El coche del fin del mundo

El coche en el que viajaba el archiduque Francisco Fernando cuando lo mataron en Sarajevo.

JACINTO ANTÓN 31/07/2010

Estuve un buen rato observando burlonamente la vieja e historiada camioneta DKW hippy aparcada junto a la playa en un rincón ignoto de Formentera. La sonrisa irónica y suficiente se me heló al leer la frase pintada entre las flores y dibujos de delicuescente psicodelia: “No te rías, tu hija puede estar dentro”. Curiosamente -así de raros somos los humanos- me puse a pensar no en mis hijas sino en automóviles.

Nunca me han importado demasiado los coches desde el punto de vista de la propiedad o la mecánica. Los motores me resultan un arcano. Soy incapaz, aunque me gustaría, de levantar el capó y con la cara tiznada de grasa pronunciar con expresión adusta frases tipo “guau, vaya árbol de levas” o “lo que imaginaba, la culata”. No entiendo porqué eso da a veces tanto resultado con las chicas como Rilke.

Decía que no me seducen los automóviles como posesión mundana o por su tecnología. Pero los coches y la historia, los coches y la aventura, los coches y el corazón, eso es otra cosa. Están con nosotros desde el Scalectrix, Chitty Chitty Bang Bang y la vetusta cafetera de Pierre Nodoyuna: el Seat 127 prestado de los primeros escarceos amorosos serios (?), el coche fantástico (que no es el mismo), los taxis Renault parisinos que salvaron la batalla del Marne transportando a la 7ª división de Infantería, el Citroën C4 de la Croisière Jaune (Beirut-Pekín), los Ford que conquistaron duna a duna el desierto líbico, el Studebaker en el que Kenneth Anderson transportaba las pieles de sus tigres y panteras devoradores de hombres cazados en Andhra Pradesh y Karnataka, los Chevrolet artillados del Long Range Desert Group…

Coches. Los coches de leyenda (véase Les automóviles célèbres de l’histoire, de Jean-Pierre Thévoz, París, 1976) llevan a menudo matrícula de tragedia: el Bugatti en el que se estranguló con su echarpe Isadora Duncan, el acribillado Ford V8 beige de Bonnie & Clyde, el Porsche 1500 RS de James Dean, claro; el Facel-Vega en el que se mató Camus o el Aston Martin en el que se dejó la vida Françoise Sagan (au revoir vitesse). Por no hablar del Lincoln Continental de John Kennedy aquel día en Dallas. Hace unos años pude ver en un museo en Praga el Mercedes en el que circulaba el nazi Reinhard Heydrich cuando lo cazó un grupo de paracaidistas checos. La maldad de aquel tipo siniestro seguía pegada a la carrocería de su automóvil. Pero el coche histórico más impresionante que he visto es el imperial y real Gräf & Stift de seis plazas en el que mataron al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. El coche que desencadenó la I Guerra Mundial. Eso no te lo enseñan en cualquier concesionario, ni que preguntes por la gama alta. El Gräf & Stift fue el centro de aquella jornada de crepúsculo austrohúngaro que yo no puedo recordar sin una absurda melancolía: el día en que los húsares y su mundo empezaron a desaparecer por el sumidero de la historia.

Siempre me ha sorprendido la concatenación de errores y meteduras de pata por parte tanto de los terroristas como de los servicios de seguridad del imperio, que de tan ingenuos parecen haber estado en manos de Sissi. Como suele suceder en estas historias, aparece un hombre especialmente inepto con el que es imposible no identificarse. Bueno, en realidad dos. Uno es Nedeljko Cabrinovic, el aspirante a asesino que lanzó su bomba contra el coche imperial con tan poca maña que Francisco Fernando pudo rechazarla mediante una volea zurda a lo Nadal. Cabrinovic trató de suicidarse para impedir su captura ingiriendo la píldora que llevaba al efecto y que solo le provocó vómito y lanzándose luego al río Miljacka, en el que le fue imposible ahogarse porque no había suficiente profundidad. El otro patoso, en el bando opuesto, es el teniente coronel conde Franz von Harrach.

