El genial naufragio de Val del Omar

Val Del Omar – Aguaespejo granadino [fragmento 1de4]

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS – Madrid – 05/10/2010

Inventor, cineasta, artista, poeta, visionario… ninguna etiqueta basta para definir a José Val del Omar (Granada, 1904-Madrid, 1982), figura única de la historia del cine y de las vanguardias españolas que murió en el olvido rodeado de sus inventos, sus cámaras, sus máquinas y sus latas llenas del cine más audaz, raro y misterioso que pueda imaginarse. Aquel cine, aquel feroz intento de modernidad en una España demasiado alejada de cualquier avanzadilla estética, se puede descubrir ahora en la exposición que le dedica el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía: desbordamiento de Val del Omar, viaje único a lomos de un náufrago, un recorrido por la obra y la vida (esta vez, como tantas, inseparable) de un hombre con algo de genio loco, de chamán místico o de Dr. Frankenstein.

En la muestra que ahora abre sus puertas, y que permanecerá hasta el 28 de febrero del próximo año, emerge no solo el cine de Val del Omar sino la construcción de ese cine, el proceso creativo (“Soy una criatura enamorada de la creación, que vibra entre la teoría y la práctica”) y el lugar de ese rito creativo: el laboratorio.

José Val del Omar (Granada, 1904-Madrid, 1982) posiblemente en el laboratorio de la Escuela Oficial de Cine de Madrid (1960)

Con la fuerza de un barco fantasma emerge el espacio físico donde Val del Omar se encerró durante años para dar luz y movimiento a sus ideas. Trasladado pieza a pieza desde su casa del norte de Madrid (lentes, filtros, polarizadores, láseres, pantallas, grabadoras, hasta la caja de un infantil cine Exin…), el laboratorio PLAT (tientos en Picto Lumínica Audio Táctil) es, como explica el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, una pieza de arte en sí misma. “Y por eso queremos quedárnosla. Es una maravilla”, dice señalando los dispositivos ópticos y mecánicos de un lugar desde el que es fácil imaginar porqué la historia de Val del Omar es la de un genial naufragio. “Tenía poca relación con el resto del mundo porque sencillamente quería hacer lo que le daba la gana. Era un tipo antisocial, un guerrillero de sí mismo, un hombre sin profesión porque su profesión era él”, recordaba ayer Gonzalo Sáenz de Buruaga, su yerno y uno de los especialistas en su obra. “Era un individualista y eso se paga. Hay que estar en una tribu para que se hable de uno, y él era un naufrago que solo creía en sí mismo. Eligió vivir así”.

Ahondando en la imagen del inevitable fracaso escribe Víctor Erice en uno de los textos que acompañan a esta exposición: “Se naufraga siempre, dice una voz razonable…”: así se expresó Val del Omar en Aguaespejo granadino, dejando entrever una idea de destino que se relaciona no solo con el sentimiento de pérdida que le acompañó en tantas etapas de su actividad profesional sino también con algunos de los términos más íntimos de su propia poética, aquellos que brotan de su visión del cine como un fenómeno espiritual único, siempre sometido a la dura prueba de la realidad. De ahí el carácter extraordinario, ejemplar, de su experiencia; de ahí, igualmente, su drama como artista. ¿Contradicción eterna entre materia y espíritu? Su aventura más bien, de la que el cine -arte e industria- constituye uno de sus más precisos ejemplos.

Los tres cortometrajes del Tríptico Elemental de España, la obra más conocida de Val del Omar, rodados entre 1953 y mediados de los sesenta, clausuran una exposición que arranca en el anonimato de Las misiones Pedagógicas para cerrarse con el “Sin Fin” -y no el “Fin”- del fundido en negro de sus películas. Val del Omar llama a la puerta de los sentidos con su poética para mostrar un país que latía a ritmo de flamenco seco, imágenes religiosas de agua y fuego. El cine al servicio del delirio artístico de un hombre que escribió: “Yo soy un río cuya alegría es derramarse” o, tocado por un instinto más trágico, “Vinimos por el agua -nos hicieron barro. El fuego de la vida nos va secando”.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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