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La seducción de una luz fácil de entender

Claude Monet posa junto a una obra de su serie Ninfas'.

Claude Monet posa junto a una obra de su serie Ninfas'.

PEIO H. RIAÑO MADRID 27/09/2010
La semana pasada fue Monet; esta, Gauguin; en breve, los jardines en los que se retiraban a pintar y, al poco, Renoir. La pasada temporada estuvieron en la Fundación Mapfre (Impresionismo. El nuevo Renacimiento), en El Prado (Sorolla) y en el Museo Thyssen (Matisse), y fueron las exposiciones más vistas del año. El impresionismo es la única moda que se repite anualmente, un fenómeno eterno para el que siempre hay una nueva mirada con la que montar una exposición que bata un nuevo récord y alegre las cifras de cualquier museo.

“Todo se puede banalizar, es cierto, pero la pintura impresionista como objeto de estudio y exposición es inagotable. Otra cosa es que se piense que la mayor virtud de un artista radica en desbordar cifras de visitantes o en que lleve su nombre un aeropuerto”, asegura convencido Javier Arnaldo, conservador para investigación y extensión educativa del Museo Thyssen-Bornemisza.

El movimiento que puso punto final a la pintura de academia y arrancó los primeros gestos de la modernidad, que se fijó en temas mundanos y se olvidó de la pompa del retrato de salón, que se preocupó por el reflejo inmediato de la realidad más alegre, que convierte a la naturaleza en la gran protagonista de sus temas, que rechaza la mitología y se recrea en el pequeño instante de los efectos atmosféricos ese movimiento ha terminado por comerse al resto entre el gusto del gran público. Sigue leyendo

Veranos de lectura

'Niño leyendo tebeos en una calle de Nueva York', del 12 de octubre de 1944. (Foto: André Kertész)

ESTRELLA DE DIEGO 14/08/2010

Pasear por las salas de las civilizaciones extinguidas de un museo es leer un libro de misterio: relatos inesperados, protagonistas legendarios… Aunque los museos son ahora tan populares que los visitantes se agolpan entre los ajuares mesopotámicos y los sarcófagos egipcios -hasta se apoyan en ellos para hacerse la foto- o comen un sándwich en la gran rotonda presidida por Asurbanipal. En medio de ese ruido, las historias intensas que vienen de otro tiempo dejan de oírse: la lectura necesita sosiego.

Lo encuentra no muy lejos, en la cafetería. Allí, un joven de apenas trece años lee ensimismado un libro que apoya sobre la mesa. No consigo descifrar el autor ni el título: da lo mismo. A esa edad se lee todo que cae en las manos porque sobra la curiosidad y el tiempo corre lento -“trece años aún”, ha pensado quizás con fastidio esa misma mañana al levantarse y recordar la obligada visita al museo.

Sentada frente a él, su madre -debe de serlo, pues comparten el idéntico perfil elegante- se concentra en la taza de té: no le interrumpe. Ha debido de arrastrarle hasta las salas, pienso de pronto, en medio de su lectura de verano que, como ocurre en la adolescencia, atrapa igual que las urgencias del amor: no es posible dejar de leer. Sigue leyendo