Archive for the ‘ Ecología ’ Category

Menos es más./ (A modo de despedida…)

Up, de Pete Docter

JENNY MOIX 05/09/2010

Aligerar nuestra vida de objetos inútiles nos hará ganar espacio, tiempo y felicidad. No deberíamos ser esclavos de los artículos, ni comprar productos que no son necesarios.

De tanto en tanto, la prensa nos inquieta con el descubrimiento de alguna vivienda donde los ocupantes, generalmente personas mayores, han convivido con una cantidad ingente de objetos inservibles, cachivaches, periódicos acumulados, basura… Son personas afectadas por el síndrome de Diógenes. Son los casos más conocidos, pero los menos típicos. La mayoría de las personas se limitan solamente a acumular objetos que no utilizan. Por ello, los expertos prefieren emplear el término de “acumuladores compulsivos”.

Las patologías suelen ser exageraciones de comportamientos “normales”. Siempre hay algo en ellas donde el resto nos sentimos identificados. ¿Cuántos objetos hay en nuestra casa que nunca utilizamos? Tenemos muchos por si acasos. “Este vestido que no me puedo abrochar no lo tiro, por si acaso adelgazo”; “la vieja tostadora no la reciclo, por si acaso la nueva un día se estropea”; “conservo este papel tan bonito por si acaso un día lo necesito para envolver un regalo”…

Al final, utilizamos muy pocos objetos para ese hipotético futuro. Lo más ridículo de nuestro comportamiento por si acaso es que a veces llega el día en que realmente ese trasto nos puede ser útil, ¡pero no nos acordamos que lo tenemos! porque está escondido entre miles de bártulos. Entre ellos, algunos pertenecen a la categoría de recuerdos significativos que queremos que nos acompañen el resto de nuestras vidas. Ejemplo: las facturas de la luz del año en el que nos casamos. No es que sean muy románticas, pero si las encontramos en un cajón, nuestro corazón puede resistirse a tirarlas porque, de alguna manera, forman parte de nuestra vida.

Lo que acumulamos en casa es un retrato de nuestro estado emocional. Las personas que han pasado hambre tienen tendencia a guardar alimentos por si vuelven a vivir algo parecido. Guardar de forma exagerada pensando en el futuro puede indicar un cierto miedo difuso a lo que vendrá. Vivir rodeados principalmente de recuerdos del pasado puede surgir de una nostalgia muy profunda que nos impide disfrutar del presente.

El estado de nuestra casa refleja nuestro estado emocional. Hay personas que al pasar por una época de confusión ordenan sus hogares. Al hacerlo, ordenan sus ideas porque durante ese proceso deben tomar decisiones. Si tiramos ese vestido que hace años que no nos entra, estamos aceptando nuestro peso. Si para dejar espacio nos desprendemos de esa colección de revistas que tanto nos costó completar, estamos cerrando una carpeta para abrir otra nueva.

Hay personas que no se atreven con algunos cajones, ni los abren. Es como aquellos que tienen fobia a los ascensores, la terapia implica subirse a uno. Para algunas personas, arreglar un cajón puede ser tan terapéutico como para otras subirse a un ascensor. No podemos consentir que ningún cajón se resista.

Quejarnos por falta de espacio en nuestras viviendas es común. Desprendernos de trastos es una ganancia que a la mayoría nos irá bien. Ganaremos espacio y tiempo. Muchos de mis pacientes con dolor crónico, sobre todo mujeres, me cuentan que, como limpiar les aumenta el dolor, han decidido despejar las estanterías de adornos y quedarse con unos pocos. Sabia conclusión. No podemos ser esclavos de los ornamentos de nuestro hogar.

Desprendernos de los trastos inútiles

“El hombre más rico del mundo es aquel que puede renunciar a la mayoría de las cosas” (Rabindranath Tagore)

Randy Frost, psicólogo especialista en “acumuladores compulsivos”, descubrió cómo estas personas suelen ser “hipersentimentales” en relación con sus bienes. Cada botón usado, cada bolígrafo vacío se siente como parte de la propia persona, de la propia historia. Tanto significado emocional poseen los objetos para ellos que se sienten imposibilitados para tirarlos.

