Una pésima idea

Los proveedores de las conexiones quieren participar en el negocio de Internet.- GETTY IMAGES

J. F. ALCÁNTARA Y D. DE UGARTE 09/08/2010

La neutralidad en una red significa que ningún nodo es más importante que otro, que ningún nodo puede censurar ni privilegiar tus conexiones, ninguna voz tiene el poder de silenciar a los que opinan diferente ni de favorecer los contenidos de los dueños de la infraestructura. Es la neutralidad de la Red, la característica fundamental de Internet, la que ha convertido a la web en el catalizador de la innovación y la tierra prometida de los emprendedores. Si Internet ha sido el gran territorio social de la abundancia y la libertad desde hace ya dos décadas, ha sido gracias a su carácter neutral.

Las implicaciones que sobre la libertad de comunicación tendría la eliminación de esta libre interconexión son drásticas: la Internet a la que acudimos cada día en busca de noticias es diversa. Y por eso la usamos. Pero es diversa porque es neutra, y no hay diversidad sin neutralidad. No existe riqueza de información. Ni libertad de comunicación sin neutralidad.

Desde hace años, la neutralidad de la Red se ha visto amenazada por el interés de las operadoras de telefonía en segmentar las facturas de sus usuarios. Desde 1998 a 2009, el tráfico de datos pasó de ser una pequeña parte del volumen a suponer más del 50% del total. Sin embargo, las operadoras siguen obteniendo la mayor parte de sus beneficios de las llamadas de voz convencionales. Tienen que remodelar su modelo de negocio. Y acabar con la neutralidad parece la solución más fácil, la menos imaginativa. Lástima que sea también la más contraproducente.

Los operadores desearían que la tarifa plana deje de serlo. Si lo consiguen, para acceder a un servicio por Internet habría que pagar una cuota adicional a la suscripción mensual básica. Es decir, tras pagar los ya nada despreciables 40 euros que ahora supone nuestra tarifa plana, tendríamos que pagar una suscripción adicional para acceder a cada sitio web diferente como YouTube, Gmail, Facebook, o incluso nuestro propio blog o página personal.

Eliminar la neutralidad de la Red es convertir Internet en la auténtica Televisión 2.0, donde nada sería publicable si no es previamente aceptado por las operadoras. El milagro de Internet son las miles de pequeñas empresas que han surgido y crecido al amparo de la neutralidad de la Red, y que no podrían competir en igualdad con las grandes corporaciones, que negociarían con los operadores condiciones generales de acceso a sus servicios.

El sueño de nuevos googles o facebooks en EE UU o de nuevos tuentis e idealistas en España se tornaría en nostálgicos recuerdos en un tiempo donde los operadores de telefonía excluirían a los servicios de la tarificación normal a partir de ciertos volúmenes de tráfico. Eso sí, las compañías telefónicas verían hecho realidad su gran sueño: cobrar dos veces (una al proveedor y otra al usuario) por el mismo servicio: servir una conexión de Internet.

Bajo la excusa de permitir la negociación bilateral entre los operadores y los prestadores de servicios a través de Internet, lo que se pretende es limitar la competencia a aquellos jugadores con mayor músculo financiero.

Eliminar la neutralidad de la Red no supondría mayor libertad de mercado, al contrario, destruiría el mercado competitivo y meritocrático que es la Red hoy. Es cierto que es una limitación para las operadoras, pero solo para el ejercicio de un poder monopolista. Por otro lado, la lucha por la neutralidad de la Red, que durante años ha sido respaldada en los tribunales, tiene uno de sus mayores retos en la llegada de Internet al móvil, donde la cultura de pago segmentado está mucho más enraizada. Esta llegada a la inversa (no es Internet que conquista al móvil, es el móvil el que conquista Internet) está personificada en las tiendas de aplicaciones para móviles, que suponen dejar de lado la abundancia y diversidad creadora de la web para pasar a canales de consumo absolutamente cerrados.

Esta nueva visión de Internet como un ámbito donde la diversidad está limitada, donde la formación de monopolios de comunicación se ve favorecida y la libre competencia reservada para solo unos pocos poderosos, es el verdadero peligro para la neutralidad de la Red en los próximos años.

Desde los oligopolios establecidos (grandes empresas de Internet y proveedores de acceso) no faltarán apoyos y justificaciones, a menudo falaces, a esta peligrosa revisión de Internet. Por eso es tan importante apoyar decididamente a los que apuestan y reclaman una Red neutra. Solo la neutralidad nos garantiza las libertades y el entorno mínimo necesario para que exista el tipo de competencia que nos encamina hacia la innovación. Perderla es algo que no nos podemos permitir. Mucho menos en tiempos como estos, en que todo lo que nos aparte —siquiera mínimamente— de la innovación es una pésima idea.

José F. Alcántara y David de Ugarte son socios consultores del Grupo Cooperativo de las Indias y autores de los libros La Sociedad de Control y El poder de las redes.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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  1. EDITORIAL EL PAÍS 15/08/2010

    ¿Una red neutral?

    El acceso de pago para contenidos especiales abre una batalla sobre el futuro de Internet

    La neutralidad en la red es ahora mismo la clave del futuro de Internet y de sus negocios. Lo primero es ponerse de acuerdo en la definición: una red neutral sería aquella en la que hubiera una absoluta separación entre el acceso y los contenidos, sin discriminaciones en el tratamiento por las operadoras entre lo que transportan unos y otros. Todos dicen defenderla, pero probablemente no todos entienden lo mismo bajo este concepto. La alarma ha sonado ante un posible acuerdo de Google con la operadora Verizon que acabaría, según las denuncias, con dicha neutralidad. Google, por supuesto, asegura que su objetivo es precisamente garantizarla. Pero, como siempre, lo que subyace bajo tanta confusión es una lucha de intereses en relación a la eventualidad del pago por acceso y por servicios en una red que se ha extendido con el motor del acceso libre y gratuito.

    En la preservación de la neutralidad coinciden, junto a los activistas de la red, voces tan distintas como la de los grandes teóricos de la comunicación, Parlamentos como el chileno, grandes reguladores como la Comisión Federal de Telecomunicaciones estadounidense (FCC), pero también los ultraliberales de Bush en la Casa Blanca y, por supuesto, Barack Obama, el gran publicista de las redes sociales: “A partir del momento en que los proveedores comienzan a privilegiar determinadas aplicaciones o páginas web sobre otras, las voces pequeñas se verán excluidas, y todos perderemos. Internet es seguramente la red más abierta que hemos tenido en la historia. Tenemos que mantenerla así”. La Unión Europea está preparando una legislación específica para su defensa. Parece obvio, pues, que la neutralidad es un bien a defender.

    Naturalmente, las compañías telefónicas tienen una visión distinta, basada en que solo será posible el avance y aplicación de nuevas tecnologías -más velocidad, grandes y pesados paquetes de imágenes, 3D, etcétera- si las operadoras pueden financiarlo. Quieren, por tanto, cobrar más a quien más quiera. No es ocioso recordar ante este debate la necesidad de separar la idea de neutralidad de la de gratuidad: no es lo mismo cobrar más por acelerar la velocidad para descargar una película, que pagar al autor o propietario de la película. Y puesto que hablamos de contenidos, recordemos también que las operadoras de telefonía ya cobran con largueza, mientras que los propietarios intelectuales y dueños de los productos lo hacen con cuentagotas.

    © EDICIONES EL PAÍS S.L.

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