La estaca en el corazón

Fotografía en Flickr de Rishon Lezion

SERGIO RAMÍREZ 10/08/2010

No recuerdo si me lo contó Jon Lee Anderson, o lo he leído en alguna de sus crónicas, pero el caso es que alguna vez entrevistaba en Bucarest al dictador Nicolae Ceausescu y el diálogo llevaba mala fortuna porque aquel hombre desconfiado regateaba las palabras, hasta que al entrevistador se le ocurrió hablarle del legendario príncipe Vlad, conocido como El Empalador, cruel y feroz con sus semejantes, pero que en la historia de Rumania pasa por un héroe de la resistencia contra los turcos.

Esta mención bastó para que a Ceausescu se le iluminara el rostro y empezara a extenderse sobre las hazañas patrióticas de Vlad, con lo que quedaba claro que hablaba de sí mismo. Ceausescu era Vlad, o se creía Vlad, quería encarnarlo.

El conde Drácula, el personaje sediento de sangre, dotado de vida eterna y afilados colmillos, creado en su novela de 1897 por Bram Stoker, es un sucedáneo del viejo príncipe Vlad, el mismo que tras empalar a sus víctimas recogía en un cuenco su sangre para remojar el pan que se comía, y que juzgaba la mejor de las salsas. Drácula, tampoco lo olvidemos, significa diablo. Un diablo sediento de sangre humana.

Drácula dejó hace tiempo las páginas de la novela de Stoker, y entró con sus propias alas a volar en el mundo de los vampiros, siendo el vampiro por excelencia, un mundo multiplicado por el cine y que cobra hoy una vigencia posmoderna en la literatura de consumo masivo, dígalo si no el éxito de las novelas en serie escritas por Stephenie Meyer, que comienzan con Crepúsculo, destinadas al público juvenil, y de las que se han vendido 25 millones de ejemplares en 30 lenguas.

Los vampiros duermen en el día el sueño de los muertos y salen de sus sarcófagos al irse la luz del sol para llevar adelante sus correrías, buscando clavar sus colmillos en el cuello de las doncellas y así convertirlas, a su vez, en vampiresas. Es lo que hemos visto tantas veces en las películas que recrean las hazañas del conde Drácula, desde los tiempos de Béla Lugosi y Boris Karloff, los vampiros más veteranos del cine.

Pero regreso a Nicolae Ceausescu, que tanta inspiración sacaba del príncipe Vlad, alias El conde Drácula, porque acaba de ser removido de su sarcófago, junto con su esposa Elena, poco más de 20 años después de que ambos fueran fusilados tras un juicio sumario el 25 de diciembre de 1989, bajo cargos de genocidio, enriquecimiento ilícito, daños a la economía nacional y toda clase de abusos de poder.

No les cobraron en esa lista la megalomanía, el desorbitado culto a la personalidad ni los delirios de grandeza, pues las efigies y las estatuas de ambos esta-ban por todo Bucarest y por todas las demás ciudades del país, y el Palacio del Pueblo, que habían mandado construir en la capital, competía por ser el edificio más grande del mundo, solo comparable al Pentágono y, si no el más suntuoso, el de peor mal gusto.

En el año 1989, el matrimonio Ceausescu se hallaba en la cúspide de su poder, después de haber empezado desde muy abajo, él electricista y ella obrera textil, lo que no impidió que la universidad le obsequiara el título de doctora en Ciencias Químicas.

Eran dueños del mando supremo sobre el Ejército, sobre el aparato del Partido Comunista, sobre la burocracia gubernamental, sobre los servicios secretos, los tribunales de justicia, los sindicatos, las fuerzas de choque, las organizaciones juveniles y, en fin, sobre las masas que acudían a sus manifestaciones. Y dueños del poder, claro está, de mandar a empalar a cualquiera que no estuviera de acuerdo con el credo de que Ceausescu era el Gran Conductor, armado de un cetro real que él mismo se había mandado hacer en oro puro. Ella, Elena, mientras tanto, se hacía llamar la Madre de la Nación. Pero es lo que pasa con todos los dictadores, que cuando creen hallarse en la cúspide es cuando la polilla se les ha comido el piso sin que se den cuenta.

Esa Navidad de 1989, Nicolae y Elena convocaron una manifestación de apoyo a la que concurrieron miles, llevados igual que otras veces en autobuses desde todos los rincones de Rumania, y entre aquella masa vistosa en la que campeaban miles de retratos de la pareja, se hallaban como siempre los jóvenes aguerridos de las juventudes comunistas que, también como siempre, ocupaban las filas delanteras. Son los que comenzaron a abuchear a Nicolae y a Elena, que no entendían lo que pasaba, y lo que pasaba es que prendía la rebelión que acabaría ese mismo día con su poder omnímodo.

