Labordeta ya es libre

José Antonio Labordeta.- RICARDO GUTIÉRREZ

José Antonio Labordeta: nos haces una falta sin fondo

MÁXIMO DÍAZ-CANO DEL REY 24/09/2010

“… Y caminamos. / Aunque se hizo el silencio / y no viniste, seguimos caminando. / Atruena la ciudad. / Los verduleros -sus voces tan hirientes / ya no hieren- bajo tu ventanal / suavizan a desgarros la mañana. / Atruena la ciudad / y en tu silencio, tu nombre lo ha evocado / un joven escritor / de menos de mil años / al preguntar por dónde te has marchado. / El resto, / los señores de alegres corbatines, / se agobian de queridas y de acciones / y tú te quedas / solo. / …”. Estos son unos versos del poema que José Antonio Labordeta escribe a su hermano Miguel, a la pérdida del gran poeta Miguel Labordeta. Poema que a su vez él toma de César Vallejo y que da título a este: Nos haces una falta sin fondo.

Y esto es lo que nos pasa a los que hemos tenido la gran suerte de conocer, de disfrutar de José Antonio Labordeta: que cuando se ha ido sentimos que “nos hace una falta sin fondo”. Porque hay personas, pocas, a las que el tiempo y la vida van esculpiendo, como el viento y el agua esculpen la roca, de tal forma que las hace únicas -todos lo somos- e imprescindibles -muy pocos lo son-. Cómo no va a ser imprescindible alguien que ha cantado: “Habrá un día / en que todos / al levantar la vista, / veremos una tierra / que ponga libertad /…”; cómo no nos va a hacer “una falta sin fondo” el que ha escrito: “Somos / como esos viejos árboles / batidos por el viento / que azotan desde el mar…” o, acaso, podemos pensar que no es necesario e insustituible el que manda a la mierda o llama gilipollas con tal naturalidad que ni molesta a los intolerantes que no quieren escuchar otras ideas, otras razones, convirtiéndose a partir de ese instante en la voz de cientos de miles de ciudadanos que hubiesen querido expresar ellos mismos esos sentimientos: pocas veces la representación se ha ejercido de una manera tan exacta, tan directa.

Recuerdo como una experiencia impagable, una velada poético-político-gastronómica con Labordeta, a la que tuvimos la fortuna de asistir José María Barreda, Clementina Díez de Baldeón, José Antonio Griñán, Mercedes Gallizo y yo. El pretexto que nos convocaba, aparte de cenar, hablar y reír, era leer cada uno el poema que en opinión de cada cual era el mejor jamás escrito, por el motivo que fuera, por la razón que cada uno estimase. Allí, a través de lecturas apasionadas, aparecieron Vallejo, Gil de Biedma, Cernuda y… Miguel Labordeta. José Antonio leyó un poema de su hermano. Nos sorprendió y nos descubrió, al menos a mí, a un poeta importante.

Y cuando la noche transcurría entre conversaciones, risas, poemas y ocurrencias, alguien dijo: “Oye, José Antonio, por qué no cantas algo”. Y acompañándose del golpeo de su mano sobre la mesa empezó a cantar. Creo que a todos, pero a mí desde luego, nos recorrió un escalofrío por la espalda, nos embargó una emoción tan intensa como esa que es capaz de llenarte los ojos de lágrimas o de erizarte la piel: “Habrá un día / en que todos / al levantar la vista, / veremos una tierra / que ponga libertad…”.

Soy un hombre con suerte. La vida me ha permitido conocer a gente interesante, he podido disfrutar de buenas conversaciones con personas con las que ni en mis mejores sueños hubiera podido imaginar. Pero de las mejores experiencias que la vida me ha permitido vivir está, sin duda, la de haber podido conocer, hablar y compartir oposición parlamentaria con José Antonio Labordeta. Él, un beduino en el Congreso, y yo, ahora, siento que nos hace una falta sin fondo.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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  1. Gracias, Labordeta por la emoción que me haces sentir, por marcar el camino, por tu socarronería, por tu valentía y por tu trabajo. Siempre me acompañaron tus canciones y seguirán con migo y con los míos sonando de fondo hasta que llegue ese viento que limpie los caminos por donde transitarán nuestros hijos. Buen viaje, amigo.

