¿Robó Einstein a su mujer la Teoría de la Relatividad?

REPUDIADA. La madre de Einstein nunca vio con buenos ojos a Mileva. "Cuando tengas 30 años, ella será una bruja", le decía. La pareja, en la foto, con su primer hijo varón, Hans Albert.

ALEX ROVIRA | FRANCESC MIRALLES | PACO REGO

8 de Noviembre de 2009

“Estoy solo con todo el mundo salvo contigo. Estoy muy feliz de haberte encontrado, tan parecida a mí en todos los aspectos”. La carta de Einstein, dirigida a la que después se convertiría en su primera esposa, es del año 1900. Una flecha había atravesado el corazón del genio. Y esa flecha llevaba el nombre de Mileva, una serbia de lúcida cabeza muy distinta a todas las muchachas que Albert Einstein había conocido hasta entonces: cojeaba a causa de una artritis congénita, en el Instituto Politécnico de Zurich donde ambos estudiaban se la consideraba más bien fea y, además, era casi 4 años mayor que él.

Mileva es el enigma. La respuesta, quizás, a mucho s de los interrogantes sin respuesta desde la muerte del padre de la relatividad, en 1955. La joven a la que Albert dejó embarazada antes de llevarla al altar (hasta hace poco no se supo que nació una niña, dada en adopción). La científica, se malician algunos, a la que el Nobel de Física habría robado la mismísima fórmula con la que pasó a la Historia: e=mc2.

No es casualidad que el autor de la Teoría de la Relatividad sea el personaje más carismático del siglo XX. A sus revolucionarios logros científicos se unía una imagen inconfundible y una vida llena de contradicciones. Si miramos el lado más humano del genio, nos topamos con alguien que desde su infancia se refugió en la soledad de sus juegos, pero que se vio arrojado a una popularidad sólo equiparable a la de las grandes estrellas del cine. Tras dar a luz a la fórmula que permitió fabricar la bomba atómica, y pedir al presidente Roosevelt que no escatimara recursos para hacerse con ella, pasó los últimos 10 años de su vida como abanderado de la paz y la desnuclearización.

Distinguido en 1921 con el Nobel de Física, este humanista incansable no se separaba de su violín y no tenía reparos en hablar de Dios. Sí, la vida de Albert Einstein estuvo llena de contradicciones. Más allá de sus logros insólitos, como que un empleado de una oficina de patentes como era él redactara cinco artículos que cambiarían la ciencia.

Pero hay interrogantes que siguen en pie. ¿Cuál fue el papel de su primera esposa, Mileva Maric, en la elaboración de su gran teoría? Hay varias evidencias de que participó activamente en los cálculos que llevaron a la fórmula más famosa de los tiempos modernos e=mc2. Por una parte, es sabido que Einstein estaba mejor dotado para el pensamiento abstracto, la gran teoría, que para el cálculo matemático. Como contrapartida, Mileva tenía una gran capacidad para las matemáticas.

Albert la conoció en 1896, cuando ambos ingresaron en el Instituto Politécnico de Zurich, donde Mileva fue la única mujer aceptada en el programa de ciencias. Durante su primer año académico tuvieron una relación de compañeros, y en 1897, cuando Mileva abandonó temporalmente el Instituto Politécnico para irse de oyente a la Universidad de Heidelberg, empezaron una correspondencia donde se adivina ya una atracción romántica.

La madre de Einstein se pronunció siempre en contra de la relación. Nunca llegó a verla con buenos ojos, ya que sentía mucha simpatía por Marie Winteler, la anterior novia de su hijo. Marie era una chica de características completamente opuestas a las de la nueva candidata, que tenía un perfil muy intelectual. La señora Einstein advertía a su hijo sobre Mileva Maric: «Ella es un libro igual que tu… Deberías tener una mujer de verdad. Cuando tengas 30 años, ella será una bruja».

A pesar del rechazo de la familia hacia aquella relación, el flechazo fue inevitable porque hablaban el mismo lenguaje y compartían iguales intereses. Ellos mismos se decían que eran almas gemelas y rebeldes frente a las expectativas burguesas. Buscaban sobre todo en el amante a un amigo, a un colaborador y a un compañero. La carta que Einstein le escribió en 1900 (con la que arranca este texto) es reveladora.

