Ora (come) et labora

MABEL GARCÍA / El hermano Roberto repasa un libro en la biblioteca del monasterio de Silos (Burgos).

DANIEL VERDÚ 02/08/2010

En la vida de algunas personas, si el despertador suena a las 5.30 de la mañana solo hay dos posibilidades: o espera un taxi para ir al aeropuerto o quien aguarda son los monjes de Silos para la oración de maitines. Si luego se oye un obstinado campaneo, sobre la cama hay un crucifijo y detrás de la ventana apunta al cielo una secuoya de 30 metros, el asunto se aclara. Con un pie fuera de la celda, en la penumbra de un milenario claustro cuyas paredes alojan los cadáveres de los abades del monasterio, las primeras sombras negras se desplazan como en suaves impulsos eléctricos hasta la iglesia donde se realiza la primera oración del día. Los 30 monjes (son 32, pero uno está en Roma y el otro es ermitaño y baja de la montaña de vez en cuando) empuñan el cantoral y se preparan, con un intruso en sus filas, para empezar a cantarle a Cristo y a san Benito. La mañana se enciende y empieza a quemar los rosetones del templo. Pero la historia empieza casi 24 horas antes.

-Aquí hay que quedarse tres días como mínimo.

-Vaya. Pues es que lo tengo hablado con el padre abad.

-Le habrás estado haciendo la pelota, porque no es habitual. ¿De EL PAÍS, dices? Pues si te soy honesto, no me gusta mucho ese periódico. Y no digo más, que luego lo publicas.

Los monjes han accedido amablemente (aunque uno de ellos no estuviera al corriente) a que un periodista pase algo más de un día con ellos durante todas sus ocupaciones, incluidas las siete oraciones, la misa y las silentes comidas en la sala en la que solo ellos pueden entrar. Al principio sospechan un poco del recién llegado, pero el recelo dura lo que tardan en solidarizarse con la torpeza del visitante para manejarse en sus asuntos, especialmente el de entonar en un terrible falsete el gregoriano de la oración de sexta. Algo imperdonable en un coro que en 1994 vendió más de seis millones de discos en todo el mundo de su doble CD.

La comida es también parte esencial de esta experiencia religiosa. En una sala rectangular, los monjes se colocan enfrentados en dos largas mesas paralelas que preside el padre abad, el único que además del negro hábito lleva una gran cruz colgando en el pecho. Está prohibido hablar y el ritmo con el que dan cuenta del sabroso y abundante menú es trepidante. Inalcanzable. Ensalada, gazpacho, pasta, lentejas y merluza con espárragos. Se pasan las fuentes unos a otros mientras dos de ellos, ese día los más jóvenes, recogen los platos sucios en un carro. De postre (la mayoría lo ha tomado de primero), sandía.

Como banda sonora, un hermano lee la violenta Regla de san Benito propagada por la sala a través de ocho pequeños altavoces. Todos a lo suyo. Pero alguien ha cambiado ese día la bombilla del flexo del lector y ha puesto una roja. Un cachondo. Dos monjes se desternillan por lo bajini con lágrimas en los ojos. El encargado de la lectura intenta cambiar la luz con el micro abierto y monta un escándalo de cuidado. Lo único claro es que el culpable se esconde detrás de uno de los hábitos. Podría ser un caso para Guillermo de Baskerville. El padre abad no se inmuta.

Tras la comida, antes del paseo, se forma un pequeño debate sobre las ideas en el momento en que se transforman en palabra. O algo así. Bernardo, un monje enjuto, calvo y muy enérgico, además de poeta y organista del templo, expone su propia teoría. Pero el prior Víctor, mucho más joven (las edades van desde los 87 años hasta los 27) y experto en filosofía le lleva la contraria con suavidad.

-Sí, ya sé que tú eres más listo -le contesta Bernardo con socarronería.

Luego, el organista aprovecha para poner un ejemplo de manipulación periodística al invitado, que a esas horas ya es la atracción del día.

-Me hicieron una entrevista. Dije que a veces improviso con el órgano y que eso también lo hace Nacho Cano, que, por cierto, viene mucho aquí. ¿Titular de la entrevista? “Soy como Nacho Cano”. ¿Qué te parece?

Sus compañeros se parten.

A 35 grados burgaleses, fray Longinos (hay nombres que determinan la vida de un hombre) maneja con una terquedad asombrosa las tres hectáreas de huerto del monasterio. Toca plantar puerros. Uno a uno, de rodillas en la tierra. “Aquí llegó a haber unos 100 monjes. Quizá es porque la gente es más egoísta y hay más placeres. Yo prefiero estar cansado y ver cómo descansa mi hermano”, dice con un ímpetu insólito a sus 74 años (por algo sus compañeros le llaman el monje hiperactivo). El que suscribe suda la gota gorda protegido con un gorro de paja, cara de puerro y una manguera en la mano.

Luego, ducha, oración (vísperas) y cena. El prior, el más progresista de los hermanos, filósofo y teólogo, insiste en reclutar al invitado, que varias horas después sigue sin orientarse en este gran laberinto, para la cocina. “Así podéis charlar un poco”, sugiere el paciente hermano Roberto. Menú: tomates; ensalada de patata y zanahoria, cebolla y gulas; tortilla a la francesa y cerezas. Lo que viene luego es la manifestación de la división que impera en el mundo entre quienes aman ensuciar cacharros de cocina y los que pringan siempre limpiándolos. “Toma, ahí tienes el delantal y el estropajo”. Al menos hubo un poco de charla sobre la vida.

-Y con esas inquietudes que tiene, ¿no le apetecería poder viajar?

-Sí, supongo. Pero no puedo, así que no me hago ilusiones.

La vida en el monasterio es así de práctica. Todos tienen una función. Huerto, cocina, taller, biblioteca, imprenta, casa de huéspedes, lavandería, recepción… Los horarios están milimetrados y el compás del tiempo lo marcan las oraciones. Cada uno llegó a esta prisión voluntaria por algo distinto. Algunos por una desgracia o desengaño. Hartazgo o insatisfacción. A otros les empujaron de chicos ahí sus padres. A la vida siempre le faltaba algo que llegó, eso sí lo comparten todos, con “la llamada de Cristo”.

Después de cenar, algunos se marchan a pelar guisantes y a charlar un poco al fresco. Diálogo fraterno, se llama. Luego vienen las últimas oraciones del día, las completas y, a las diez y media, cada monje se encierra en su celda. Cuando vuelvan a encontrarse estarán de nuevo en el comedor, también a oscuras, en silencio, con un café y unas galletas.

La vida de un monje en la postal

Esta postal que pueden comprar los turistas que se acercan al monasterio de Silos ilustra a la perfección qué supone pasar 24 horas haciendo la vida de un monje. Las siete oraciones y la misa de las 8.30 de la mañana marcan el compás de las horas. El resto es trabajo, comida, descanso y reflexión personal en las celdas. Una vida austera, silenciosa y disciplinada, pero acompañada de sabrosa comida y vino. No aparece en el esquema, sin embargo, el tiempo y la amabilidad que destinan a sus huéspedes.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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