Escena final de Luis Buñuel

 

Luis Buñuel

JOHN SPRINGER COLLECTION / CORBIS | Luis Buñuel (Calanda, Teruel, 1900-Ciudad de México, 1983).

 

ELISEO SUBIELA 09/10/2010

El doctor Roberto Maxwell se sentó en mi cama y me dijo: “¿Sabes que no eres el único cineasta que he atendido?”.

Sorprendido le pregunté quién era el otro.

-Luis Buñuel, me respondió.

Yo llevaba 4 días internado en el Hospital de la Fe, en el bellísimo San Miguel de Allende, Estado de Guanajuato, México.

Había concurrido al Festival Expresión en Corto, como jurado y homenajeado en una edición del festival dedicada a la Argentina, compartiendo bicentenario patrio junto a México. En el vuelo de ida una lesión en una pierna se complicó derivando en una tromboflebitis.

Cuando en el hotel en el que yo estaba alojado me revisó el Dr. Maxwell, me miró y me dijo:

-¿Sabes que te puedes morir de esto, verdad?

-No pienso morirme por ahora doctor. ¿Qué tengo que hacer?

-Junta tus cosas imprescindibles. Te voy a internar.

Lo miré y pensé: “…¿Y este cretino de dónde salió?”.

“De dónde salió”:

En julio de 1984 el Dr. Maxwell era el Jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital ABC de la ciudad de México. Tenía 28 años.

Hacía unos días que el hospital estaba alborotado por la presencia de un paciente ilustre: el director de cine Luis Buñuel. Todos en el hospital deseaban encontrar algún pretexto que les permitiera entrar a la habitación de don Luis, de 83 años, internado con un coma hepático.

El doctor Maxwell comienza el relato.

A tantos años de distancia, su emoción confirma al médico excepcional que es:

-Buñuel llevaba un par de días internado.

Yo sabía quién era, conocía algunas de sus películas.

Ciertamente era una persona a quien admiraba…

La aclaración del Dr. Maxwell dimensiona con más precisión la actitud que asumirá un poco después.

Estando de guardia ese día de finales de julio, la enfermera avisa a gritos: “…El Sr. Buñuel ha caído en paro cardiorrespiratorio…”.

De inmediato el Dr. Maxwell responde gritándole a todo mundo que deben correr al cuarto de Buñuel para hacerle maniobras de reanimación cardiopulmonar.

26 años después, en la semipenumbra de mi cuarto del Hospital de la Fe, en San Miguel de Allende, el doctor Maxwell me conmueve con una confesión:

-Voy a contarte una parte sagrada de mi vida, que me ha marcado en lo personal y profesional…

Lo he platicado con muy poca gente. Por alguna razón quiero contártelo a ti.

Llegamos con el carro rojo, desfibrilador y todos listos para empezar las maniobras de reanimación, y de repente tomé una decisión que desconcertó a todos mis colaboradores:

-No le vamos a hacer nada, dije.

Vamos a dejarlo morir en paz. Está muy grave y si lo sacamos del paro lo tenemos que meter a la unidad de cuidados intensivos, intubado, con un respirador…

Mis compañeros doctores y las enfermeras se me echaron encima:

“¿Cómo que no le va a hacer nada? Es Luis Buñuel, el famoso director de cine mundialmente conocido”.

Trato de imaginar la escena y me estremezco. El doctor Maxwell, con sus 28 años, frente al cuerpo de Luis Buñuel cuyo corazón se ha detenido hace instantes.

El joven doctor siente la mirada de sus colaboradores que lo “perforan” pero no logran hacerle cambiar la decisión.

La continuación de su relato me saca de un pensamiento que a partir de allí me perseguiría durante el resto del viaje: todo lo que me había pasado, empezando por mi caída en una calle de Buenos Aires, había ocurrido para “conducirme” a ese momento, a esa “escena” que el Dr. Maxwell continuó relatando:

-No sé de dónde me llegó la idea de no hacer nada.

Siempre he querido saber de dónde salen este tipo de ideas o de decisiones que tomo, y la única explicación que puedo dar es que es mi guía interior la que me dice qué es lo que tengo que hacer.

Hay veces en que la guía interior dice que tengo que hacer algo y mi mente me dice: “No lo hagas”.

En este caso creo que lo que pasó fue que mi guía interior me dijo que no hiciera nada y mi razón pensó de igual manera.

No me sentí bien por haber dejado morir a alguien a quien yo admiraba mucho por su trabajo en el cine…

Perplejo comento, quizás para “tranquilizarme”, que “dejar morir” en ese caso no significó abandono, sino “permitir morir”.

El hecho es que el joven doctor Maxwell convivió con esa secreta “culpa” dentro suyo, hasta que un año y medio después lee en las páginas finales de Mi último suspiro, el libro de memorias de Luis Buñuel, un párrafo donde el cineasta dice que cuando llegue al final de su vida ojalá se encuentre con un médico que se compadezca de él y lo deje morir en paz, en lugar de pasarlo a una unidad de cuidados intensivos donde lo iban a llenar de catéteres y tubos…

-Sentí un gran alivio cuando leí eso…

-Doctor…, yo me imagino su trabajo en la “última frontera”, peleando con la muerte a brazo partido para arrebatarle a quienes ella quiere llevarse…

-Muchas veces me he preguntado de qué ha dependido a quién le ofrezco maniobras de RCP y a quién no, y no puedo dar una respuesta.

