticos con el asunto. Pero es curioso, porque en otro disco utilicé el sonido de palestinos a los que disparaban y nadie dijo nada. Supongo que es una muestra de cómo está estructurada la sociedad”.

Es el penúltimo proyecto del rey del sampler, el retorno de uno de los profetas de la electrónica que andaba en los últimos tiempos abrazado al jazz por medio mundo con su big band. Y preferiblemente por tierra. Porque Herbert no coge aviones (siempre que el trayecto lo permita). Va en contra de sus estrictos principios políticos, que incluyen un asco visceral hacia la utilización de sonidos pregrabados o a samplear pedazos de canciones de otros. En 2005 redactó un manifiesto en el que lo dejaba claro. Y quien trabaja con él lo asume: la música y el sonido no pueden existir antes de la composición. Sus conciertos con la banda eran un espectáculo emocionante, pero ahora ha vuelto a subir solo al escenario. Embarcado en mil aventuras, acaba de remezclar la décima sinfonía de Mahler para Deutsche Grammophone y prepara una película sobre el sonido. Es su momento.

Un cierto carácter depresivo mezclado con dosis de humor negro asoman cada vez que Herbert atiende a una pregunta. Extremadamente educado y atento, vive bajo una perenne exigencia y la angustia de no agradar a un público al que a veces, es cierto, desconcierta cuando sube al escenario. “Es muy duro, a menudo siento que voy a decepcionar a alguien que ha venido a verme. Siempre habrá quienes prefieren otra cosa… No quieres, pero sabes que va a pasar. Veo esa decepción en los ojos de la gente. Algunas veces te gritan, quieren aquel house de los noventa…”, confiesa en la barra de Dos Palillos, un restaurante de Barcelona en el que tiene lugar la entrevista.

La declaración suena a la del típico genio melancólico (que lo es). Pero es cierto que a veces lleva a un límite peligroso para su autoestima la experimentación con el público. La noche de la entrevista estrena en Sónar One Club, el segundo álbum de su trilogía. Un disco para el que grabó los sonidos (ruidos, si se quiere) de una noche en una discoteca de Francfort (camareros, limpiadores del lavabo, taxistas, público) para luego tratarlos y convertirlos en canciones. La noche anterior a la entrevista lo había tocado en A Coruña y quedó disgustado con el sonido. Volvió a la carga al día siguiente. En Barcelona preparó un escenario con una escalera, una tienda de campaña y una hoguera artificial. Unas 7.000 personas esperaban con el nervio en las piernas. Pero cuando salió de la tienda y empezó a retorcer su sampler y el resto de aparatos encaramado a la escalera, pocos entendieron la peripecia sonora. La pista empezó a vaciarse. Quizá no era el sitio para aquel brillante y áspero show. Es posible, incluso, que Herbert se deprimiera luego en su camerino.

Pero no concede. Para él este asunto es una cuestión política. ¿El sonido de una puerta abriéndose para una canción? Sí, pero que sea la del 10 de Downing Street. “Tengo un cierto resentimiento hacia la complacencia con que la música acepta ser el payaso de la sociedad, con la que sigue trabajando para el rey. Han pasado cosas terribles en los últimos 10 años, pero las 100 canciones más vendidas no mencionan nada de ello. En los estudios hoy es demasiado fácil hacer música. Y la verdad, no creo que sepamos más por qué la hacemos”.

-¿Usted lo sabe?

-Bueno, en último caso para cambiar el mundo y derribar a mi Gobierno. (Se ríe). Pero he fracasado en cada intento.

Desde el primer Herbert, que se hacía llamar Wishmountain y que utilizó una bolsa de patatas como instrumento, hasta ahora han pasado muchas cosas y apodos (Dr. Rockitt, Radio Boy…). De la electrónica más pura al house; de la experimentación con el sonido de los alimentos a la música para películas pasando por el jazz, hasta un cierto retorno a las texturas más sintéticas. “Acabo de tener mi segundo niño. Se llama Bohannon (por un productor de música disco de los setenta) y el otro Hunter, por Hunter S. Thompson”. Herbert venía de una amarga separación con Dani Siciliano, “era cantante, así que, ya sabes, dejamos de estar casados”. Se marchó a vivir a una casa al sur de Londres -“el ruido me estaba volviendo loco”- y aunque ha vuelto a construir su vida con otra mujer y esos dos niños, la decepción planea todavía sobre sus respuestas.

