Cooperativas de consumo

Ilustración de Miguel Ordóñez

JOAQUIM SEMPERE

Profesor de Teoría Sociológica y Sociología Medioambiental de la Universidad de Barcelona

En 2010 se han contabilizado en Catalunya más de 90 cooperativas de consumo agroecológico que agrupan a unas 2.880 “unidades de consumo” (léase familias), que pueden suponer más de 6.000 personas.
El fenómeno es relativamente nuevo. Diez años atrás, apenas existían una decena de organizaciones de este tipo. Se trata de cooperativas de consumidores agrupados para proveerse de fruta, hortalizas, huevos y productos lácteos ecológicos, asociados con cooperativas de campesinos que practican este tipo de agricultura. Buscan alimentos más saludables esquivando los circuitos comerciales elitistas (donde los productos ecológicos son muy caros), pero también un camino alternativo para conectar productores y consumidores sobre bases solidarias fuera de la lógica del mercado –un mercado, por otra parte, cada vez más controlado por unos pocos grupos capitalistas que reproducen y consolidan todos los inconvenientes de una agricultura industrializada, deslocalizada y altamente contaminante que, además, estruja al productor y socava cada vez más la viabilidad de una agricultura familiar y de proximidad–.
La asociación de productores y consumidores, al evitar los altos beneficios de los intermediarios, permite proporcionar alimentos ecológicos a precios más asequibles –aunque, pese a ello, más caros que los convencionales–. En esta asociación, los productores ecológicos, que deben afrontar toda clase de dificultades y carecen de ayudas sustanciales en España (con excepciones como Andalucía), hallan en los consumidores asociados con ellos una garantía de venta para su producción. Las modalidades de compraventa son variadas. Unas organizaciones funcionan con la “cesta semanal” que contiene productos de temporada no encargados previamente. En otras, los socios cooperativistas pueden elegir cada semana (o con la periodicidad que elijan) lo que deseen de entre las producciones ofertadas: la relación puede estar informatizada, lo cual da una gran flexibilidad a la relación entre vendedor y comprador. La intermediación –recopilar los encargos, transmitirlos, transportar los productos y repartirlos en cestas familiares hasta los puntos de venta final– se suele hacer con personal total o parcialmente voluntario. Como puede verse, es un estilo de compra muy distinto del que estamos acostumbrados.
Uno de sus fundamentos es el conocimiento mutuo y la confianza personal entre productores y consumidores. El consumidor puede informarse directamente sobre cómo trabaja el productor. En la red de consumidores más numerosa de la ciudad de Barcelona, que agrupa a unas 300 unidades de consumo, cada año tiene lugar una visita de los socios a la cooperativa agraria que proporciona la mayoría de los productos, durante la que se visita la finca y se hace una comida de hermandad. Durante el resto del año, las cooperativas tienen una vida social más o menos intensa para discutir y organizar las tareas, pero también para otras actividades informativas y formativas.
Los elementos de mutualismo y de economía solidaria pueden adoptar otras formas. El grupo de cooperativas Germinal, por ejemplo, tiene un Fondo Común Solidario con el que financió a su proveedor de pan unas reformas en su establecimiento; el préstamo fue retornado gradualmente.
Estas relaciones de reciprocidad basadas en conocerse, confiar unos en otros y compartir un proyecto común son ya en sí mismas un embrión de socialidad alternativa al individualismo imperante, y también una alternativa al mercado puro y duro, el mercado anónimo e impersonal. En este mercado, la gente no tiene por qué conocerse ni confiar unos en otros. La compraventa convencional es una pantalla negra que oculta todo lo que hay detrás de cada mercancía: cuando comparamos calidad y precio en unos vaqueros o en un teléfono móvil, ¿qué podemos saber de la explotación infantil, del trabajo esclavo o de los impactos ambientales que pueden estar tras esos productos?
Por esto, establecer redes de reciprocidad que aproximen producción y consumo, trabajadores y usuarios, es una acción poco menos que subversiva. Esas cooperativas de consumo son algo más que una vía para comer
sano. Son eso que el sociólogo norteamericano Eric Olin Wright llama “transformaciones intersticiales”, consistentes en construir “nuevas formas de poder social en los nichos, espacios y márgenes de la sociedad capitalista, a menudo allí donde no parecen plantear una amenaza inmediata para las clases y élites dominantes”. Y advierte a los críticos radicales del capitalismo que las menosprecian de que “acumulativamente, en la vida de la gente, tales transformaciones pueden suponer no sólo una diferencia real en su vida, sino, al menos potencialmente, un componente clave de la ampliación del ámbito transformador del poder social en el conjunto de la sociedad”.
Basta imaginar una situación de escasez de petróleo que ponga en crisis los suministros de todo tipo y revele la fragilidad del actual modelo agroalimentario para darse cuenta de que las cooperativas de consumo, aunque hoy son una gota en el mar, pueden resultar el embrión de una estructura alternativa. No menospreciemos la acción intersticial, sobre todo si se funda en previsiones razonables sobre las crisis que nos amenazan y aporta soluciones operativas en el corto plazo.

Joaquim Sempere es

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