    • CARMEN MAGALLÓN PORTOLÈS (Profesora)
      20/09/2010
      Querido profesor
      En los años sesenta fue nuestro profesor de historia en el Instituto de Teruel. Era serio y socarrón. Y sus clases, deliciosas.
      Desmitificaba a las grandes figuras y daba valor a las vivencias de la gente normal. Nosotros, adolescentes que veníamos de pueblos donde la atmósfera opresiva de la dictadura era muy fuerte, nunca olvidaríamos cómo nos fue mostrando que la libertad era posible.
      Junto a Juana, compañera del alma, nos trataba como a hijos. Con él montamos un grupo de teatro, una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Peleando contra la censura, logramos representar La zapatera prodigiosa, de García Lorca. Incluso viajamos a Ourense, a la fase nacional de un concurso de teatro juvenil. También organizamos un cine club que se llamó Luis Buñuel, otro icono prohibido por el franquismo. Nos enseñó a amar la poesía. Admiraba a Vallejo, pero a nosotros nos hablaba sobre todo de Antonio Machado y de su hermano Miguel Labordeta. En Soria, regresando de Ourense nos dijo: “Preguntad a la gente por el monumento a Antonio Machado”. Era su forma de enseñarnos en qué país vivíamos.
      Con él descubrimos el Pirineo aragonés, San Juan de la Peña, las pequeñas iglesias románicas que le encantaban. Quería ser recordado “como un pájaro herido, como un hombre sin más”. Un hombre entre melancólico y divertido. En las cenas del teatro, tras los ensayos cantaba: “En la ilustre ciudad de Tafalla rifaron un cerdo pal santo hospital, ¡coño qué bien! / Se sacaron cuarenta mil reales, tilín, tilón / Se sacaron cuarenta mil reales y el cerdo bendito cayó al hospital, ¡coño qué bien!” Hasta siempre, querido profesor.
      © Diario Público.

    • juancar
    • 20/09/10

    Somos
    como esos viejos árboles
    batidos por el viento
    que azota desde el mar.
    Hemos
    perdido compañeros
    paisajes y esperanzas
    en nuestro caminar.
    Vamos
    hundiendo en las palabras
    las huellas de los labios
    para poder besar
    tiempos
    futuros y anhelados,
    de manos contra manos
    izando la igualdad.
    Somos
    como la humilde adoba
    que cubre contra el tiempo
    la sombra del hogar.
    Hemos
    perdido nuestra historia
    canciones y caminos
    en duro batallar.
    Vamos
    a echar nuevas raíces
    por campos y veredas,
    para poder andar
    tiempos
    que traigan en su entraña
    esa gran utopía
    que es la fraternidad.
    Somos
    igual que nuestra tierra
    suaves como la arcilla
    duros del roquedal.
    Hemos
    atravesado el tiempo
    dejando en los secanos
    nuestra lucha total.
    Vamos
    a hacer con el futuro
    un canto a la esperanza
    y poder encontrar
    tiempos
    cubiertos con las manos
    los rostros y los labios
    que sueñan libertad.
    Somos
    como esos viejos árboles.

    José Antonio Labordeta

    • Muchas gracias, Juancar.
      Que forma de decir quienes somos, quienes queremos ser y quién era el.
      ¿Se lo oimos cantar?

      Un abrazo. Esta es tu casa. Vuelve cuando quieras.

  2. Ayer lo lei en tu blog y no sabía de quien hablabas. Hoy iba en el carro y como siempre, en las mañanas, escuhaba La W y hablaron de él y pusieron un audio con su voz. Ahora sé un poquito más. Gracias.

    • Hola Ana.
      Labordeta fué diputado.
      “Llegó a la Cámara Alta, con las elecciones de marzo de 2000 y se convirtió en el primer representante Chunta Aragonesista, el partido de la izquierda nacionalista aragonesa, en ganar un escaño nacional.
      Socarrón y descreído, tuvo un hueco destacado en los informativos de todo el país en marzo de 2003 cuando, en un debate con el entonces ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, mandó literalmente “a la mierda” a la bancada popular, que le impedía hablar y se burlaba de él, con referencias despectivas a su participación en el programa de TVE “Un país en la mochila”.
      Él mismo dijo en sucesivas entrevistas que ese “a la mierda”, con el que sacó toda su rabia contenida, sería un estupendo epitafio.

      Aquí tienes quién era.
      Un abrazo.

      • Eso mismo fue lo que escuché, las mismas palabras… y no las pasaron una, sino tres veces, porque lo hizo con una gracia que valió la pena repetir.

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