Esposas anónimas

Federico Yankelevich

Federico Yankelevich

UMBERTO ECO 29/08/2010

Recientemente descubrí en la red una enciclopedia de mujeres, muchas de las cuales han sido olvidadas injustamente por la mayoría de los historiadores. Hay una excepción: en su libro de 1690, Historia de mujeres filósofas, el académico francés Gilles Menage escribió sobre Diotima la Socrática, Arete la Cirenaica, Nicarete la Megariana, Hiparquia la Cínica, Teodora la Peripatética, Leoncia la Epicúrea y Temistóclea la Pitagórica, sobre quienes conocemos muy poco. Y lo correcto es que muchas de estas mujeres sean rescatadas del olvido.

No obstante, lo que realmente falta es una enciclopedia de esposas. Frecuentemente se dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, desde el emperador bizantino Justiniano y su esposa Teodora (la ex actriz) hasta Barack y Michelle Obama. Es curioso que nunca se diga lo opuesto: no hablamos acerca del hombre detrás de la gran Isabel I de Inglaterra, por ejemplo, o de su contemporáneo compañero viudo, de largo reinado. Pero pocas veces, si es que alguna, las esposas reciben la atención que merecen.

En las historias de la antigüedad clásica, y posteriormente, se dedica más espacio a las amantes que a las esposas. Clara Schumann y Alma Mahler, que estuvieron casadas con los compositores Robert Schumann y Gustav Mahler, son excepciones, pero estas mujeres causaron gran revuelo por sus amoríos extra y posmaritales. Básicamente, la única mujer que siempre es mencionada simplemente por ser una esposa es Xantipa, casada con Sócrates, y aún en ese caso, sólo para decir cosas malas de ella.

Leí recientemente un texto de Pitigrilli, escritor italiano del siglo XX, que atiborraba sus relatos con citas eruditas -aunque frecuentemente equivocaba los nombres- y con anécdotas que encontraba quién sabe dónde. En determinado punto, Pitigrilli invoca la severa advertencia de San Pablo; Melius nubere quam uri (preferible es casarse que arder con gran deseo), un buen consejo, por cierto, para los curas católicos romanos. Pitigrilli observa también que la mayoría de los grandes, incluyendo a Platón, Lucrecio, Virgilio y Horacio, eran solteros. Pero eso no es completamente cierto.

Puede ser verdad con Platón, quien, según Diógenes Laertius, escribía epigramas para hombres jóvenes muy apuestos. Por otra parte, Platón aceptó como alumnos a dos mujeres, Lastenia y Axiotea, y se asegura que había comentado que un hombre virtuoso debería casarse. Quizá era cauteloso por el infeliz matrimonio de Sócrates con Xantipa.

El famoso alumno de Platón, Aristóteles, se casó con Pitias y después de su muerte se unió a Erpilis, quien fue su esposa o su concubina. En todo caso, Aristóteles vivió con ella como marido y mujer, y la recordó con afecto en su testamento. Ella le dio un hijo, Nicómaco. En opinión de algunos historiadores, Aristóteles nombró su Ética a Nicómaco en su recuerdo.

Horacio no tuvo esposas ni hijos, pero, a juzgar por sus escritos, sospecho que se permitió algunas aventuras románticas. En cuanto a Virgilio, parece haber sido demasiado tímido para declararse a una mujer, aunque se rumorea que tuvo una relación con la esposa de Varius Rufus. Ovidio, en contraste, se casó tres veces.

En cuanto a Lucrecio, las fuentes antiguas no nos dicen casi nada. Una breve mención en un escrito de San Jerónimo pretende hacernos creer que Lucrecio se suicidó porque una poción de amor lo volvió loco, pero se ha de tener en cuenta que el santo tenía interés en que un ateo como Lucrecio fuera considerado demente. Sobre la base de esa versión, otros adornaron el relato, añadiendo la misteriosa Lucilla, que pudo haber sido la esposa o amante de Lucrecio. En esta versión, ella era una mujer enamorada que pidió a una bruja que le elaborara la poción, en tanto que otros aseguran que el mismo Lucrecio elaboró el brebaje; en cualquier caso, Lucilla no sale muy favorecida. Esto es, a menos que Julio Pomponio Leto, humanista italiano del siglo XV, estuviera en lo correcto al decir que Lucrecio se suicidó porque estaba enamorado de alguien más y era infeliz.
Siglos después, Dante soñó con Beatriz, pero se casó con Gemma Donati, aunque nunca mencionó a esta última en sus escritos.

Todos piensan que Descartes era soltero, ya que murió muy joven después de una vida sumamente pintoresca. Pero sí tuvo una compañera durante algunos años, una doncella llamada Helena Jans van der Strom, a la que conoció en Holanda. Oficialmente sólo reconocía a Helena como sirviente. Pero frente a ciertos rumores difamatorios, sí reconoció a la hija que ella le dio, Francine, que murió a los 5 años de edad. Según algunas fuentes, Descartes también tuvo otros amoríos.

En pocas palabras, aparte de los religiosos, que supuestamente eran célibes, y hombres más o menos abiertamente homosexuales como Cyrano de Bergerac y Ludwig Josef Johann Wittgenstein, Immanuel Kant es sólo uno de los grandes pensadores de la historia de quien estamos verdaderamente seguros de que era soltero. Los registros históricos son muy claros al respecto.

Sorprendentemente, incluso Georg Wilhelm Friedrich Hegel estaba casado; de hecho, parece haber sido un tanto mujeriego, con un hijo ilegítimo. Y estaba Karl Marx, que estaba profundamente apegado a su esposa, Jenny von Westphalen.

