El explorador perdido

Fawcett, en el centro, en 1908 en busca de las fuentes del río Verde.-

JACINTO ANTÓN 24/07/2010

Entre los casos de viajeros perdidos en la selva amazónica destaca el del coronel Fawcett que lleva 85 años por allí y parece que ya no saldrá. Mucho menos notable es el mío: 25 minutos extraviado en la jungla venezolana, tiempo suficiente para haber estado casi a punto de morir de puro miedo. La experiencia tiene eso, que entiendes a los grandes aventureros como no lo haces del todo al leerlos. Fawcett (1867-?) al que siempre había admirado -y ahora que lo va a encarnar en el cine Brad Pitt más-, se convirtió en un referente personal tras el terror del infierno verde sufrido en mis propias carnes. ¿Recuerdan al audaz Percy Harrison Fawcett? Sombrero Stetson, machete, brújula y determinación: un hombre contra la selva. Su desaparición es uno de los mayores misterios del siglo XX en el ámbito de la exploración. Fue uno de los modelos sobre los que se creó a Indiana Jones y también inspiró El mundo perdido de Conan Doyle. Hasta sale en un álbum de Tintín. Lawrence de Arabia quiso una vez acompañarle (pero dos egos semejantes no cabían en la Amazonia y nos hubiéramos quedado sin tomar Aqaba). “El explorador ideal”, lo califica Michel Le Bris en su indispensable Dictionnaire amoreux des explorateurs (Plon, 2010). Bueno, uno podría dudar de que un explorador ideal pueda perderse pero ahí están Livingstone, Henry Hudson, John Cabot…

Fawcett estaba obsesionado con encontrar una supuesta ciudad misteriosa en medio de la selva del Mato Grosso. Esa ciudad de grandes monumentos y murallas, que él denominaba simplemente Z, para despistar, la habrían construido, pensaba disparatadamente, nada menos que los atlantes. Nacido en Torquay, Devon, nuestro hombre, un tipo apuesto, alto y valiente, ingresó en la Royal Artillery. Fue destinado a Ceilán, donde descubrió el gusto por la arqueología y disfrutó experiencias místicas extrasensoriales. Tenía esa debilidad por las cosas ocultas y esotéricas: frecuentó el espiritismo y la teosofía, fue seguidor de Madame Blavatsky e incluso utilizaba la tabla ouija para decidir adónde disparar sus obuses. Tras ejercer de espía en África del Norte fue fichado por la Royal Geographic Society para realizar exploraciones cartográficas de territorios en blanco en los mapas a fin de resolver la disputa fronteriza entre Brasil y Bolivia. Lo hizo estupendamente y le cogió gusto a la selva. Entre 1906 y 1924 realizó siete expediciones (véase su A través de la selva amazónica, Zeta, 2008) y halló las fuentes del río Verde. Arrostró peligros mortales y grandes penurias. Era muy duro con sus acompañantes, casi despiadado. Y no soportaba a los miedosos. No puedo dejar de señalar aquí que fue el primer hombre blanco en ver una anaconda.

Tenía el coronel la peregrina teoría tipo Sting de que si eres simpático con los indígenas amazónicos ellos lo serán contigo, lo cual es bastante arriesgado: a veces te clavan una saeta de un metro ochenta empapada de curare antes de que puedas expresar todo tu don de gentes. De hecho al piloto de Fawcett en el río Chocolate lo dejaron hecho un alfiletero: 42 flechas. Es cierto que una vez el explorador salvó a su partida cuando, ante un grupo de indios hostiles, puso a uno de sus acompañantes a tocar al acordeón Onward christian soldiers. Fawcett también observó como a un tipo le extraían agónicamente de la uretra un candirú (el dichoso pez no iba a faltar en esta crónica), famoso por aferrarse irrevocablemente, ay, al interior del pene de cualquier desafortunado nadador amazónico.