-Entremedio también ha estado Bush. Un ignorante y un ser humano peligroso con agenda. Era imposible hacer arte sin tener en cuenta eso. Además, sentí la necesidad que tenía de encontrar mi voz entre el público. Es muy fácil dejarse seducir por las estupideces. La gente me pide fotos por la calle, me saludan… Pero no tiene sentido. No soy más importante que ellos.

-Pero le admiran…

-Sí, por favor, no quiero ser grosero. Me refiero a que lo que hago es temporal, no es importante. Yo también admiro a alguien que limpia lavabos.

-Pero no es lo mismo. Lo suyo requiere un cierto talento.

-No es una cuestión de talento. Es trabajar duro. Hago música desde los cuatro años y ha sido extenuante. No soy el mejor programador, ni el mejor orquestador, violinista o DJ…, pero empujo fuerte para hacerlo mejor. Me gustaría que el trabajo, no tanto el talento, se reconociera más.

Su ideario político (cita varias veces el libro de Naomi Klein que lee) incluye no coger aviones. Viaja de Barcelona a Londres en tren. “Antes tomaba 200 vuelos al año. Ahora solo a Japón, Rusia o cuando voy a Hong Kong con mi familia. Puedes relajarte, no hay seguridad, tienes el equipaje contigo. Pruébelo”, sonríe descubriendo la separación tan característica de sus dientes.

Su penúltimo reto ha sido remezclar la X Sinfonía de Mahler. Pese al intenso material sobre el que trabajaba, el resultado es un álbum casi más disco que lo que ha hecho en los últimos diez años.

-Fue muy duro. Es muy difícil porque es otra tradición. De repente estoy tocando en Barcelona para 5.000 personas, luego me voy con una orquesta de 95 y finalmente este asunto de Mahler. Requiere un gran cambio en tu cerebro.

-Es una sinfonía oscura…

-Sí, e incompleta. Mahler estaba muriéndose, su hija había fallecido y su mujer estaba teniendo un affaire con otro. Fui a un crematorio para que la música sonara por los altavoces, grabé en un coche fúnebre… Fuimos a Toblach, en el norte de Italia, donde él la compuso. Fíjese como era que pidió a los granjeros de la zona que taparan los cencerros de las vacas para que no le molestara el ruido. Es muy curioso que hiciera música como una experiencia solitaria, cuando ahora es todo lo contrario. La radio, el festival, el restaurante (minutos antes en el local sonaba el Café de Flore de Herbert).

-¿Trabajó a la vez con esta remezcla y con la trilogía?

-Sí. Muy loco. Lunes, un proyecto de hip-hop; martes, Mahler; miércoles, una película que estoy haciendo; jueves, mi propia música; viernes, voy a la granja a grabar al cerdo, y el sábado voy a pinchar al club. Me siento la persona más afortunada del mundo. No hay límites, bueno, el tiempo.

Pese a la incomprensión que a veces puede despertar, Herbert es una estrella mundial que podría estar cada noche de gira. La única manera, dice, de poder sobrevivir ya en esta industria.

-Está en Spotify. ¿Qué le parece?

-Es un desastre. Yo ya hago más dinero yendo de gira que vendiendo discos. Uno de los editores que comparto con James Blunt me dijo que habían publicado una de sus canciones y que la habían bajado 690.000 veces. Les pagaron 30 dólares. Es el fin. Es muy caro sacar un disco, y no se puede hacer sin venderlos. Algo tendrá que cambiar.

-Parece que el futuro es hacer solo canciones.

-La única razón para tener un álbum es que el vinilo tenía dos caras y para tener cierto volumen había que poner cinco canciones por lado. Pero podría ser todo lo largo que quisiera. Yo estoy empezando una recopilación de un millón de canciones. Cada semana saco una, pero creo que moriré antes de acabarla.

-A usted no le va tan mal, sí vende discos.

-En España no crea que tantos.

-Yo conozco a gente que los compra…

-Pues si no le importa, llame a otros 10.000, por favor. –

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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