Es un instinto, puede ser un ser superior, no lo sé…

-¿La muerte es su enemigo principal?

-No, la muerte es parte del proceso de la vida, es algo natural, es algo que le va a suceder a todos.

Es lo único seguro que tenemos en esta vida.

Pero no es un enemigo.

Una vez en el hospital una niña, cuando su madre murió, le preguntó a su papá que cuándo su mamá iba a despertar, y el papá le contestó que “la que despertó fue la mamá… Nosotros somos los que estamos soñando”.

-¿Qué lo lleva a “darle la razón” en algunos casos?

-Yo no creo que haya que “darle la razón” a la muerte. Simplemente hay que aceptar que la muerte es parte de esta vida.

En el tipo de medicina en la que me entrené, generalmente los que se mueren están muy graves, y los pacientes que están graves mueren porque sus procesos internos dejan de funcionar.

Lo que sí está en nuestras manos es tratar de evitarles sufrimiento a quienes sabemos van a morir por su diagnóstico.

Debemos tratar de que vivan lo mejor que se pueda hasta que mueran.

La muerte era una visita que llegaba con mucha frecuencia en las guardias.

Era parte de la vida del residente.

Muchas veces era difícil perder a pacientes, y mientras más días duraban en la unidad más difícil era por los sentimientos que se generaban.

La relación con la muerte tenía que ser fría porque si no emocionalmente uno tenía problemas.

-¿Se ha imaginado la muerte con alguna forma “concreta” alguna vez?

-No, nunca me he imaginado a la muerte como un ente o como con alguna forma.

No estoy seguro de que el aura sea la forma y/o el color de la muerte.

Nunca lo había pensado así.

-¿Cómo es eso del aura?

-Voy a hacerte otra confesión:

En parte de mi vida profesional yo solía ver “sombras” alrededor de algunos de los pacientes cuando llegaban al hospital.

Esas sombras eran oscuras, negras. Luego me enteré de que las llamaban “auras”.

Desafortunadamente cuando un paciente llegaba al hospital y en especial a la unidad de cuidados intensivos y lo veía con su “aura” negra invariablemente moría.

Lo que yo no sabía era cuánto tiempo después iba a morir.

Después de un tiempo esto me causaba mucho conflicto, ya que estaba entrenado para salvar vidas.

A pesar de todo lo que hacíamos, los pacientes morían.

El conflicto de alguna manera bloqueó esta posibilidad.

-¿Quiere decir que perdió la capacidad de ver los “auras”?

-No sé si perdí esa capacidad pero la he “bloqueado”.

También he bloqueado otras cosas que me sucedían…

-¿Volvió a vivir un episodio como el de Buñuel?

-No. Me pasó lo contrario.

Tiempo después, cuando terminé la especialidad y estaba trabajando en urgencias, un día llegó un querido amigo mío, un conocido anestesiólogo del hospital y me dijo: Max fíjate que tengo dolor precordial. Por favor, tómame un electrocardiograma.

Lo pase a un cubículo y lo conecté al electrocardiógrafo.

Al estarle tomando su ECG vi que en efecto tenía un infarto en evolución y un segundo más tarde presentó fibrilación ventricular o paro cardiaco.

Grité y solicité ayuda.

Empezamos las maniobras de RCP.

Necesito decirte que a este tipo de pacientes que están en paro, normalmente les doy 30 a 40 minutos de maniobras de reanimación cardiopulmonar porque si les damos más tiempo se corre el peligro de sacar al paciente vivo pero con lesión neurológica importante.

A mi amigo le di… 1 hora con 35 minutos !!!!! y finalmente quedó estable como para subir a la Unidad de Terapia Intermedia.

Al subirlo todos los residentes me dijeron que no podían creer lo que había hecho, darle maniobras más de una hora y media…

Me decían: ¿sabes cuáles son las posibilidades de que el paciente salga vivo pero con daño neurológico? Muchas en fin…

Al cuarto o quinto día el paciente abrió sus ojos.

Al octavo día se pudo retirar del respirador.

Cuando se pudo extubar, todo iba de maravilla, el problema fue que no hablaba…

Claro, pensamos todos, culpa del Dr. Maxwell…

Llevaba unos doce días en el hospital y ya en un cuarto normal.

Desde allí una voz me llamó.

Al abrir la puerta escuché su voz … y me dijo:

-Dr. Maxwell… ¿Quién se cree que es?…

A lo que yo contesté: …¡Maestro!… Ud. habla… ¿Por qué no lo había hecho hasta ahora…?

Y me contestó:

-Porque estaba muy enojado…

-¿Enojado por qué?, le pregunté… Está vivo y sin secuelas neurológicas después de un paro cardiaco de una hora y 35 minutos…

Me dijo:

-En efecto… ¿Y quién le dijo que yo quería regresar?

Yo me quedé frío y no supe qué decir.

Volví mi cabeza para ver a su esposa que estaba igual de incrédula. No podíamos creer lo que oíamos.

Luego me contó que podía ver todo lo que yo le estaba haciendo, pero que no había manera de comunicarse conmigo para decirme que lo dejara en paz.

Con don Luis me sentí mal hasta que leí su libro.

Con el doctor “reanimado” también me sentí confundido…

Sin embargo, si volviera a pasar, haría lo mismo en los dos casos.

Agosto de 2010.
Eliseo Subiela (Buenos Aires, 1944) es director de cine. Su última película, Rehén de ilusiones, se estrenará en Argentina en 2011. http://www.eliseosubiela.com.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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