A los que no sufrimos esta patología también nos cuesta tirar, porque un cachivache, para nosotros, es algo más. Por eso es útil pedir ayuda a algún amigo que nos haga ver que ese chirimbolo es inútil. Lo hizo Maruja Torres y compartió la experiencia en las páginas de este dominical: “Es lo que me dijo mi amigo N. cuando estuvo en casa ayudándome a desprenderme de lastre. –Nada como un cúter… Así que me senté a su lado y destruí parte de mis recuerdos, manías y agobios”.

Tirar no es fácil porque tenemos que luchar con la ligazón emocional y enfrentarnos a nuestras tendencias más ancestrales. Acaparar es innato a la evolución humana. Nuestra supervivencia como especie se ha visto muy ligada a nuestra capacidad de conservar alimentos. Los neurólogos John Blundell y Jac Herberg demostraron que el instinto de acumulación se origina en las zonas cerebrales subcorticales, filogenéticamente más antiguas. Para desprendernos de objetos existen recursos mentales que nos ayudan. Una amiga me comentaba que cuando ponía orden a su armario, era tajante. Si una prenda de ropa no se la había puesto en dos temporadas, se deshacía de ella.

Trasladarse de vivienda suele ser la mejor oportunidad para hacer limpieza a fondo porque normalmente los criterios para tirar suelen ser más rotundos. No vamos a envolver algo, transportarlo, desenvolverlo y guardarlo de nuevo si realmente pensamos que no nos va a servir para nada. Otro recurso mental puede consistir en pensar que eso que para nosotros es un libro ya leído, un pantalón que no nos ponemos nunca, un juguete con el que nuestros hijos ya no tienen edad para jugar, puede alegrar a otras personas.

No adquirir objetos que no necesitamos

“Cuán numerosas son sin embargo las cosas que no necesito” (Sócrates, de paso por el mercado de Atenas)

No sirve desprendernos de objetos si al mismo tiempo adquirimos otros. Desgraciadamente, estamos programados para comprar. Pensamos que lo que está en el escaparate va a aumentar nuestra felicidad. Luego comprobamos que no, pero seguimos comprando empujados por esa sensación. El placer no se encuentra en el producto, sino en la misma conducta. Algunos estudios demuestran cómo se iluminan las áreas cerebrales ligadas a los circuitos de recompensa cuando vemos los objetos que compraremos.

Los casos más extremos son los compradores compulsivos, que adquieren constantemente cualquier tipo de artículo que no suelen ni estrenar y acaban arruinados. Se calcula que en España son unas 400.000 personas, mayoritariamente mujeres. Los que no somos compradores compulsivos podemos sentirnos identificados. Antes de quedarnos con algo, deberíamos preguntarnos: ¿realmente es necesario? ¿Cuánto espacio ocupará? ¿Supondrá tiempo su mantenimiento?

Otra pregunta indispensable es: ¿lo necesitamos o lo queremos para AHORA? Vemos un libro que nos parece interesante y lo compramos, pero resulta que ya hemos adquirido muchos de esta forma y lo ponemos encima del montón para que espere su turno. No obstante, llega el verano, y esos libros que hemos acaparado durante el invierno no nos apetece leerlos, así que compramos otro que en este momento nos atrae más. Conclusión: los libros no desaparecen de las librerías, así que mejor ir comprándolos a medida que los leemos. Y eso lo podemos aplicar a todo. Como los productos electrónicos.

Estamos en una sociedad en la que, aunque no compremos, los objetos se nos pueden acumular igual. Resulta que los tarros del yogur vienen decorados de tal forma que nos da no sé qué tirarlos, la caja del regalo es tan bonita como el propio obsequio, el jabón del hotel nos resulta imposible no llevárnoslo… Pensemos que todo lo que acopiamos lo vamos metiendo en una especie de mochila imaginaria y quizá el peso que sintamos nos disuada de nuestro comportamiento recolector. Descarguemos todo lo que podamos nuestra mochila, soltemos lastre y nos sentiremos más livianos.

saber vivir

Saber vivir con poco

1. PELÍCULAS

Up, de Pete Docter.

Up in the air, de Jason Reitman.

2. LIBROS

Menos es más… Disfrútalo, de Michael Simperl. Urano, 2006.