Los rumores de una fabulosa ciudad en la selva tenían su origen por lo visto en el relato de un marino portugués de 1500 que lo oyó de sus captores tupinambos, ávidos caníbales que en su caso hicieron una excepción a cambio de que se casara con la hija de su jefe (lo que ha de ser sin duda causa de nulidad). Es difícil calibrar la solidez de los tupinambas como informadores, y ni te digo como gastrónomos. En todo caso, el coronel se hizo con un viejo mapa de Z. Tras un paréntesis en su carrera de explorador para tomar parte en la I Guerra Mundial (estuvo en el Somme y fue herido con gas), en 1925, con 58 años, acompañado solamente de su retoño Jack y el hijo de un amigo, Fawcett se metió de cabeza en la jungla del alto Xingú y nunca más se ha sabido de él ni de los otros (ni de otros muchos que trataron de buscarlo: se calcula que un centenar, entre ellos varios freaks, la han palmado por culpa del sufrir el gusanillo -el candirú, porqué no- de Fawcett).

Déjenme retomar en este punto mi experiencia personal y apuntar que, incomparablemente menos diestro en asuntos de selva, yo he vuelto. El mérito no es mío, sino de un indio pemón llamado Casimiro -gracias desde aquí, Casimiro- que tuvo a bien volver sobre sus pasos y encontrarme junto a una bromelia hipando de terror. “¡Perdido!, la palabra tremenda que desencadena la locura”, escribió Rómulo Gallegos en Mi Canaima. Ahí estaba yo, precisamente, en Canaima, el parque nacional venezolano. Habíamos salido un grupo de excursión en curiara (canoa) hacia el Auyantepuy, de cuya cima cae el Salto Ángel. Navegamos los raudales del Carrao y el Churun. Tras varar la embarcación caminábamos en fila por la selva entre árboles estrangulados de bejucos cuando me detuve un instante para admirar un colibrí que parecía un zafiro volador. Fue apenas un instante de imprudente despiste pero me había quedado completamente solo en medio de la jungla. No se veía a nadie. Llamé, cada vez más alto hasta acabar pegando gritos como Klaus Kinski. Pensé en correr hacia cualquier lado pero conseguí serenarme lo suficiente como para quedarme quieto y evitar perderme aún más. La selva era un vasto verdor de exasperante monotonía y abrumadora indiferencia. Mi aterrada imaginación la pobló de jaguares, caimanes, víboras jararaca y cerbatanas, por no hablar de las anacondas y el candirú. No era el momento de recordar que el parque Canaima tiene el tamaño de Bélgica y carece de carteles indicadores. Cuando dio conmigo Casimiro me hallaba en tal estado que pareció no saber si se trataba de mí o de los restos del taciturno tapir que había cazado la noche anterior con su vieja escopeta.

De aquel trauma selvático arranca, digo, mi sintonía con Fawcett. Ignoramos todo sobre su destino. ¿Halló su ciudad? Hay quién imagina -se cuentan muchos relatos y leyendas sobre un viejo hombre blanco entrevisto en la jungla- que sigue allí, en ese Shangri La frondoso, acaso entronizado como rey o incluso dios. Se ha hablado de niños indios de piel blanca que serían sus hijos o nietos. En un espléndido libro reciente -en el que está basada la película que protagonizará Brad Pitt-, La ciudad perdida de Z (Plaza & Janés, 2010), el periodista del New Yorker David Grann, que tuvo acceso a los diarios personales del coronel, traza la historia de Fawcett y sus aventuras y parte él mismo a la Amazonia en busca del explorador -o al menos su memoria- guiado por un antiguo bailarín de samba (!). Pudo ver los restos esqueléticos que conservan los kalapalo y que se atribuyen a nuestro hombre, aunque no cuadran. Grann cree, basado en recientes descubrimientos arqueológicos de grandes estructuras urbanas en la selva amazónica, que Fawcett no iba tan equivocado: es posible que existiera una gran civilización precolombina en la jungla del Xingú con asentamientos de hasta cinco mil personas y cierta estética monumental.

En todo caso, el explorador nunca ha regresado. Sigue allí, devolviéndonos una imagen especular extrañamente conmovedora. Porque no dejamos todos de estar perdidos de una manera u otra. Si quieren que les diga la verdad, una parte de mí continúa también en la selva, estupefacta e indecisa, incapaz de encontrar una salida o incluso tan solo de buscarla. Como Fawcett, a veces es difícil encontrar el camino a casa.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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