CONTRASTANDO TEORÍAS

No cuesta imaginar los constantes debates sobre ciencia que debió de haber entre la joven pareja, lo que hace impensable que Einstein no comentara y contrastara con ella sus teorías. Un nexo poco comentado entre la primera esposa del genio y la fórmula que desataría la bomba atómica fue el inventor serbio Nikola Tesla. En su época estudiantil, Mileva trabó amistad con el hombre que probablemente más sabía sobre la electricidad y la energía. Tesla no sólo se anticipó 100 años a la tecnología wireless, que demostró en un experimento público al dirigir a distancia una embarcación en miniatura, sino que estuvo detrás de la primera central hidroeléctrica. Inventó la radio antes que Marconi y patentó un centenar de artilugios que todavía utilizamos hoy en día.

Si había alguien que conocía cómo se comportaba y propagaba la energía, ese era Tesla, por lo que es difícil no sospechar su huella en la fórmula que cambiaría el mundo. La capacidad matemática de Mileva, sumada a las charlas que mantuvo con su amigo Nikola, podrían haber cimentado lo que sin duda fue una intuición genial de Einstein.

Como prueba documentada de esa colaboración con su esposa, tenemos la correspondencia entre ambos, en la que Albert utilizaba la primera persona de plural al referirse a sus investigaciones. Y no menos importante: los artículos enviados en 1905, su llamado «año milagroso», a la revista Annalen der Physik, llevaban los apellidos de ambos. Existen varias cartas posteriores entre Einstein y Mileva en las que debaten sus ideas sobre la relatividad y en las que se refieren a «nuestra teoría».

Sin embargo, hay un hecho en la vida de Albert y Mileva que aún hoy está lleno de interrogantes. Dos años después de conocer a la talentosa estudiante serbia, Einstein la dejó embarazada. En una época en la que tener un hijo fuera del matrimonio era un escándalo, la noticia del embarazo habría bastado para que el joven físico no obtuviera el empleo que había solicitado en la oficina de patentes de Berna. Dado que la joven pareja contaba con esos ingresos para poder casarse, el tema se mantuvo en secreto.

EL DIFÍCIL PARTO DE LISA

Mileva se trasladó a su Serbia natal para dar a luz a su hija, que se llamaría Lieserl, diminutivo de Lisa en suizo. Sus padres la recibieron preocupados por su futuro y le prohibieron en un principio casarse con el padre de la criatura. La estudiante tardó en recuperarse de un parto largo y difícil, y fue el padre de la muchacha quien por carta se puso en contacto con Einstein para anunciarle el nacimiento de su primera su hija. Este respondió enseguida a Mileva. Quería saber cómo eran sus ojos y a quién se parecía, aunque no viajó para conocer a la pequeña. En la primera y única carta en la que habló de Lieserl dijo: «La quiero tanto, y ni siquiera la conozco». Por alguna extraña razón jamás se dignó a conocer a su hija, que fue dada en adopción antes de que la madre regresara a Suiza, donde finalmente se casaría con Albert.

En este punto se pierde la pista de Lieserl. Algunas fuentes dicen que la niña murió muy pequeña a causa de una enfermedad, mientras que otras aseguran que vivió hasta entrada la década de los 90 bajo el nombre de Zorka Kaufler.

No se han encontrado registros de su nacimiento en Novi Sad, donde Mileva dio a luz. Tampoco en las regiones vecinas hay pistas sobre su paradero. De hecho, los biógrafos de Einstein no supieron de su hija secreta hasta que la familia divulgó en 1986 unas cartas entre Albert y Mileva. Aparecieron entre las más de 400 misivas íntimas guardadas en una caja de seguridad de California por la segunda esposa de Hans Albert, el hijo varón de Einstein. Su primera esposa las había llevado a California tras volver de Zurich, donde había ido a vaciar el piso de la ya fallecida Mileva Maric en 1948.