Pueden verse esas imágenes en YouTube. Mientras pronuncia su discurso y escucha los abucheos ensordecedores, Ceausescu trata de seguir, pero se interrumpe. No puede creerlo. La masa inmensa se agita en su contra.

Ella, que era mujer de armas tomar, ordenó que abrieran fuego sobre los manifestantes. No le hicieron caso, y ambos huyeron en un helicóptero, ya el Ejército también en rebelión, y luego de ser capturados siendo prófugos fueron juzgados en juicio más que sumario y sentenciados a muerte. Fueron puestos en el paredón de fusilamiento con los abrigos de invierno que llevaban puestos.

Me he acordado de lo que cuenta Jon Lee Anderson en relación al entusiasmo que la mención del príncipe Vlad El Empalador despertó en Ceausescu cuando aquella entrevista en alguno de los aposentos del infinito Palacio del Pueblo en Bucarest, ahora que Nicolae y Elena han sido exhumados, no porque alguien fuera a clavarles la estaca en el corazón a fin de que nunca más vuelvan a despertar, sino porque sus parientes buscan comprobar si verdaderamente son ellos los que yacen en sus sarcófagos, ya que fueron enterrados en secreto ante el temor de que la gente enardecida profanara sus cadáveres.

Es una exhumación que pasó bastante desapercibida, pues resonó más la que el presidente Chávez hizo de los huesos del libertador Simón Bolívar, cuya calavera alcanzó a tener entre sus manos, y pudo interrogarla. Pero esa es otra historia.

Sergio Ramírez, fue vicepresidente de Nicaragua y es escritor.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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  1. Recuerdo esos días que al igual que el articulista viví de cerca a traves de la prensa. Triste y quizás “merecido”? final para el Dictador y su cómplice.
    La puesta en marcha en el siglo XX de las utopías políticas del siglo XIX, se llevaron por delante a millones de personas… Quizás haya quien sepa analizarlo y darle un sentido más adelante… yo creo que moriré sin entender más allá de la “ley del péndulo”. Lo peor de todo es que viajamos de la barbarie de venganza al salvajismo del absurdo. No hay más que ver lo que está pasando en África.
    En fin…

    Yo también soy de las que recorta artículos de prensa y los amontona por todas partes en una anarquía total… y sin una finalidad concreta… y mis libros acostumbran a estar llenos de “notas al margen”.
    Un paseo somero por tu espacio me ha dado la impresión de estar en un lugar como mínimo interesante, así que lo siento por ti, pero me temo que volveré. Gracias por acercarte a mi espacio y saludos muy cordiales.

    • CristalOOk, gracias a ti por venir. Fue una costumbre que adquirí, sin darme cuenta, cuando no existía Internet. Ahora todo es fácil, todo está al alcance de la mano, pero “antes”, si no lo recortabas, la siguiente vez que quisieras consultarlo había que ir a las hemerotecas. Nunca hice ni una cosa ni la otra (ni volverlos a consultar ni buscar nada en una hemeroteca), pero llegó a ser preocupante el numero de artículos, noticias… que también a mi me parecían “interesantes”. Cuando volvía a ellas con el fin de aligerar los paquetes que se habían ido formando y releía, me daba cuenta de que todo seguía siendo interesante… en fin, una pena.
      Me alegra muchísimo, que este espacio te interese. Ésta es tu casa. Vuelve cuando quieras. Quizás terminemos así entendiendo, cómo, a pesar de que el destino final de los pueblos es ser libres, hay quien dedica su vida a entorpecer, distraer y ralentizar ese proceso. Un abrazo.

  2. Todo el tiempo, mientras lo leia, pensaba: tengo un vecino que se cree la reencarnación de Bolivar y al final aparece mi vecino desenterrando a Bolivar. No se que pensar, es coincidencia o que este texto esta tan bien dirigido, que magicamente lleva el pensamiento hacia allá y hace que, al final, el lector sonria cuando confirma lo que pensaba.
    La vanidad es un tema que me inquieta. Pienso que escribir y que, mas aún, tener un blog es un acto de vanidad. (estudie en colegio de monjas y eso era un pecado)

    • Ana María, has dado en el clavo, ¿o debería decir en la escataca?. Solo dejando caer ese párrafo final, Sergio Ramírez deja creada, como quien no quiere la cosa, la asociación Vlad (el empalador) – Ceausescu – Chavez.
      De pecados, ¿para qué hablar?. Pecamos todos. No creo que quienes tienen un blog a sus espaldas merezcan el infierno más que otros. El anhelo de quien escribe es que le lean. Otra cosa son los que “republican” noticias de otros. Esos si que merecemos fuego eterno. :-)Un abrazo

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