Periodismo, ideología

Carlos Mendo en la delegación de EL PAÍS en Washington

JOSÉ MARÍA IZQUIERDO 25/08/2010

Una persona con una clara carga ideológica, ¿puede ser un periodista objetivo? Un señor o una señora que se reclamen de derechas o de izquierdas y que acepten sin remilgos tal catalogación, que estén dispuestos a defender, incluso con vehemencia, su catálogo de ideas y valores ¿pueden ser buenos periodistas? ¿O es que acaso solo se puede ser buen profesional si se renuncia a pensar, a creer en unos u otros modelos de sociedad? ¿Hay que tener una cabeza sin contenido, un cerebro sin circunvoluciones, un libro sin letras para ejercer el buen periodismo? Es más: ¿puede ser buen periodista quien carece de ideas, quien desprecia los pesos y medidas de la justicia, de la equidad, de la convivencia?

Carlos Mendo era un señor de derechas y más de derechas que se iba haciendo según cumplía años… y un periodista de primera, un lujo para esta profesión, un ejemplo a imitar, un espejo en el que mirarse. Mendo lo fue todo en una profesión que mamó y que ejerció desde muy joven.Fue agenciero de postín, dirigió la agencia Efe, y gracias a su dominio de un inglés elocuente y preciso, en época de analfabetos de otras lenguas que no fuera el recio castellano, pudo hacerse cargo de la agencia UPI en España. Allí dio lecciones de rigor y de saber lo que es, exactamente, una noticia y cómo contarla.

Pero es en su etapa de corresponsal en Londres y en EE UU para EL PAÍS donde ejerció con más fuerza, o esa es al menos mi impresión particular, su enorme calidad periodística. Era un corresponsal con respeto a los datos, al contexto, atento a la historia a contar, con gran capacidad expresiva pero alérgico a la muñequilla de los malos periodistas. Sus crónicas del Parlamento británico, pero también de Soweto -viajó en varias ocasiones a Sudáfrica para denunciar con energía a aquel régimen del oprobio-, de la Casa Blanca o del sur profundo de Estados Unidos, eran siempre una demostración del mejor periodismo de calidad. Admirador de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan, jamás le tembló el pulso cuando creyó que en justicia correspondía la crítica a una u otro. Tampoco cedió a la descalificación de quienes representaban otras opciones y habían sido elegidos por el pueblo y sus crónicas de la etapa Clinton fueron modélicas. Su distancia ante los gobernantes, de izquierda o derecha, era la exacta del periodista: cerca para observar, lejos para recibir.

Carlos Mendo fue un corresponsal extraordinario de EL PAÍS. Y nunca, jamás, renunció a su ideología. Para él, y para otros muchos periodistas, no se trata de ningún milagro. Es fácil: separar la información de la opinión y no dejar que la segunda, tan dulce pero tramposa, se ponga por delante de la primera, tan antipática en demasiadas ocasiones. A un buen periodista nunca -casi nunca- le pasa. Mendo, extremadamente culto e informado, militaba en el conservadurismo, defendía sus ideas con fuerza y convicción, como saben sus oyentes de la SER, pero, al contrario de esta carretada de vocingleros reaccionarios que nos abruma en prensa, radio y tedetés, respetaba a quien no pensaba igual que él, por supuesto, pero respetaba aún más la profesión que amaba y a la que dedicó toda su vida: el periodismo.

Sus compañeros de profesión le admiramos por eso. Sus amigos le queremos, además, por otras muchas cosas.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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