Fetichismo de mierda

La Merde d’artiste de Manzoni

CATALINA SERRA – Barcelona – 09/08/2007

Un pequeño terremoto ha sacudido este verano el mundillo artístico. El epicentro han sido las famosas y provocadoras latas de Merde d’artiste de Piero Manzoni cuyo contenido parece ser uno de los misterios mejor guardados del arte contemporáneo. ¿Qué hay en su interior? Con seguridad, nadie parece saberlo. Un colega suyo afirma que hay yeso. A los coleccionistas, que han llegado a pagar 97.000 euros por un ejemplar, les da igual.

La Merde d’artiste de Manzoni es tal vez el artefacto más curioso e intrigante de la historia reciente del arte. Se trata de un múltiple, es decir, 90 latas de conserva de pequeño tamaño con una etiqueta que pone, en varios idiomas: “Mierda de artista. Contenido neto: 30 gramos. Conservado al natural. Producida y envasada en mayo de 1961”. Sobre la tapa, el número de la lata y la estampación de la firma del artista: Piero Manzoni.

La opinión que tenía Manzoni sobre el mercado del arte y su funcionamiento queda meridianamente clara con esta pieza que, precisamente, en su irónica radicalidad intentaba llevar al límite la capacidad de asimilación del consumismo aplicado al arte. Puso a la venta las latas equiparando su peso al del oro, una equivalencia que no era nueva en una época en la que los artistas comenzaban a dar el gran salto de las obras a los conceptos. “No hay nada que decir, sólo hay que ser, sólo hay que vivir”, escribió Manzoni en 1960 como colofón de su texto teórico Dimensión libre. Años antes, un joven Yves Klein había vendido, con éxito, sus “zonas de sensibilidad pictórica inmaterial”, que cambiaba por 20 gramos de oro. El artista francés no vendía nada tangible, sólo una idea que se materializaba en un acto ritual que consistía en que él tiraba el oro al río mientras el coleccionista quemaba el recibo de la venta.

Klein falleció en 1962 a los 34 años. Al año siguiente, el 6 de febrero de 1963, encontraron muerto a Piero Manzoni en su estudio de la calle Fiori Chiari de Milán, de un infarto o un colapso alcohólico, según las diferentes fuentes. Tenía 29 años. Su periodo activo como artista es corto, de 1956 a 1963, pero según como se mire aprovechó el tiempo -en los últimos tiempos no paró de viajar y de inaugurar exposiciones- y, además, con sus latas de mierda superó en radicalidad tanto a las propuestas de Klein como, en cierta manera, a las de su inspirador, Marcel Duchamp, cuyo urinario (Fontaine, de 1917), además de resultar igualmente escatológico, es el punto de partida de una gran parte del arte del siglo XX.

La polémica sobre el contenido de Merde d’artiste la desató hace poco el artista italiano Agostino Bonalumi con un artículo en el Corriere della Sera en el que desvelaba que las famosas latas no contenían lo que decían, es decir, excrementos producidos por Manzoni, sino, seguramente, yeso. La “noticia” ha corrido como la pólvora y ha abierto el debate en los foros de Internet, en su mayoría afectos a la versión de que es una prueba más del “gran engaño” que es buena parte del arte contemporáneo, pero de momento parece que no ha afectado ni a la valoración del artista por los especialistas -Manzoni tiene muchos fans- ni a su cotización en el mercado.

Según el índice Artprice, la última Merde d’artiste vendida por Sotheby’s el pasado 22 de mayo en Milán se adjudicó por 96.774 euros, casi 30.000 euros más que la anterior, vendida en febrero por Christie’s en Nueva York. La mayoría de las latas está en manos privadas, pero algunos museos, como la Tate Modern, el Moma o el Pompidou, ya la tienen en sus colecciones como una de sus piezas más preciadas.

Bonalumi, amigo y colega de Manzoni en sus últimos años, relaciona la idea de la Merde d’artiste con una experiencia del verano anterior en el que ambos, junto a Enrico Castellani, habían expuesto en una galería milanesa sin prácticamente ningún éxito económico. No consiguieron, explica, que un galerista supuestamente amante del arte actual quisiera sus obras ni regaladas. “Questi stronzi di borghesi milanesi vogliano la merda” (“Estos estúpidos burgueses milaneses quieren mierda”), farfulló Manzoni. Y eso les dio. Y la pagaron bien.

