Trotski y Mercader, vidas cruzadas

DANIEL REBOREDO | HISTORIADOR
El 21 de agosto de 1940 moría León Davidovich Bronstein, Trostki, asesinado por el comunista español Ramón Mercader. La prensa mundial se hizo eco del asesinato cinco días más tarde, destacando en sus editoriales la figura del protagonista de la Revolución Rusa. Teórico del marxismo, presidente del sóviet de San Petersburgo en la Revolución de 1905, periodista incisivo y polémico, revolucionario convencido, jefe del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado, organizador de la Revolución de 1917, comisario de Guerra, creador del Ejército Rojo, líder del primer Estado socialista del mundo y de la nueva Internacional con Lenin, dirigente del Gobierno soviético hasta que fue expulsado del Partido Comunista Ruso (1927) y de la URSS (1929) por su rival Josif Stalin, Trotski se pasó el resto de su vida buscando un lugar seguro donde hacer públicas sus feroces críticas al estalinismo defendiendo los ideales de la Revolución de Octubre. Vivió en Turquía, Francia y Noruega y finalmente se instaló en México, invitado por el general Lázaro Cárdenas, presidente del país, en 1937. Escribió numerosos ensayos, una autobiografía, ‘Mi vida’ (1930), una ‘Historia de la Revolución Rusa’ (1931-1933), ‘La revolución traicionada’ (1937) y numerosos artículos sobre los principales temas de la actualidad de su época.
A la par que Trotski huía, Stalin soñaba con acabar con su enemigo mortal. Por eso ordenó en 1939 a su principal verdugo, Lavrenti Beria, que buscara entre los espías del NKVD (policía secreta bolchevique) a los más capacitados. Beria pensó en los ‘camaradas españoles’, curtidos en las misiones secretas soviéticas durante la Guerra Civil en España. De acuerdo con las memorias del general Pável Sudoplátov, la misión de asesinar a Trotski fue confiada a la catalana María de las Heras, aunque luego se optó por el grupo ‘Madre’, compuesto por Caridad Mercader, amante de un importante oficial del NKVD, Leonid Eitingón, y su hijo Ramón. Éste entró en los círculos trotskistas de París seduciendo a Silvia Agueloff y con ella viajó posteriormente a México, donde fue bien recibido en casa de Trotski, a quien visitó a menudo mientras preparaba el atentado. El arma del asesinato, un pico de alpinista, fue elegida por Eitingón, Caridad y Ramón, quienes también idearon un motivo personal para justificar el asesinato: la oposición de Trotski a su relación con Silvia y el derroche del dinero que el ‘empresario’ donaba a su organización.
Trotski murió a manos de sus enemigos, después de haber sido perseguido por diferentes países del mundo. Este hombre que terminó sus días muy lejos de su revolución creyó haber encontrado un lugar seguro en México, donde llegó a tener un grupo de amigos y simpatizantes políticos que lo protegían. Su asesino, Ramón Mercader (1914-1978), era un hombre ilustrado, dedicado a la política, militante comunista y agente al servicio de Josif Stalin. Nacido en Barcelona, estuvo afiliado al PSUC y participó en el frente de Aragón durante la Guerra Civil española, para posteriormente exiliarse a la URSS, donde fue reclutado por la policía estalinista. Cuando salió de la cárcel mexicana, el 20 de agosto de 1960, viajó a Moscú donde recibió la Estrella de Oro de Héroe de la URSS y la Orden de Lenin de las manos del jefe del KGB (antiguo NKVD), Alexandr Shelepin, a la par que le proporcionaban un piso en Moscú, una residencia en Krátovo, una jubilación que equivalía a la de un general del KGB retirado y un trabajo en el Centro de estudios marxistas-leninistas de Moscú. Antes de morir en 1978 en la capital cubana, Mercader trabajó varios años como consejero personal de Fidel Castro. Está enterrado en el cementerio Kúntsevskoye’ de Moscú, al igual que el espía inglés Kim Philby y la coronel María de las Heras, con el nombre falso de Ramón Ivánovich López, ‘Héroe de la Unión Soviética’.
Mercader, como Stalin, quiso eliminar al ideólogo y al autor de un pensamiento político en el que destacaban con luz propia sus teorías de la ‘revolución permanente’, de su ‘universalización’ y de la ‘formación de los Estados Unidos Socialistas de Europa’. También mataron al crítico que demostró que la verdadera traición de la revolución fue la renuncia a la lucha obrera internacional aprovechando la coyuntura de la inminente Segunda Guerra Mundial y el pacto con y contra Hitler. La huella de ‘La revolución traicionada’ puede verse en ‘1984’, de George Orwell, en Arthur Koestler, etc. Pero no cabe olvidar también que Trotski fracasó en la propagación de su ideología, sólo influyente en círculos intelectuales, porque adoptó una táctica equivocada y, fundamentalmente, porque al morir Lenin de manera prematura el proyecto de la revolución se diluyó. Después de aquel crimen, Ramón Mercader vivió su propio infierno. Conoció la cárcel y el olvido, el desprecio y la admiración, la soledad y el exilio. Perdió la identidad, vivió y murió con el nombre de otro.
Los crímenes del estalinismo, como los del nazismo, cuando son explicados por quienes se movieron en su círculo totalitario, quedan envueltos en el aura mágica y ambigua de «aquellos tiempos eran muy diferentes». No puede haber justificación moral ni política para Mercader ni para los que, como él, por fanatismo, son los agentes que precisa todo totalitarismo. No hay reconciliación entre víctimas y verdugos. Cada cual debe quedar en su sitio. Los asesinos, con sus crímenes, y las víctimas, como testimonio acusador de los anteriores. Los hombres, a su paso, van dejando su vestigio. Trostki y Mercader dejaron el suyo en un mundo que crujía y amenazaba con derrumbarse debido a las ansias de destrucción del ser humano, cuya voluntad siempre ha estado impregnada de su prometeico deseo de dominación.
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