Gamero

AntonioGamero como el comandante Mardones en "El Oro de Moscú" de José Bonilla

DAVID TRUEBA 28/07/2010

La primera virtud de alguien importante de verdad es no parecerlo. No andar con el espejo a cuestas. Si lo que dice es inteligente, que parezca fruto del sentido común más ramplón, que suene a algo que podría decir cualquiera. El rasgo más habitual de una persona sin importancia es darse importancia. Con respecto a los actores suele darse la confusión de pensar que el aspecto es primordial, que la buena planta, la mirada intensa, el gesto estudiado, son detalles fundamentales. Y es exactamente lo contrario. El esfuerzo consiste en rebajar a cotidiano lo extraordinario. Era el caso de Antonio Gamero. Había en él un empeño casi genético por ser un tipo vulgar. Sabía que parecerse a Pepe Isbert era acercarse a la esencia y que hasta los guapos galanes, con el tiempo, tienen que deteriorarse para hacerse eternos. Porque la belleza es efímera, pero la normalidad no.

A Antonio Gamero lo conocían bien en la costa del Retiro, su zona de influencia. Allí muchos se lo cruzaban sin saber a ciencia cierta cómo se llamaba. Sabían que era actor secundario, ese cargo aristocrático que el cine tiene reservado a los mejores, pero no podían citar ni una película en la que saliera. Y había salido en cientos. Por allí paseaba su orgullosa sordera ganada a hostias en un interrogatorio de la policía franquista, su voz de cazallero desafiante y su conocimiento enciclopédico de gastronomía y jazz. Una noche vio pasar por allí a muchos compañeros de profesión que acudían a la fiesta sorpresa de un productor que cumplía años. Algunos se tomaron una cañita con él antes de subir puntuales al piso donde tendría lugar la reunión secreta. Al aparecer finalmente el homenajeado a solas por la calle, Gamero lo detuvo y le dijo: “A ver si le dices a tu mujer que la próxima vez que te organice una fiesta sorpresa, me invite”.

Gamero pasará a la historia de la gente importante por haber puesto en palabras la angustia existencial, cuando pronunció, como si nada, su frase más mítica: “Como fuera de casa no se está en ningún lao”. Si Dios existe, me gustaría ver la cara que pone al recibir a Gamero, bajito, bigotudo, cabreao; sin duda, su creación más perfecta.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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