David Warren, inventor de la caja negra de los aviones

David Warren

EFE | David Warren con uno de sus inventos en una imagen de archivo.

PABLO GARCÍA 25/07/2010

El científico australiano David Warren, pionero en pensar, y con acierto, que registrar la conversación de la tripulación antes, durante y después del vuelo ayudaría a esclarecer las dudas intrínsecas de cualquier accidente aéreo, falleció el pasado lunes 19 de julio a los 85 años en una residencia de ancianos de Melbourne.

El científico australiano David Warren, pionero en pensar, y con acierto, que registrar la conversación de la tripulación antes, durante y después del vuelo ayudaría a esclarecer las dudas intrínsecas de cualquier accidente aéreo, falleció el pasado lunes 19 de julio a los 85 años en una residencia de ancianos de Melbourne.

Su idea, inicialmente denostada por las autoridades de Australia y de toda la Commonwealth, no solo caló; desde los años sesenta, la caja negra, nombre mediático con que se conoce el invento de Warren, es de uso obligado para todos los aviones, comerciales o no. También lo van incorporando barcos, camiones, coches o trenes. En dramas como el del pasado 23 de junio en la localidad catalana de Castelldefels, en el que murieron 12 personas arolladas por un tren, se eximió de toda culpa al maquinista gracias a las cajas negras.

Warren, que desde 1925 ostentaba el estrambótico honor de ser el primer bebé de origen europeo en nacer en la remota isla de Groote Eylandt, al noreste de Australia, perdió con nueve años a su padre, uno de los 12 desdichados que iba a bordo del Miss Hobart, aeroplano que desapareció al sur del país. Pero aunque este suceso despertó el interés de Warren por la seguridad aérea, lo que de verdad movió al oceánico a imaginar su artilugio fueron los desastres que envolvían a los primeros aviones comerciales, a comienzos de los años cincuenta. Desastres sin respuesta.

Tuvieron que llegar, en 1953, las primeras víctimas (en Karachi y en Calcuta, a bordo de The Havilland Comet, la aerolínea que estrenó los vuelos turísticos) para que David Warren se convenciese. “Esos choques carentes de explicación, sin testigos, sin sobrevivientes, constituían un escabroso misterio”, diría el australiano en una entrevista en 2003.

Por aquel entonces, Warren, químico de carrera, era jefe de los laboratorios de investigación aeronáutica de Australia. En 1957, concluyó un primer prototipo a prueba de accidentes: una grabadora ennegrecida por el cable de acero que la contorneaba y capaz de almacenar conversaciones de cuatro horas. Pero la resistencia que encontró fue mayúscula. En el Departamento de Aviación Civil de Australia le respondieron que su invento tendría “poco uso”. En la Royal Australian Air Force también desecharon el dispositivo por “innecesario”. “Es como volar con un espía al lado. No cuajará este Gran Hermano aéreo”, le espetó una vez un piloto.

Su fortuna cambiaría en 1958. Un oficial británico, de visita a la isla, se sorprendió con el sistema creado y bramó: “¡Lo que veo aquí es una maravillosa caja negra!”. Aquel oficial, que bautizó sin saberlo el aparato, lo importó a Inglaterra y convenció a Warren para que emigrase a Londres y perfeccionase su invención. Ese mismo año se acopló la primera caja negra a un avión, a bordo del cual viajaba el propio Warren. El salto adelante en seguridad de las aerolíneas británicas fue abrumador y, tras la enésima catástrofe en la isla, el Gobierno de Canberra se redimió de su desdén en 1960 ordenando volar a todos los aparatos con el invento de David Warren. Este recibiría, ya anciano, la Orden de Australia en 2002.

Lo que viene después es la historia de un elemento vital para la navegación aérea, remozado con los años, pero cuya base la asentó el químico australiano. Hace ya tiempo que las cajas negras no son negras, sino naranjas o rojas; y cada avión no lleva una instalada, sino dos. Gracias a Warren, las últimas palabras de la tripulación han castrado otros hipotéticos accidentes. Gracias a Warren, los investigadores lo tienen más fácil para clarificar las causas. Gracias a Warren, los periodistas, si hay suerte, pueden enterarse del lóbrego diálogo que precede al fin del fin. Como la frase del piloto del avión en el que murió el presidente polaco Lech Kaczynski y otras 86 personas en un pinar de Smolensk (Rusia) el pasado mes de abril: “¡Si no aterrizo, me matará!”

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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