La pesadilla de John Lurie

John Lurie durante una actuación en Londres en 1981.- GETTY IMAGES

DIEGO A. MANRIQUE – Madrid – 04/09/2010

Se rumoreaba en el mundillo del arte visual, donde ahora se desenvuelve John Lurie: que el fundador de los Lounge Lizards vive escondido, víctima del seguimiento obsesivo de alguien que se solía presentar como su mejor amigo. Lo reveló incluso el pasado año, en una entrevista con EL PAÍS, realizada con motivo de la salida de su libro A fine example of art. Comentaba entonces: “Estoy huyendo. Una historia increíble. Un tipo, conocido, que intentó suicidarse y al que ayudé, y que ahora quiere matarme. Un loco. La policía me dijo que me fuera una temporada de Nueva York. El acoso ha sido terrorífico”.

El desagradable asunto se ha hecho de conocimiento público tras un minucioso reportaje publicado en la revista The New Yorker bajo el título de Sleeping with wea-pons (Durmiendo con armas). El texto no ha gustado a Lurie ni a su círculo. El acosador, John Perry, aprovecha para hacer publicidad de sus cuadros y presentar el conflicto como responsabilidad de un Lurie arrogante e ingrato.

Sabíamos que Lurie (Minnea-polis, 1952) es un hombre quisquilloso, que tolera mal las intromisiones en su quehacer artístico. Hace años, se presentó en solitario, tocando saxofón, en la sala Universal madrileña. Había muchos seguidores pero también el habitual runrún de conversaciones; un indignado Lurie exigió que callaran y que dejaran de servir copas. La sangre no llegó al río: como tipo cool del downtown neoyorquino, comprendió que debía aguantarse y seguir actuando.

En la última década, Lurie ha dejado la música y su carrera como actor (apareció en películas de Jim Jarmusch, Wim Wenders o Martin Scorsese). Sufre la enfermedad de Lyme que transmiten las garrapatas y que tiene una sintomatología similar a la malaria. Contaba Lurie a EL PAÍS: “Durante años he padecido migrañas que me nublaban la vista, temblores y dolores terribles. Ahora estoy mejor, pero apenas puedo escuchar música, ataca directamente mi sistema nervioso, solo oigo un ruido insoportable”.

Lurie desplazó con éxito su creatividad hacia la pintura y así intimó con John Perry, un recién llegado al mundo del arte, experto en artes marciales y con antecedentes por violencia. Aun hoy, Lurie afirma que “puede que Perry sea el ser más decente que he encontrado en mi vida. Solo que se vuelve loco de vez en cuando. Loco de verdad. Y hace todo lo posible para que eso sea un secreto”.

El incidente que lo cambió todo ocurrió en 2008. Perry contrató a unos técnicos y pidió la ayuda de Lurie para grabar un piloto de un programa de televisión (el músico había protagonizado una serie de culto, Pescando con John Lurie, donde charlaba con Dennis Hopper, Tom Waits o Matt Dillon). Pasadas unas horas, Lurie se sintió indispuesto y se retiró. Perry creyó que estaba fingiendo, ya que averiguó que esa noche vio un combate de boxeo. Lurie insiste en que su labor ya había terminado cuando se marchó y que, de todas maneras, estaba dispuesto a seguir trabajando en el piloto.

A partir de ahí, hubo una escalada de correos electrónicos, llamadas al teléfono y al timbre de Lurie, denuncias en comisaría. El músico descubrió entonces que estaba indefenso: la policía neoyorquina carece de protocolos para actuar cuando el acoso no tiene un motivo sexual. Al ver que la intimidación llegaba hasta el doctor que cuidaba su dolencia, Lurie decidió escapar. Aceptó la invitación de Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers, para refugiarse en Big Sur (California). Se fue al extranjero y alquiló luego una casa en Palm Springs, cuyo cuerpo de policía se supone que está habituado a tratar con acosadores de famosos. En los últimos tiempos, se halla en paradero desconocido, aunque usa Facebook para comunicarse con amigos y admiradores: “Me gustaría que acabara esto. Me gustaría sentirme seguro. Pero después de miles de amenazas, me resulta duro de creer”.

Los colores de un saxofonista

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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