Sin embargo, la influencia persiste: ¿qué influencia tuvieron Gemma sobre Dante o Helena sobre Descartes, por no mencionar el enorme número de esposas sobre las cuales la historia dice aun menos? ¿Y si todas las obras de Aristóteles en realidad fueron escritas por Erpilis? Nunca lo sabremos. La historia, escrita por esposos, ha condenado a las esposas al anonimato.

http://www.publico.es/espana/334101/esposas/anonimas

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  1. Una enciclopedia de esposas… qué tontería. Esa idea de encajonar, clasificar a las personas unicamente por su género o su condición, empobrece. La condición humana es más amplia y compleja que esto. Tan es así, que todo el articulo es una lista de hombres y las posibles influencias de sus esposas o algo así, porque no llega a nada.

    • Hola Ana. Tienes razón. Puestos a clasificar menuda tontería hacerlo por el estado civil. Y es cierto que al finalizar su lectura, no quedan claras las conclusiones, pero había varias razones que me hicieron marcarlo para el blog:
      Por un lado el nombre de Umberto Eco aparecía recientemente en uno de los artículos del Asteroide (Fetichismo de mierda), cuando hablábamos de que Manzoni en sus devaneos con el arte conceptual, le había adjudicado un certificado que lo convertía (a Umberto Eco, se entiende) en obra de arte. Por otro no había en el Asteroide ningún artículo con su firma, siendo como es un hombre de demostrada lucidez. Pero además y creo que en esto coincidiremos, “toca” (de forma decepcionante tal vez) un espinoso asunto que es que la historia ha sido redactada en masculino singular donde el papel de las mujeres, solo queda relegado al de consorte o según el caso a amante y siempre tapada por el velo de la inexistencia. Historia para la que la sospecha de que Einstein (por ejemplo) robase la formula de la relatividad a su mujer es pura anécdota. Para que luego digan de Oriente.
      Se nos olvida que en este país ( y en el otro) se ha tratado a las mujeres como menores de edad hasta bien entrados los años 60, donde para cualquier cosa habían de tener el permiso de sus maridos, además de tener que acudir tapadas con velo a misa.
      Que memoria más frágil tenemos. Así nos va. Un abrazo. Gracias por tus comentarios.

  2. José, hace días me da vueltas algo en la cabeza y ayer empecé a escribir. Tu respuesta abona mi cuento. Es verdad, somos satelites, pero desde esa órbita, ineludible, es que hablo… como un ave, la soledad, me poso en la circunstancia y vivo. No pretendo tapar el sol con un dedo… prefiero asolearme. Un abrazo. Y gracias por darme en que pensar. Pero más que ese “en que pensar” es algo como obligarme a ordenar mis ideas, tan desordenadas, siempre.

  3. ¿Se necesita realmente una enciclopedia de esposas? ¿Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer?. Una gran mujer ¿necesita para algo un gran hombre?, es más ¿necesita un hombre? Añado ¿qué es un gran hombre? (no, no me preguntes, puedo definirte que es una gran mujer, vive conmigo).
    En los últimos tiempos pienso para qué demonios necesita una (gran) mujer a un hombre. No sé otros, yo soy limitado, corto, no la(s) entiendo, no sé cocinar, ni planchar, estoy enganchado a mi ordenador, al partido de los domingos, a la fórmula 1, miro a las rubias al pasar (y a las morenas, a las pelirrojas, a las jóvenes y a las no tanto, las miro a todas), no recuerdo los aniversarios, no sé nunca qué regalarle, soy dependiente, emocionalmente, físicamente, sentimentalmente, ni siquiera sé contar chistes, una joyita vamos, una rémora. No sé como una gran mujer me soporta.
    Platón, Diógenes, Aristóteles, Horacio, Virgilio, Lucrecio, ¿Está casado Umberto Eco? Me da que tiene que cumplir con su artículo semanal (o mensual o lo que sea). Una mujer da mil vueltas a un hombre, sea este gran(de), mediano o pequeño, sepa escribir, filosofar, tocar el piano o subir en globo. Los hombres escriben sobre los hombres y dicen que son grandes cuando hacen cosas normales, o un poquito anormales, o nada. Ya nos vale
    Joselu, que queda claro que me gustan (muchísimo) las mujeres y que me parecen grandes casi todas (menos Belén Esteban y similares). Un abrazo

    • Hola Pedro. Que gusto tus visitas por aquí. ¡Y me traes pastas!….Comparto todas y cada una de tus preguntas. ¿Qué será eso de “necesitar”? ¿Para qué?. Eso digo yo.
      En todo caso, te subestimas. Puede que no seas un esposo “al estilo moderno”, que se dice ahora, pero me consta que te haces querer por tu gran mujer sin que le influya el que no sepas agarrar una plancha. Por tu gran mujer y por un extenso grupo de lectoras que así te lo demuestran diariamente en todos y cada uno de los comentarios que te dejan en Glup 2.0. Así que quizás tu no las entiendas a ellas, pero es evidente que ellas si te entienden a ti. Y muy bien, por cierto.
      Un abrazo, amigo.

  4. Únicos entre únicos…, eso es lo que somos (si es que sabemos reconocernos desde la esencia misma de nuestra sexualidad).

    Detrás de…, delante de…, abajo…, encima… son adverbios que adquieren mejor sentido en otro tipo de temas.

    No necesito de nadie para ser YO pero qué bello es reconocer la posibilidad de construir un NOSOTROS desde las difeencias.

    Un abrazo

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