El hombre del millón de libros

El librero Abelardo Linares, entre las estanterías de una de las naves de Santiponce (Sevilla).- ALEJANDRO RUESGA

DANIEL VERDÚ 12/08/2010

El viejo Eliseo Torres tenía la extraña costumbre de no querer vender sus libros. Aquel librero gallego exiliado en Nueva York siempre quería guardarse algún ejemplar. Como si aquello, un reino de un millón de libros, fuera a durar toda la vida. Pero cada vez que Abelardo visitaba su librería de cinco plantas en el Bronx insistía en llevarse lo que podía. Tanto, que un día Eliseo pidió a su dependienta que no dejara entrar más a aquel sevillano pesado. Con la puerta en las narices, pudo darle una tarjeta. “Si algún día Eliseo falta, llámeme”. Dos años después, sonó el teléfono. Tras una larga negociación con la viuda, llegó el acuerdo. Abelardo Linares se mudaría a Nueva York y dirigiría durante un año la librería para pagar el precio que habían fijado por aquellas 250 toneladas de papel impreso. Si transcurrido el tiempo no lograba alcanzar la suma, volvería a España con las manos vacías y sin el dinero. Ella, claro, aceptó. A un mes de que se cumpliera el plazo, Abelardo ya empaquetaba su tesoro para llevarlo en barco a Sevilla.

“Con el tiempo he llegado a entenderle. La gente pensaba que Eliseo estaba loco porque iba a pasearse por la librería cuando estaba cerrada, como un fantasma. Al poco de estar ahí, yo también empecé a hacerlo. Y sí, a veces a mí también me cuesta vender algunos libros”, confiesa en una de las tres naves de 500 metros cuadrados de Sevilla donde almacena el millón de ejemplares. Además, Linares es poeta, fantástico editor y, probablemente, uno de los libreros de viejo más importantes del mundo. Sus movimientos y precios son la referencia. Renacimiento es el nombre de las dos grandes pasiones que ocupan su vida: la librería y la editorial. Como autor, acaba de publicar su último libro de poesía: Y ningún otro cielo (Tusquets, 2010).

Pero todo el asunto se complica. El descomunal esfuerzo que dedica a cada una de las ediciones de obras descatalogadas, joyas con espléndidas traducciones perdidas en la desidia de un mercado que funciona al peso, no se corresponde con las ventas. Ninguno de los 90 títulos que ha editado este año ha superado los 400 ejemplares. “La gente ya no lee. O peor, lee mal. Los grandes distribuidores se han dado cuenta de que el mercado potencial es la gente que no lee y las librerías están llenas de basura. Volvemos al siglo XVIII, a que lea una minoría”, masculla resignado. ¿Y el libro electrónico? No le teme. Al contrario. “Es más democrático. Los títulos podrán defenderse solos, independientemente de quién esté detrás”.

A Abelardo, hombre tímido y tranquilo a sus 57 años, el olor de ese viejo papel acumulado le recuerda a cuando bajaba del avión en Río de Janeiro a la caza de libros. Respira hondo. Huele a una suerte de fruta pasada, dice, entre dulzona y agradable. Cuando agarra un libro, cuando rebusca entre alguno de los nueve pisos de estanterías que tiene cada planta de la nave, los dedos delatan al coleccionista. Es esa manera de tocar tan precisa y veloz, de pasar las páginas y señalar con el índice, como fijando las líneas. La misma que descubre a los obsesivos compradores de vinilos cuando escudriñan en una de las cubetas de la tienda de discos. “Es que coleccionar tiene algo de cazador. Hay una parte depredatoria, de ver lo que te falta. Chesterton decía que hay que estar loco por algo para no volverse completamente loco”.

Localizar el legado de otros locos también es su trabajo. De vez en cuando recibe la llamada de una viuda para sacarse de encima una biblioteca. Hay que ir, revisar y ofertar. A veces toda una mediocre colección por un puñado de buenos ejemplares. Da igual. La última que se ha quedado: mil libros comprados entre los años veinte y los setenta. Pero escasean ya los buenos lotes. “Las bibliotecas de los que mueren ahora son peores. Empezaron a comprar libros a partir de los años cuarenta y cincuenta y, claro, no es lo mismo que a comienzos de siglo. El valor en esto depende del tono de la época”. Esta personal manera de trabajar le ha convertido en personaje de varias novelas. “En una me pintaban como un seductor de viudas para quedarse con sus bibliotecas”.

Su colección empezó hace unos 40 años. Ya entonces, cuando de chico perdió uno de sus valiosos ojos, llevaba una libreta donde anotaba todo lo que leía. A los 11 años empezó a escribir sus primeros poemas y en poco, con algo más de 20, llegó a comerse unos 500 libros al año. “Para mí no hay diferencia entre trabajo y diversión”, matiza. Ahora va de la nave a casa y de casa a la nave. A pocos kilómetros una de otra desde que se separó de su mujer y buscó un adosado cerca de su millón de libros.

La biblioteca personal de Abelardo también está en el polígono, junto a cajas todavía por ordenar del fondo de Nueva York. Y su colección de poesía es única. Casi todo primeras ediciones. 20.000 títulos conseguidos uno a uno durante toda una vida. Pero está todo tan mal -“tengo demasiados worst seller“- que Abelardo piensa en venderla. “Así quizá podría subvencionar a la editorial. Gracias a la librería he podido invertir varios millones de euros en esto, pero ya no da para tanto”, revela mientras con un hilo de voz pretende que no hay para tanto. ¿Dolor? “Bueno… llega un momento en que te das cuenta que nunca lo tendrás todo. Cuando ya has hecho un conjunto, algo que tiene un sentido, tampoco pasa nada si te deshaces de ello. Pero si finalmente la vendo, el precio nunca representará lo que a mí me ha costado reunirla”.

Y así, quizá algún día aparezca alguien por las naves de Abelardo y le dé una tarjeta con un número de teléfono. Es posible que no suceda nunca, o que sea mucho más tarde que pronto. Pero podría ser que el absurdo mercado triunfe y que él se canse de todo este asunto y alguien, con el imposible equilibrio entre fuerza, locura y erudición con el que se plantó un día en Nueva York, tenga que conservar y renovar el legado que Eliseo y él construyeron a lo largo de casi un siglo. Si eso pasara, si alguien le buscara un día, lo único bueno es que sería muy fácil encontrarle.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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