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Lecturas en corto y ruido en la Red

Foto: Juan García Gálvez

ENRIQUE GIL CALVO 21/08/2010

En esta época de prolongación de la longevidad, cuanto más largas se hacen las vidas humanas, más cortas resultan las lecturas que permiten guiar el flujo vital. La demanda de mercado lo demuestra bien, pues solo se venden microrrelatos, ensayos breves o novelas que parecen largas, pero que se leen como se escriben: de un solo plumazo. Y en la Red no digamos, pues donde estén los post de los blogueros que se quiten los artículos sesudos (como presume de ser este). Es la moda impuesta a la manada por las redes gregarias como Twitter, que requiere textos de forzada brevedad (longitud máxima de 140 caracteres). Algo que este mismo periódico acaba de emular con su último lanzamiento digital, el microblogging ‘Eskup’. Y lo mismo ocurre con la prensa, donde ya casi nadie lee las apretadas columnas de los artículos, contentándose con los titulares a modo de rápido resumen. Para lo cual no hace falta leer el periódico de papel, pues puede hacerse en sus páginas digitales en la Red, donde para retener o al menos captar la atención del lector hay que cambiar los titulares de prensa cada poco rato.

Curiosa inversión de las relaciones entre lectura y realidad. Cuando la vida era corta, necesitada e incierta, como ocurría antes del Estado de bienestar, solo las lecturas largas, constantes y duraderas permitían domesticarla y controlarla a voluntad, sometiéndola a reglas programadas previsibles de antemano. De eso se encargaba la práctica de la lectura, que adiestraba a los sujetos en el espíritu letrado tras hacerles incorporar el hábito lector.

Pero tras el advenimiento de la sociedad posindustrial, la lectura de la vida ha invertido su signo. Sigue leyendo

El arte de no terminar nada (Lichtenberg)

Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799), en un dibujo de Johann Ludwig Strecker.-

ENRIQUE VILA-MATAS 14/08/2010

Si los aforismos son “novelas de una sola línea”, los del científico y pensador de Gotinga son de los más apreciables y cómicos

Qué es un aforismo? Difícil ser preciso en la respuesta. Uno, en cualquier caso, cree saber qué no es un aforismo. No lo es, por ejemplo, esta frase de Robert Kennedy: “Si un mosquito pica a mi hermano John, el mosquito puede darse por muerto”. Y uno cree saber que en cambio estas palabras de Nietzsche pueden pasar por un aforismo: “Lo que no te mata, te hace más fuerte”. Del mismo modo que a uno no se le escapa que si fuera Georg Christoph Lichtenberg el que hubiera escrito en sus cuadernos: “Si un mosquito pica a mi hermano Karl, el mosquito puede darse por muerto”, consideraríamos la frase como un aforismo, quizás porque Lichtenberg ha pasado principalmente a la historia por ellos, por sus aforismos. Aunque, por raro que parezca, no llegó a enterarse de que los escribía, pues se limitaba a trazar ideas en lo que llamaba “cuadernos borradores”: ideas que, con toda la felicidad del mundo, nunca acababa de completar, de cerrar, y menos aún de suponer que un día serían reunidas en volúmenes titulados Aforismos de Lichtenberg.

De todas las definiciones me quedo con la de John Gross: “Una máxima sólo se distingue de un aforismo por ser un pensamiento establecido; el aforismo es siempre disruptivo o, si se quiere, es una máxima subvertida”. Examinemos ahora una frase de Lichtenberg que no es ni una máxima ni un aforismo, pero pasa por ser esto último: “Comerciaba con tinieblas en pequeña escala”. Aunque, bien mirado, ¿de verdad que no es un aforismo? Lo es si lo relacionamos con esta inspirada definición de Leonid S. Sukhorukov: “Un aforismo es una novela de una línea”. De hecho, la propia definición de Sukhorukov ya es ella misma un aforismo. En cuanto a Lichtenberg, no era consciente de su inclinación al aforismo, pero solía escribir muchas novelas de una sola línea: “De su mujer tuvo un hijo que algunos querían considerar apócrifo”. Tampoco pudo llegar a saber nunca que escribía greguerías avant la lettre: “Un tornillo sin principio”. Sigue leyendo