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Arthur Penn, el cineasta oportuno

AP | Arthur Penn, en 1985, durante el rodaje de Target, agente doble en Berlín.

GREGORIO BELINCHÓN 30/09/2010

Arthur Penn puede que no fuera el cineasta más talentoso de su generación, y desde luego no tuvo tanta suerte como otros, pero estuvo en el sitio adecuado olisqueando el espíritu de la época. Supo llevar la violencia y la protesta generacional a la pantalla en un momento en que el viejo Hollywood se oponía con uñas y dientes al cambio. Y él mismo fue ahogado por la siguiente ola, la que cabalgaban Spielberg y Lucas y que se llevó por delante a los creadores de finales de los sesenta. El martes, el director falleció en su casa de Manhattan por problemas cardiacos y rodeado de su familia, justo un día después de haber cumplido los 88 años.

Arthur Penn nació en 1922 en Filadelfia en una familia descendiente de rusos judíos. Cuando se divorciaron sus padres, Arthur y su hermano mayor, Irving, que sería uno de los más reputados fotógrafos del siglo XX, se mudaron con su madre a Nueva York. De vuelta a Filadelfia con su padre, empezó a ir a clases de teatro hasta que entró en el Ejército en 1943: en el campamento, en Carolina del Norte, organizó una compañía teatral y repitió experiencia en París. A la vuelta de la guerra se enganchó al método, el sistema de interpretación basado en las enseñanzas de Stanislavski (más tarde lo repudió) y dejó la actuación para abrazar la dirección. Sigue leyendo

Poética de la mirada

COLECCIÓN PRIVADA / ESTATE OF HELEN LEVITT | Nueva York, ca. 1942, de Helen Levitt.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 17/07/2010

I am a camera”, dice Christopher Isherwood al principio de su Goodbye to Berlin: soy una cámara, una mirada y no una conciencia, soy una pura voluntad de observar y dejar testimonio de lo que el azar me va poniendo por delante. En el caso de Isherwood, un patio interior en una casa de vecinos, en un barrio popular de Berlín en 1930. La mirada reducida a la condición de lente fotográfica ve en una ventana un hombre que se afeita y en la otra una mujer con un kimono lavándose el pelo. Si en vez de un escritor hubiera sido un fotógrafo, Isherwood nos habría legado el retrato de esa mujer anónima y tal vez atractiva tomado furtivamente con una Leica, el del hombre ensimismado en la operación de afeitarse, la liturgia inmovilizada del cuenco de agua caliente con jabón y la cara en el espejo, la navaja detenida en el aire o habiendo despejado ya un espacio de piel limpia y lisa contra el blanco de la espuma. Decir “soy una cámara” en 1930 era declarar un propósito literario y estar al tanto de un avance técnico: gracias a la novedad de la pequeña Leica, inventada en 1925, la fotografía podía convertirse en un arte ambulante y liviano, libre de trípodes aparatosos y lentos mecanismos, un solo gesto veloz que atrapaba algo en un instante sin ser advertido, visto y no visto. Sigue leyendo