Nuestra cultura del mal

El Gran Masturbador. 1929 Salvador Dalí.

VICENTE VERDÚ 23/09/2010

La simbología es inseparable del fracaso. Es decir, el fracaso necesita ansiosamente de la simbología para inscribirse en la serena racionalidad del tiempo humano.

Esta Gran Crisis económica, tomándola como una fractura o un fracaso imposible, sería diabólica. Se vuelve, no obstante, racional y relativamente humana simbolizándola en las pueriles historias de buenos y malos, de pecados y castigos que merecen su correspondiente y racional sanción. De este modo, la historia puede seguir sin romper el hilo de su coherencia o templanza sucesiva. De este modo, lo ocurrido, por brutal que sea o por extraño que parezca a primera vista, se convierte, mediante la simbología aplicada, en un hecho domesticable puesto que el éxito de la racionalización, a través de las medidas oficiales, conlleva el efecto de una nueva dominación y control.

Puede ser que el mundo se haya ido de las manos, pero su regreso a la humanidad oficial está garantizado si se asigna un significado simbólico a esa fractura y, en consecuencia, su dureza se vuelve inteligible. Es decir, en lugar de ser terrible y monstruoso lo que ocurre (millones de parados, cierres masivos de empresas) se hace grave pero no monstruoso, capaz de comprensión y solución. Comprensión, especialmente, puesto que la comprensión lo es todo para tratar con el conflicto.

Todo lo que se comprende, se “comprehende”. Se encierra dentro de un aprisco de saber sobre cuyo contenido podemos hablar, podemos pastorear y hacer.

Esta crisis, que es una muestra del Gran Accidente a la manera del El gran masturbador de Dalí o las Máquinas célibes de Duchamp, rompe la continuidad del tiempo y de su argumento fundacional. Viene a ser, en fin, como un explosivo exabrupto cuya violencia nos anonada. Es muestra de que el mundo no pertenece sino que responde a unas leyes a las que nunca hemos podido acceder.

Se trataría de un mundo cuya imprevisión sin ley conocida lo presenta como un mundo todavía salvaje. ¿Deberíamos vivir entonces habituados a un mundo salvaje?

Claro que no. De hecho, vivimos en un mundo que niega las fallas, que califica los volcanes o los terrorismos como excepción y niega la que nos mataría de angustia. Para eludir este crimen antirracional nacen los símbolos. Lo que no se entiende racionalmente puede “comprenderse” mediante el recurso al pensamiento simbólico. Pasa lo que pasa y no sabemos verdaderamente su causa, pero llegamos a creer que la sabremos mediante su traducción al lenguaje de los símbolos. Llanamente: sin símbolos consoladores, soñadores, traductores, no se puede humanamente vivir.

El ser humano es un animal simbólico de la misma manera que es un mamífero y la succión de la leche materna resulta equivalente a la succión que el pensamiento social practica sobre los mórbidos pechos del símbolo explicativo.

Parece este un decir filosófico que no interesará a los empresarios y a los gobernantes, a los registradores de la propiedad y a los terratenientes, pero, contrariamente a lo que pueda creerse, el símbolo es la base de la política activa, de la religión, del mundo financiero y del marketing cosmopolita. En uno u otro campo la especulación (mental, dineraria o moral) se empapa de la lactancia simbólica.

No importa que la historia o sus individuos hayan alcanzado la edad de la razón. Precisamente la idea misma de lo que es o no adulto y el sostén de lo que es llamado “racional” poseen una base simbólica. Es así, como en el presente, afrontando el desconcierto frente a la crisis, el balbuceo de los gobernantes zapateros y las políticas contradictorias en medio mundo asumen la desorbitada profundidad del accidente. Profunda y desorbitada.

Se dice: no hemos caído en esta sima por azar, la economía arruinada y los obreros parados no son el efecto de una calamidad inexplicable. La explicación, sin embargo, tiene su amparo en la pueril simbolización de la catástrofe: la codicia, la avaricia, el pecado consumista y la pérdida del temor de Dios.

La simbolización de la catástrofe no detiene, desde luego, la catástrofe. Tampoco actúa como un lenitivo real. Sencillamente, el símbolo actúa como un placebo mediante el cual la catástrofe se engulle o se integra en el devenir de la existencia, unas veces placentera y otras aborrecible. Será así esta crisis -siento decirlo- “una hija de puta” pero viene a ser -como en otros ámbitos terroristas- “nuestra hija de puta”. La cultura del malditismo.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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  1. Que texto tan duro como lúcido. La crisis económica que aqueja a España ya es preocupante. Las huelgas no ayudan nada. Y el gobierno menos. deseo pronta salida de esta crisis. saludos

    • Pues no va a ser fácil. El principal problema es el desempleo (19% de la población activa) pero es que un 46% teme por su puesto de trabajo ahora mismo. El principal objetivo debería ser crear empleo, cosa que no se consigue con austeridad en el gasto público. Llevamos mas de 15 años con disminución de las rentas del trabajo y las familias están endeudadas. Ya no hay crédito al reventar la burbuja inmobiliaria gracias al poder especulativo de las rentas altas y las banca, no se puede consumir, baja la demanda y vuelve el desempleo…. una pescadilla que devora su cola.
      Las huelgas sirven para que los trabajadores le recuerden al gobierno que gobierna para la sociedad que lo ha votado, no para el FMI, los mercados y los grandes capitales y que desaprueba fervorosamente las medidas globalizadoras y neoliberales acatadas a pies juntillas por un gobierno al que se voto por ser socialdemocrata (Partido SOCIALISTA OBRERO Español).
      Como dice Verdú en este artículo tan bien escrito y con ese estilo tan propio, “la economía arruinada y los obreros parados no son el efecto de una calamidad inexplicable. La explicación, sin embargo, tiene su amparo en la pueril simbolización de la catástrofe: la codicia, la avaricia, el pecado consumista y la pérdida del temor de Dios.” Nos alimentan con píldoras que podamos tragar, el símbolo como simplificación de nuestros “males sin remedio”.
      La distancia que nos separa del rito, del sacrificio reparador, es cada vez más pequeña. Nada como una recua de ciudadanos pobres y resignados que miran al cielo.
      Un abrazo, José. Gracias por tus comentarios.

  2. Añadiría que la simbología del desastre se ve en una pancarta de huelga, en un propietario de departamento que renta sus cuartos para pagar el mismo, en los jóvenes treintaañeros que aún viven con sus padres y etc…

    • Nada como una buena cola para comprar pan. Todo llegará. Algunos no conocen otra forma de adquirirlo.
      Un abrazo.

  3. Creo más en la manifestación que en la huelga, pero pronto sabremos para que sirvió esta huelga. Es solo un punto de vista. un abrazo

    • Un punto de vista que comparto, José.
      A lo que ya soporta el trabajador medio de este país se le exige por añadidura que saque la bandera de la protesta y del enfrentamiento en medio de una situación social de trabajo precario y rodeado de parados. Un esfuerzo más, difícil de cumplir salvo en empresas y organismos de una determinada entidad y con representación sindical importante.
      Hoy en día es mejor indicadora la manifestación que se programa, como tú dices, pero volvemos a lo mismo. A las 12 de la mañana lo normal es que se esté trabajando, con lo que al final la representación de las voluntades siempre termina siendo mediocre.
      Gracias, José. Un abrazo, amigo.

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