Un ejemplo de sabiduría

Cuentan que un viajero fue a visitar a un sabio maestro. Su humilde morada se encontraba prácticamente vacía, solamente tenía una cama, un cuenco para la comida y poco más. El visitante observó sorprendido esa austeridad y le preguntó: “¿Cómo es que vive con tan poco?”. A lo cual el sabio respondió: “Tú también vas con una mochila muy pequeña”. Ante estas palabras, el viajero alegó: “Pero es que yo solo estoy de paso, estoy viajando”, a lo cual el maestro añadió: “Yo también”.

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

“Nuestros nietos pagarán la factura de nuestra orgía consumista”

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman es autor de ensayos de éxito como Miedo líquido'.ROBERTO TUÑÓN

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman es autor de ensayos de éxito como Miedo líquido'.ROBERTO TUÑÓN

JAVIER G. CASO OVIEDO 21/10/2010Modernidad líquida. Esa es la exitosa metáfora utilizada por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (Pozman, 1925) para describir una época marcada por la desintegración de los lazos sociales que vertebraron las sociedades occidentales durante la segunda mitad del siglo XX. Bauman, que comparte junto a su homólogo francés Alain Touraine el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, ha explicado en libros como Vida líquida (Paidós) y Miedo líquido (Paidós) cómo la globalización económica y la extensión del libre mercado ha afectado tanto a las relaciones laborales como a las sentimentales. La precariedad y la incertidumbre lo envuelven todo. Una situación de crisis social previa a la crisis financiera que estalló hace ahora tres años.

¿Tiene futuro el tradicional modelo de bienestar europeo en el actual mundo globalizado?

No me gusta hablar de Estado del bienestar. Es un término confuso que tiene que ver solamente con la redistribución de la riqueza. Yo lo llamaría un Estado social que tiene dos privilegios: el deber de garantizar que todos los ciudadanos tienen la posibilidad de protegerse ante la desgracia. Y que la calidad de la sociedad no se mide por una fuerza media, sino por una debilidad media, es decir, la media de los débiles. Esta idea surgió a partir de los gloriosos años treinta del pasado siglo y está implantada en el concepto de Estado-nación. Pero ahora estamos en la era de la globalización. Y se duda de que el Estado social sea sostenible, al menos en una nación independiente. La única forma de preservar lo social es trasladarlo a la escala global. Sigue leyendo

La libido del puente y la pasarela

Salginatobel Bridge

El puente de Salginatobel en Suiza de Rober Maillart en 1930

VICENTE VERDÚ 21/10/2010

“El puente no solo conecta orillas que ya están allí. Las orillas emergen como orillas solo cuando el puente cruza la corriente”. Esta sentencia de Heidegger podría ser el emblema de todo el libro de Javier Manterola sobre la estética de la ingeniería en presas o puentes que están cambiando la vida del mundo, y su vista también.

Javier Manterola, el ingeniero español que más puentes significativos ha diseñado en las últimas décadas, ha publicado La obra de ingeniería como obra de arte (Laetoli / F. Arquitectura y Sociedad) y con él se abren los ojos al automovilista o al viajero del AVE para degustar las gigantescas construcciones civiles de los últimos tiempos. ¿Un atentado contra la naturaleza?

Lo más atractivo de este libro ilustrado viene a ser la comprobación del excitante efecto que una buena construcción humana inculca en su entorno. Puentes o presas abovedadas como impensadas esculturas encajadas amorosamente en el lugar idóneo. Ondulaciones y curvaturas de hormigón y acero en las que se percibe tanto la libido del lápiz como la habilidad del cerebro y a una escala que deja pequeño al land art y hasta lo descalifica. Sigue leyendo

Cooperativas de consumo

Ilustración de Miguel Ordóñez

JOAQUIM SEMPERE

Profesor de Teoría Sociológica y Sociología Medioambiental de la Universidad de Barcelona

En 2010 se han contabilizado en Catalunya más de 90 cooperativas de consumo agroecológico que agrupan a unas 2.880 “unidades de consumo” (léase familias), que pueden suponer más de 6.000 personas.
El fenómeno es relativamente nuevo. Diez años atrás, apenas existían una decena de organizaciones de este tipo. Se trata de cooperativas de consumidores agrupados para proveerse de fruta, hortalizas, huevos y productos lácteos ecológicos, asociados con cooperativas de campesinos que practican este tipo de agricultura. Buscan alimentos más saludables esquivando los circuitos comerciales elitistas (donde los productos ecológicos son muy caros), pero también un camino alternativo para conectar productores y consumidores sobre bases solidarias fuera de la lógica del mercado –un mercado, por otra parte, cada vez más controlado por unos pocos grupos capitalistas que reproducen y consolidan todos los inconvenientes de una agricultura industrializada, deslocalizada y altamente contaminante que, además, estruja al productor y socava cada vez más la viabilidad de una agricultura familiar y de proximidad–.
La asociación de productores y consumidores, al evitar los altos beneficios de los intermediarios, permite proporcionar alimentos ecológicos a precios más asequibles –aunque, pese a ello, más caros que los convencionales–. Sigue leyendo

