“Mis películas son añicos, trocitos de verdades interiores”

GETTY IMAGES | Stanley Donen, en Bolonia, antes de una proyección de Cantando bajo la lluvia.

LUCIA MAGI – Bolonia – 02/07/2010

Si Jean-Luc Godard pensaba que el cine tiene que ser realidad 24 fotogramas al segundo, el director y coreógrafo de Cantando bajo la lluvia se coloca en el extremo opuesto. “El cine no representa el entorno en que todos estamos sumergidos, sino otro nivel de verdad, más profundo, el de los sentimientos, de las emociones. Eso he buscado siempre. No el mundo en su totalidad, sino los pormenores. Alguien dijo que Dios está en los detalles. Pues tenía razón”.

Stanley Donen, el creador del musical más popular, gran decano del cine clásico de Hollywood (Un día en Nueva York o Siete novias para siete hermanos), leve y profundo a la vez, moderno y ecléctico director de películas tan distintas como la comedia de espionaje Charada (1963) y la esplendida historia de un amor aguado por el tiempo de Dos en la carretera (1967), nació en 1924 en Carolina del Sur y mamó cine, baile y música desde niño. A los 15 años pisaba los escenarios de Broadway (como corista) y a los 17 los estudios de Hollywood. Con 86, sigue cantando. En Bolonia, invitado por la Cineteca municipal, hilvana su discurso como si estuviera preparando un guión, con diálogos directos. El hombre que ha cruzado la historia del cine es flaco y ligeramente doblado por los años, lleva gafas con cristales ahumados y una vistosa medalla con un mensaje -tierno y curioso-, compendio entre una auto-ironía de vodevil y un aire mitológico: “Mr. Stanley Donen, en caso de pérdida devolver a Elaine May “. Como si pudiera cruzarse con alguien que no sabe quién es.

Pregunta. Usted experimentó con varios géneros de cine. ¿Cómo nacen las ideas para obras tan distintas?

Respuesta. Nunca tuve una actitud intelectual con el cine. No rodaba películas con la intención de reflexionar sobre el mundo. Mis películas son trocitos, añicos de verdades interiores. Tengo una idea y reacciono ante ella. No intento darle una dirección con la razón. Hacer cine es como enamorarse.

P. ¿Por amor pasó del escenario a la cámara?

R. Estaba hechizado. Me compré un billete solo de ida de Nueva York a Hollywood.

P. ¿Cómo era Hollywood cuando llegó?

R. Tenía 17 años. Para mí era el sueño. Hollywood era Fred Astaire, era Ciudadano Kane. Era el lugar donde se fabricaba la ilusión. Vivíamos una época extraordinaria, el momento del paso al cine sonoro.

P. No tuvo que ser fácil rodar lo que solía crear en el escenario.

R. ¡Un verdadero infierno! El cine funcionaba con un mecanismo más complicado que el teatro. Sin embargo, era excitante. Todo estaba por inventar. Hoy tiene que ser difícil montar un musical, y una película en general. Te acompaña el agobio de que ya todo fue experimentado.

P. ¿Sigue enamorado de cine y de los musicales?

R. ¡Claro! Vivo en Nueva York, a menudo asisto a estrenos en Broadway. Hay algunos muy buenos. Y voy al cine. Pero ya no lo encuentro cercano a mis gustos.

P. ¿En qué sentido?

R. Es un traje a medida para los jóvenes. La industria piensa que son los adolescentes los que decretan el éxito o el fracaso de un largometraje y buscan este público. Puede que tengan razón. Pero ya no hay un Fellini, un De Sica, no hay un Renoir o un Welles. No se ruedan películas que encajen con los mayorcitos.

P. ¿Se enfadó con Stanley Kubrick cuando usó Cantando bajo la lluvia en la secuencia de violencia de La naranja mecánica?

R. ¡No! Sin embargo, Stanley estaba preocupado. Ambos vivíamos en Londres por aquel entonces y éramos amigos. Solía ser muy reservado con sus trabajos. Un día me llamó y me dijo que había terminado una película. “Vente y la vemos entre tú y yo”, me pidió sin facilitarme ninguna pista. Al final, se dio la vuelta y me preguntó: “¿Entonces?”. “Es perfecta, Stanley”. “Pero, ¿qué me dices de aquello?”, insistía. “Aquello, ¿qué?”. “Lo de Cantando bajo la lluvia. No quiero que pienses que me estoy cagando en tu película”. Ni se me había ocurrido.

P. La violencia absoluta y el himno de la felicidad.

R. No denigraba mi película, al revés. Kubrick me confesó que no había pagado los derechos para utilizar la canción -lo hizo luego- porque no estaba en el guión. Mientras rodaban, le sugirió a Malcom McDowell que intentara interpretar la secuencia cantando una canción cualquiera. Él empezó a canturrear justo aquella.

P. Usted dirigió varias veces a Audrey Hepburn. ¿Fue fácil?

R. Era increíble. Atractiva, femenina, generosa. Dulce. Tuvimos sólo una bronca. En Una cara con ángel ella baila vestida con pantalones y jersey negros y tenía que ponerse unos calcetines blancos. Pero empezó a refunfuñar: “¡No puedo! No pegan nada con el conjunto negro”. “Claro que tienes que ponerlos, sin ellos no se van a distinguir tus movimientos”, argumentaba yo. Ella se puso a llorar, pero bailó con los calcetines blancos. Al final admitió: “Querido, tenías razón”.

P. ¿Gene Kelly era distinto?

R. Peleábamos horas por cualquier detalle, era agotador. De todos modos, las broncas nunca comprometieron nuestra amistad, que fue profunda y sincera.

P. ¿Qué hacían juntos cuando no rodaban?

R. Algo que tuvimos en común fue una mujer. Él se casó con mi ex. Un óptimo amigo.

P. ¿Y Cary Grant?

R. También fue un compañero auténtico. Cuando preparaba su testamento, me dijo que quería dejarme algo. “¿Qué quieres?”. “Tu pelo”. Fue lo único que se me ocurrió.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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