Von Harrach se ocupó de cubrir con su cuerpo desde el estribo del coche al heredero con tanta pericia que en el segundo ataque terrorista, el de Gavrilo Princip, este no solo se cargó a Francisco Fernando de un solo disparo, sino que con el único otro que hizo mató también a su esposa. Además, el oficial fue responsable del lío de orientación que provocó que Princip se encontrara el Gräf & Stift prácticamente parado en un chaflán. Eso sí, Von Harrach, con gran sentido de la posteridad, recogió en su pañuelo la primera sangre de la Gran Guerra: se exhibe aún en el castillo de la familia en Velke Mezirici.

A mí, saben, no será políticamente correcto pero me cae bien el archiduque muerto. Tuvo las narices de irse con la mujer equivocada. Sus últimas palabras -gorjeantes, pues Princip le acertó en la yugular-, aparte de esa genialidad en el autodiagnóstico que fue lo de “no ha sido nada Von Harrach”, estuvieron dirigidas a su esposa herida en el abdomen de un balazo que atravesó la carrocería: “Sofía, Sofía, no te mueras”. Francisco Fernando la quería: la había desposado (morganáticamente) pese a no tener ella, apenas una Chotek von Chotkow und Wognin, que parece una receta cantonesa pero es un apellido bohemio, categoría suficiente por su linaje para ser la cónyuge de un príncipe imperial. Los hijos de la pareja no podían acceder al trono y Sofía no estaba autorizada a acompañar a su marido en el vehículo oficial, aunque vaya excepción le hicieron en Sarajevo…

Y ustedes se dirán: a mí que me importa todo esto en un día de veraneo. Bueno, yo es que estaba en Viena y no me iba a ir sin visitar su museo militar, en el Arsenal, que es un lugar lleno de aventura, de húsares, de ulanos y de estandartes de cola de caballo arrebatados a los turcos. Recorrí las salas asombrándome ante tantas maravillas: testimonios de la expedición ártica de Payer y Weyprecht, la torreta del submarino austrohúngaro U-20, una coleta de bóxer de cuando los 55 días en Pekín, tres águilas arrebatadas a Napoleón, el revólver del príncipe Rodolfo… Y allí, en el espacio introductorio a la I Guerra Mundial, estaban la guerrera del archiduque, con manchas de sangre, el diván donde lo tendieron, y el coche, el Gräf & Stift, matrícula A III-118. No puedo evitarlo, perdonen: ese sí es un Chitty Chitty BANG BANG.

Hay quien sostiene que es un auto maldito, como aquel Plymouth Fury del 58 de Stephen King. Se cuenta que en los años siguientes al atentado, el coche tuvo 15 propietarios -incluidos un general, el gobernador de Yugoslavia, un piloto de carreras suizo y un granjero serbio (?)-, y se vio envuelto en seis accidentes y en la muerte de 13 personas, una por suicidio. Producía, en la sala, una impresión extraña, como si el espacio y el tiempo fluctuaran a su alrededor y una parte del automóvil siguiera aún en aquel día en Sarajevo. Entrecerrando los ojos me pareció ver a sus ocupantes, el heredero, Sofía, el chófer, Von Harrach… Quise prevenirles. Por un momento pensé que gracias a mí no habría trincheras, ni Verdún, ni Jutlandia, ni gas mostaza, ni Hitler. Pero entonces vi el agujero de bala en la carrocería y me di cuenta de que ya era demasiado tarde. Francisco Fernando echaba buches de sangre, su esposa se llevaba las manos al vientre y el conde observaba atónito. Empezaron a desvanecerse. Tuve la tentación de saltar el cordón y subirme al viejo Gräf & Stift. Quién sabe, a lo mejor me conducía hacia ese mundo en el que un sable, una pelliza y una pluma de grulla bastaban para conferir sentido a la existencia de un hombre, aunque bailara mal el vals. Pero me faltó el valor y me quedé de este lado, del lado de los utilitarios, donde los sueños viajan en coches usados, circulan siempre por carreteras secundarias y no dejan nunca de pagar en moneda amarga el contante peaje de la realidad.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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