Milagro en el Prado

El vino de la fiesta de San Martín, la pintura de Pieter Bruegel El Viejo descubierta por el Museo del Prado

PEIO H. RIAÑO Madrid 23/09/2010

El Museo del Prado se llenó ayer de borrachos y ciegos. Los primeros de alegría, los otros por deslumbramiento. La ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, el director del Museo, Miguel Zugaza, y los patronos de la institución desvelaban con la mayor de las sonrisas el secreto que llevaba guardado en los talleres de restauración del Prado desde el pasado mes de abril: un delicado cuadro de la escuela flamenca, de casi tres metros de ancho, pintado sobre una fina tela sarga, en la que casi un centenar de personajes invidentes y ebrios luchan por el caldo de la felicidad que brota de un enorme tonel.

La sonrisa se hizo gigante al anunciar que Pieter Bruegel el Viejo (1530-1569) era el autor de esta obra perdida hasta el momento. Sólo se conocían 40 pinturas autógrafas de la figura capital de la pintura flamenca del siglo XVI; esta, titulada El vino en la fiesta de San Martín, hace el número 41 desde ayer. La autoría fue atribuida por el Museo “tras varios meses de estudio y restauración”, en los que se invitó a confirmar la firma a especialistas internacionales en el autor, como Manfred Sellink, director del Museo de Brujas y responsable de la última revisión del catálogo del autor.

El cuadro representa la fiesta del vino por san Martín. El 11 de noviembre, festividad del santo, se degustaba el primer vino de la nueva estación. Pese a la presencia del propio santo partiendo su capa a la derecha, “no es un cuadro religioso ni una obra de devoción”. “Es una bacanal, la celebración del preludio del carnaval en los meses de invierno. Es manifiesta la tensión irónica entre la caridad de san Martín vestido como un caballero a la moda y los excesos de la fiesta que lleva su nombre”, según Pilar Silva, Jefa del Departamento de Pintura Española (1100-1500) y Pintura Flamenca y Escuelas del Norte (1400-1600).

“Al cuadro se le creía perdido. Existe una reproducción de un grabado, pero no había noticias de él. Es el más grande que existe de Bruegel y estaba en manos del coleccionismo aristocrático español desde el siglo XVII”, contó Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación e investigación del Prado.

Tampoco dudaron de la mano de la autoría los técnicos y conservadores del Museo de Viena, el Metropolitan de Nueva York, el Bellas Artes de Bruselas y la National Gallery de Londres. Matías Díaz Padrón, antiguo conservador del Prado, y Fernando Checa, antiguo director del Museo del Prado, también ratificaban al autor. “Me lo enseñaron en verano, todavía no había aparecido la firma, pero aquellas expresiones, rasgos de los colores, brillos y composición… A los 20 minutos ya no tenía ninguna duda, no podía ser de nadie más que de Pieter Bruegel”, aseguraba a Público Fernando Checa.

“Es un milagro. Esto sólo puede ocurrir en un país como España”, reconocía alegre Miguel Zugaza a este periódico. Como bien dice el director, este tipo de cuadros sólo puede aparecer sin avisar de las grandes colecciones aristocráticas que crecieron hace cinco siglos en este país. Eran otros tiempos.

Hoy sería impensable que un coleccionista privado españolpudiera adquirir un cuadro de este valor a precio de mercado. Ni siquiera Bill Gates podría comprarlo, porque la Ley de Patrimonio Histórico Español 16/85 impide que cualquier exportación de un cuadro de este tipo pueda salir de España. Hoy, lo normal es que el coleccionista por herencia se desprenda de él, porque los ricos, a veces, también lloran y necesitan sanear cuentas.

La familia de coleccionistas españoles, sin identificarse, llevaron el cuadro al Museo del Prado, hace un año, pero ya venía con el marchamo de Bruegel: había sido mostrado a expertos del Museo Louvre, en París, quienes también confirmaron la autoría.

“Es una aporte fundamental para la colección del Museo. Es un cuadro impresionante y está en muy buen estado de conservación Seguro que fue pintado para un coleccionista importante que no se conformaba con cualquier cosa”, explica Checa a pie de obra. “No se puede calcular su precio, porque no hay cuadros de Bruegel en el mercado. Y si saliera, España no podría adquirirlo por la elevada cifra. Pero sí por una compra directa como esta”, concluyó el ex director.

Hay que recordar que la temprana muerte del pintor en 1569 ha hecho que los coleccionistas busquen obsesivamente piezas de él. Sólo se conservan pinturas de su mano fechadas entre 1557 y 1568, poco más de una década. El mercado de subastas daría lo que fuera literalmente por una obra que a finales del siglo XVII es valorada en el inventario del duque de Medinaceli, don Luis Francisco de la Cerda y Aragón (1660-1711), con mucho más rango que Las Hilanderas de Velázquez, también de su propiedad. La obra de Bruegel suma 8.000 reales y la del pintor andaluz, 3.000.

Economía de guerra

Así que los propietarios entendieron que el mejor comprador en estos momentos en los que no fluye el dinero es el Estado. Y el Estado ha visto en esta opción de 7 millones de euros “una opción ventajosa, porque el precio de mercado podría haber llegado a los 30 millones de euros”, como confirman fuentes de la dirección general de Bellas Artes del Ministerio de Cultura.

El compromiso firmado entre los actuales propietarios y El Prado obliga a los primeros a vender al Museo El vino en la fiesta de san Martín por el precio tasado (los ya mencionados 7 millones de euros) si, una vez restaurado y analizado, El Prado lo quiere. Ayer no se especificó el plazo que tiene el Museo para decidirse. Todo apunta a que se hará público cuando las aguas económicas del país se calmen. “El precio está dentro de las previsiones de los presupuestos ordinarios que tiene la dirección general de Bellas Artes”, reconocían las fuentes del ministerio, que aclaran que no será un esfuerzo extraordinario. Ayer, la ministra aclaraba públicamente que “el ministerio hará el esfuerzo que tenga que hacer”.

Si las cosas no se agrian, el caldo de la felicidad que brota del tonel de Bruegel el Viejo correrá por los pasillos del Museo del Prado y pasará a formar parte de la colección de pintura flamenca, cerca del tríptico de El carro de heno, de El Bosco, y de la otra pieza del mayor de los Bruegel del Museo: El triunfo de la muerte (1562). De hecho, tanto en las pinturas de uno como en las del otro “hay una censura en esta época contra los campesinos, bebedores y borrachos, y contra los mendigos, que también aparecen”, explicaba ayer Pilar Silva.

© Diario Público.

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