El calentamiento abre la ruta marítima del Ártico

JACOB PETRUS MADRID 18/10/2010

Desde el siglo XV, Europa ha buscado una ruta marítima que acorte el viaje a Asia. Las opciones se resumen en el pasaje del Noreste, bordeando las costas de Siberia, y el pasaje del Noroeste, que circula paralelo a las costas de Canadá y Alaska. Cualquiera de las dos opciones supone adentrarse en las aguas del océano Glacial Ártico, donde las condiciones meteorológicas dificultan enormemente el viaje y donde el hielo cierra estos dos pasos durante buena parte del año.

Estas dificultades pueden estar desapareciendo gracias al calentamiento global de la Tierra. El deshielo que se produce en el Ártico en verano es cada vez mayor y, tal y como han mostrado las imágenes de satélite de este año 2010, ha facilitado que se encuentren abiertos los dos pasajes por primera vez. Sigue leyendo

Gérmenes

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 08/10/2010

Hasta ahora, existía una conexión evidente entre dos actividades humanas tan aparentemente alejadas la una de la otra como la agricultura y la informática: la incertidumbre. Encender un ordenador y sembrar una cosecha no son actividades tan distintas como pareciera: el agricultor nunca sabe si habrá sequía, lloverá a destiempo o helará. Pero el usuario informático tampoco las tiene todas consigo ya que los ordenadores se cuelgan o ralentizan sin motivo aparente. Por eso, sembrar una cosecha conlleva los mismos interrogantes sobre el futuro que encender el Windows e ir a la máquina de café: nunca sabes lo que habrá ocurrido cuando vuelvas.

Ironías aparte, la segunda conexión que está apareciendo entre la agricultura y la informática no tiene que ver con riesgos e incertidumbres sino directamente con graves amenazas. Sigue leyendo

El visionario razonable

RIBA LIBRARY PHOTOGRAPHS COLLECTION | Buckminster Fuller (1895-1983), fotografiado en su despacho de la Universidad de Illinois en 1967.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 25/09/2010

Según su hija Allegra, Buckminster Fuller consideraba el barco de vela una de las invenciones más extraordinarias del ser humano. Propulsado sólo por el viento, un barco de vela se mueve sobre el agua siguiendo un rumbo preciso y transportando pasajeros y carga sin daño para el medio ambiente, sin dejar huella de su paso. Para él la belleza de las cosas se medía por la proporción entre el esfuerzo y los medios invertidos en hacer algo y su eficacia práctica. En un mundo de recursos limitados y necesidades abrumadoras, el desperdicio es un delito: en el proceso de su construcción y en el resultado final un velero era para Buckminster Fuller el ejemplo máximo de diseño racional y sostenible. “No luches contra las fuerzas adversas, úsalas”, dice uno de sus aforismos: la forma y el material de la vela y la destreza del piloto ponen al viento al servicio del velero, que no deja manchas de gasolina ni trastorna a los peces con el sonido de su motor, y que aprovecha lo mismo las corrientes del aire que las del agua. Buckminster Fuller quería inventar casas y vehículos que tuvieran una liviana eficiencia de barcos de vela, que alcanzaran el máximo de estabilidad con el mínimo de peso, y se impacientaba con los arquitectos, empeñados en usar materiales y técnicas muy anteriores a los adelantos tecnológicos del siglo XX, entretenidos en minucias decorativas que a su juicio carecían por completo de importancia, obedientes a la inercia de la gravedad. Cuando era ya muy viejo, pero todavía asombrosamente activo, le presentaron a Norman Foster y la pregunta que le hizo nada más saludarlo se ha vuelto legendaria:-¿Cuánto pesa su edificio, Mr. Foster? Sigue leyendo