John Lennon en el armario

DAVID BOWIE AND JOHN LENNON Singing Fame Live 1975

DIEGO A. MANRIQUE 11/10/2010

Aquel universitario estaba haciendo su tesina sobre la crítica musical en España. Desgranaba su cuestionario, grababa y escuchaba circunspecto. Hasta que llegó la pregunta tópica: “¿A quién le gustaría haber entrevistado?”. Ante mi respuesta, manifestó cierto fastidio: “John Lennon… todos dicen lo mismo”.

Un momento, un momento. Olvidemos Imagine. En 10 años, John recorrió el abanico de posibilidades generacionales. El renegar de los Beatles, la radicalización política, las drogas, los desmadres y vuelta a la monogamia. ¡De líder contracultural a Howard Hughes del rock! Sospecho que aceptó íntimamente que nada de lo que hiciera en solitario alcanzaría el impacto de los Beatles, así que lo compensaba con el plus de sinceridad. Quizá tenía pocos recursos musicales pero poseía la capacidad de comunicación, que finalmente es la clave del rock. Todo esto ocurrió durante los setenta. ¿Quién da más?

Y murió mártir, no víctima de una sobredosis o un suicidio. Además, a pesar de docenas de libros y documentales, todavía es un personaje en construcción, incomprendido o caricaturizado. Quedó dañado por el malévolo torpedo de Albert Goldman, Las vidas de John Lennon. Al otro extremo, la albacea de su herencia se empeña en edulcorar la imagen pública del difunto: asombra que Yoko retirara su aprobación a la valiosa biografía de Philip Norman por unos cotilleos sexuales -en realidad, especulaciones- de mínima importancia.

La viuda mantiene la versión canónica de la última década de John. Estos días, aprovechando un par de aniversarios redondos, vuelve a empaquetar la música del ex Beatle: un CD de éxitos (Power to the people: the hits), una caja de cuatro discos ordenados temáticamente (Gimme some truth) y una “integral” con 11 CD (John Lennon signature box).

Ninguna objeción: es legítimo e incluso necesario. Cierto que incluso esa última caja deja mucho material fuera. Se evitan los discos experimentales (Two virgins, Life with the lions, Wedding album) o el salvaje directo de la Plastic Ono Band (Live peace in Toronto 1969). Yoko parece relegar la actividad vanguardista a la categoría de “locuras de juventud”. Que conste que ha tenido alguna iniciativa ingeniosa, como el recopilatorio Acoustic (2004), que facilitaba la interpretación desenchufada del repertorio lennoniano al incluir letras y acordes para guitarra. Sin embargo, sigue hurtándonos una visión completa del John de carne y hueso.

Parecería que Ono intenta borrar el dato de que Lennon fue miembro activo de la comunidad del rock a principios de los sesenta. Aparte de patrocinar a freaks neoyorquinos tipo David Peel o Elephant’s Memory, gustaba de colaborar con famosos amigos. Compuso, tocó, cantó o produjo para Nilsson, Ringo, Elton John y David Bowie. Puede que queden otros cabos sueltos: Mick Jagger recuperó en su The very best una respetable colaboración con John de 1973, Too many cooks (spoil the soup).

Solo el empeño en reducirle a un alma perdida en busca de redención puede explicar que no haya una antología discográfica de esas aventuras, que le muestran abierto, divertido y productivo. De las tres ocasiones en que John llegó al número uno en su país adoptivo, durante los setenta, solo una corresponde a un disco propio: Whatever gets you thru the night (1974). Las otras fueron reuniones con Elton (la versión de Lucy in the sky with diamonds, 1974) y Bowie (Fame, 1974).

También nos falta la faceta más lúdica de las cintas caseras de John. La crónica oficial le sitúa, tras 1976, retirado del rock y reconvertido en “amo de casa”. Pura propaganda feminista: los Lennon contaban con abundante ayuda doméstica y John nunca dejó de grabar.

Las home recordings publicadas son generalmente maquetas de las canciones que saldrían a partir de Double fantasy, pero resulta que también usaba el magnetófono para fijar sus orígenes: registró gamberradas y temas de Chuck Berry, Everly Brothers o Lonnie Donegan, a veces con caja de ritmos. Mantenía afiladas las garras: impresiona Serve yourself, su reacción ante el Dylan fundamentalista. Hasta en su supuesta época de recluso, entre las paredes del edificio Dakota, John seguía haciendo música por placer. Era un rockero en el armario.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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  1. Hola Joselu. He leido y me quedo con dos pildoras del final: “Mantenía afiladas las garras”, que me encantó y “era un rockero de armario” un cierre de primera, por eso se fue de título. Ambas son muy expresivas. Un abrazo.

    • Gracias, Ana. Me llamó la atención la forma en que los “intereses” moldean el recuerdo que nos va quedando de ciertos artistas, enfatizando unos aspectos y borrando otros. Curioso ¿no?.
      Un abrazo.

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