La confesión de Bonalumi desvela tanto resentimiento y egolatría por parte de Manzoni como rebelión ante el “gusto burgués” formalista ajeno a la bomba de profundidad que supusieron el dadaísmo y otras vanguardias para el concepto mismo de arte y de libertad creativa. Manzoni se dedicó obsesivamente a dar vueltas a estos temas. Sus acrómonos son cuadros blancos matéricos con texturas en realidad no buscadas. En un parque de la ciudad danesa de Herning colocó su Base del mundo (1961), un pedestal que sostiene el mundo. Es así porque las letras están al revés, hay que leerlas desde el cielo. También firmó personas y adjuntaba el certificado de que él, artista, declaraba obra de arte a Zutanito a Menganito, entre ellos al mismísimo Umberto Eco. Según explican, a veces era toda la persona y otras sólo una parte de su cuerpo. Las líneas son, seguramente, su serie más celebrada. Pintaba una línea de determinada longitud -la más larga fue de 7.200 metros- y después la ponía en una lata cerrada al vacío con la inscripción sobre su longitud.

Pero tuvo otras series célebres. La de los fiatto d’aire tiene una subserie consistente en globos que el artista había inflado in person, es decir, contienen la “respiración del artista”, que puso a la venta acompañado de un estuche y un accesorio para colocar el globo una vez inflado. El Macba tiene uno. La serie de los huevos con huellas dactilares del artista que después el público asistente a la galería se comía en una especie de comunión artística, se relaciona, por lo de la digestión, con la Merde d’artiste, que, no hace falta decir, es la obra por la que ha pasado a la historia.

Conceptos aparte, esta pieza despierta risa, asombro y también cierto morbo por saber si, efectivamente, Manzoni cumple lo que firma en la etiqueta. Bonalumi dice con toda lógica que, si fuera mierda, a estas alturas, hace ya 40 años que se murió Manzoni, la lata se habría corrompido por la materia orgánica. Por eso cree que dentro hay yeso o algún producto plástico, pero, ojo, advierte de que no será él quien abra la lata. Y ahí está el quid de la cuestión. Otro artista, el francés Bernard Bazile, lleva años dándole vueltas al tema. En 1989 ya escenificó una supuesta apertura de una lata de Manzoni de la que sólo quedan fotografías y poca información clara.

El mismo artista realizó en 2004 una exposición, en el Instituto de Arte Contemporáneo de Villeurbane, que le llevó varios años de trabajo ya que consistió en buscar a los propietarios de las latas de Merde d’artiste y entrevistarlos. Además de un vídeo con 11 horas de grabación y la instalación, el centro publicó un libro sobre el tema que resulta tremendamente instructivo (Les propiétaires. Bazile-Manzoni). Aparecen los retratos y recortes de declaraciones de decenas de propietarios de las latas. No tiene desperdicio. Y valga el símil. Los hay que la tienen como inversión segura, otros por devoción, algunos porque es lo que hay que tener, y casi todos porque sólo hay 90, son famosas y se cotizan. “Hemos transformado la mierda en oro y me incluyo entre los responsables, los culpables”, comenta Massimo Minini, uno de los coleccionistas entrevistados. “Ahora ya no hay nada que hacer. Es por esto por lo que Manzoni es un gran artista. No sé si él lo había previsto, pero de todas maneras, ha provocado esta reacción. Esta pequeña lata que da risa, finalmente, que al menos habría querido dar risa si no fuera que va contra el sistema, se ha convertido en una obra maestra, o, al menos, en un fetiche”.

Jens Jörgen Thorsen, artista sueco ya fallecido, explicó a Bazile que su colega Manzoni se reía con la posibilidad de que a un coleccionista le explotara la lata y empezara a rebosar la mierda. Dice Thorsen que le pasó a él, por tenerla mal conservada, y que la tiró. Así que sólo quedarían 89… Otra coleccionista dice que tenía un agujero y la puso en la nevera hasta que su marido la obligó a venderla. Algunos la tienen en una urna de metacrilato, otros en la caja fuerte del banco. El galerista suizo Bruno Bischofberger explica que la tiene en el almacén, no sabe bien dónde… Todo un retrato del mercado del arte.

¿Qué hay en la lata de Manzoni? ¿Importa mucho? Los propietarios de Bazile discrepan. Para algunos, tanto da porque la obra, el fetiche, ya ha entrado en el mito y, por lo tanto, en el mercado. Para otros, no puede ser mierda; otros aseguran que es lo que hay, algunos reconocen que les tienta abrirla pero no se atreven… En contacto con el servicio de prensa de la Tate Modern, este diario sólo pudo obtener esta respuesta a su pregunta sobre si habían hecho algún tipo de estudio respecto al contenido de la lata: “Piero Manzoni es una de los principales artistas de la historia del arte del siglo XX y está en importantes colecciones de arte moderno alrededor del mundo. Merde d’artiste es una pieza seminal y central en relación con su fascinación con el valor comercial y la autenticidad de la obra de arte. Nosotros no podemos abrir la lata si no queremos destruir la obra”. Habrá que pedirle ayuda al CSI.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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