El héroe del hielo se deshace

 

El capitán Robert Falcon Scott

El capitán Robert Falcon Scott, junto a un trineo en un paisaje helado, en 1911.- CORDON PRESS

 

JACINTO ANTÓN 03/10/2010

Murieron, reza la leyenda, de forma “noble y espléndida” en la torturante pureza de la Antártida, entre el silencio, la soledad y la grandeza de un paisaje sobrecogedor, aceptando, al límite de sus fuerzas, lo desconocido e incognoscible: mártires de los confines y la exploración. El trágico destino del capitán Robert Falcon Scott y su pequeña partida de fracasados conquistadores del Polo Sur (llegó antes Amundsen), muertos en 1912 de congelación, agotamiento y escorbuto en el helado y triste camino de regreso a su base, ha inspirado valor a generaciones y se cuenta entre esos relatos ejemplares que tradicionalmente han servido para convertir a los chicos en hombres -contemos, ea, a los niños cómo muere un inglés- y han animado a estos, a los mayores, a dar lo mejor de sí mismos cuando las circunstancias, la patria o el rey lo requerían. La aventura de Scott es el paradigma de cómo se comporta un gentleman cuando las cosas se ponen difíciles y hay que echar el resto. O lo era.

Cuando el grupo de rescate encontró la tienda cubierta de nieve con los cadáveres de Scott y dos de sus cuatro compañeros -Evans había muerto en el camino y Oates, solidario hasta el sacrificio, se marchó del refugio hacia la eternidad con su célebre frase: “Salgo, tardaré en volver”-, la leyenda estaba servida. Scott, que, se sostenía, habría muerto el último, con hombría y escribiendo conmovedores textos de despedida, se convirtió en un icono de heroísmo, en medio de una ola de emoción, orgullo y patriotismo imperial casi histérica. Pero el tiempo -como lo fue el clima- ha sido cruel con Scott. Y su reputación se ha ido fundiendo inexorablemente como un muñeco de nieve llegado el verano.

Tras medio siglo de hagiografía casi unánime y ciertamente cargante (incluida la película Scott of the Antartic, de 1948, con John Mills), en la estatua ideal del explorador, sublimado por su final, comenzaron a vislumbrarse en los años sesenta fisuras anchas como las grietas del glaciar de Beardmore. Los tiempos cambiaban, llegaba una edad sin héroes y las virtudes de coraje, estoicismo, resistencia y resolución, supuestamente tan inglesas como el críquet o el té, dejaban paso, obsoletas, a nuevos valores. Se abrió la veda para criticar a Scott, y sus defectos y errores comenzaron a salir a la luz. No es que fuera algo nuevo. Ya uno de sus acompañantes en la expedición del Terra Nova, Asley Cherry-Garrard, retrató a Scott como un personaje con sombras. Tímido y reservado, de desmedida susceptibilidad, de temperamento débil, con depresiones que podían durarle semanas, Scott, apuntó Cherry, “lloraba con más facilidad que ningún hombre que he conocido”, no sabía juzgar a los hombres y tenía poco sentido del humor. Cherry añade que era vago. Caray, se dirán, vaya tipo para que te lleve al Polo Sur.

El golpe más demoledor contra el prestigio de Scott -si exceptuamos un gag inolvidable del Monty Python’s Flying Circus- fue la publicación en 1979 de la biografía dual de él y Amundsen pergeñada por Roland Huntford (El último lugar de la Tierra, Península-Altaïr, 2002). Huntford, especialista en la exploración polar y sus figuras, se manifestó entonces como la verdadera némesis de Scott. Su obra es indispensable y su investigación extraordinaria, pero es difícil entender la ojeriza, rayana en lo personal, que le tiene a Scott, al que considera culpable de la muerte de sus compañeros. Para Huntford, que reivindica en cambio al “largamente ignorado Amundsen” y al hoy tan popular Shackleton (el nuevo beau idéal polar), Scott es el ejemplo del declive británico y, sobre todo, un chapucero.

Es indudable que Scott se equivocó en lo de no usar exclusivamente perros y confiar el esfuerzo motor principal de los trineos a ponis y al patético arrastre humano, que le parecía moralmente superior. Y sin duda la pifió al incluir un quinto hombre en la partida del ataque final, lo que significó más peso a desplazar y menos recursos a repartir. Pero a Huntford se le fue la mano al sugerir que Scott logró ser jefe de expedición porque el organizador era gay y lo encontraba atractivo, que forzó a Oates al suicidio y que mientras el explorador moría en la tienda, su mujer se lo montaba con Nansen en un hotel en Berlín (esta última aseveración le costó una demanda del hijo de Scott, Peter, gran ornitólogo, por cierto). Para Huntford, Scott creó conscientemente su propio mito y prefirió la inmolación a regresar derrotado.

Después del libro, los intentos de recomponer plenamente la figura de Scott han sido vanos, pero en los últimos años se había empezado a producir una cierta rehabilitación del personaje. Ahora, sin embargo, Huntford ha vuelto inmisericorde a la carga con un nuevo libro, Race for the South Pole, the expeditions diaries of Scott and Amundsen, que aparecerá en diciembre y que, en su opinión, constituye el clavo final en la tapa del ataúd del mito de Scott. Esos diarios, afirma, dejan meridianamente claro que Amundsen era un profesional y Scott un amateur cantamañanas y un inepto. Huntford dice haber restaurado las partes de los diarios de Scott censuradas por la familia y los albaceas literarios y que muestran al explorador como un tipo aún peor: obsesionado con su reputación y capaz de describir a uno de sus colegas agonizantes como estúpido. El estudioso compara el mito de Scott con el fenómeno Lady Di y opina que si el explorador no hubiera muerto, a su regreso habría sido pronto olvidado.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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