El matrimonio de Mileva y Einstein se había empezado a romper cuando él se embarcó en un romance con su prima Elsa, también separada y madre de dos hijas, con la que se casaría en segundas nupcias. Este distanciamiento entre Albert y su primera esposa quedó plasmado en las cartas que el físico alemán dirigió a Elsa. Hablaba de Mileva como «una empleada a la que no puedo despedir. Tengo mi propio dormitorio y evito encontrarme a solas con ella. Es la única manera que se me ocurre para poder vivir con ella».

En 1921, cuando Einstein obtuvo el Nobel, entregó íntegramente su dotación a la mujer de quien se había divorciado dos años antes, lo cual plantea nuevas dudas sobre el grado de participación de ella en la teoría de la relatividad. Además de la génesis del e=mc2 y del incierto destino de la primogénita de Einstein, existe un tercer interrogante. Tras deambular por varias universidades europeas, en 1932 aceptó una plaza de profesor en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (EEUU), donde permanecería hasta su muerte en 1955. En las últimas tres décadas de su vida, Albert Einstein asombrosamente no presentó al mundo ninguna nueva teoría. ¿A qué dedicó el padre de la relatividad el último tercio de su existencia?

Es sabido que buscaba la Teoría del Campo Unificada, una teoría que explicara y englobara todas las fuerzas del universo, en especial la gravedad y el electromagnetismo. Aparentemente fracasó en el intento. Lo cierto es que en los últimos años de su vida guardó un cerrado silencio sobre sus investigaciones.

Existe la posibilidad de que Einstein diera con lo que andaba buscando, pero que decidiera no divulgarlo porque la humanidad aún no estaba preparada para acoger su descubrimiento. Si e=mc2 había dado lugar a la bomba atómica, ¿qué pasaría con una fórmula que permitiera desatar una energía infinitamente más poderosa? Si existe una última respuesta, su autor decidió no divulgarla en un tiempo en el que la humanidad había mostrado su capacidad para autodestruirse.

Álex Rovira y Francesc Miralles son autores de La última respuesta, último premio Torrevieja de novela, donde abordan los enigmas que rodean a Einstein.


100 AÑOS DE LA PRIMERA VEZ

Aquella mañana del 21 de septiembre de 1909, en el gimnasio de la escuela Andrae de Salzburgo, pocos alcanzaban a comprender las palabras del treintañero que les hablaba. Entre los más de 1.000 asistentes destacaban unos excépticos de lujo: los futuros Nobel Max Planck, Max Born y Max Laute. Era la primera vez que la Teoría de la Relatividad, publicada cuatro años antes en los Anales de Física, se exponía en público. La famosa fórmula e=mc2 (energía igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz, una constante, al cuadrado) no causó, sin embargo, sensación. Los presentes resultaron incapaces de captar las ideas innovadoras de Einstein. Doce años más tarde, en 1921, aquél loco judío alemán obtuvo el Nobel de Física por su explicación del efecto fotoeléctrico y sus numerosas contribuciones a la Física teórica, pero no por la Teoría de la Relatividad: el científico encargado de evaluarla simplemente no la entendió. Tal vez, porque, como el propio Albert decía: «Los años de búsqueda en la oscuridad de una verdad que uno siente pero no puede expresar, el deseo intenso y la alternancia de confianza y desazón, hasta que uno encuentra el camino a la claridad y comprensión, sólo son familiares a aquél que los ha experimentado». Cien años se han cumplido y aquellas revolucionarias ideas, corroboradas por los modernos satélites de investigación planetaria, la física y la astronomía, siguen maravillando. Hoy, una placa en la escuela Andrae recuerda el día en que se conoció la fórmula que explica nuestro propio mundo y los que se encuentran más allá de las estrellas.

[En la novela La última respuesta, Rovira y Miralles plantean que Albert Einstein llegó incluso más lejos. Habría resuelto el gran enigma al que dedicó sus últimos años, la teoría del campo unificada, y se la habría entregado, en compensación por una vida de abandono, a Lisa -o Zorka- la hija dada en adopción. Pero eso ya es literatura…]

http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2009/734/1257634804.html

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