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La hora terrible de los vencidos

Expulsados de la región de los Sudetes

GALAXIA GUTENBERG | Expulsados de la región de los Sudetes como consecuencia de la represión aliada tras la derrota alemana.

JACINTO ANTÓN – Barcelona – 02/10/2010

Vae Victis! ¡Ay de los vencidos! A ningún pueblo como al alemán al acabar en 1945 la II Guerra Mundial se le puede aplicar tan precisamente la frase de Breno, el caudillo galo que justificó con el peso de su espada la falta de contemplaciones con los romanos derrotados. La vida se convirtió en un infierno para muchísimos alemanes, cuando buena parte del mundo se felicitaba por el fin de la contienda más atroz jamás librada. La historia de los terribles padecimientos de los grandes perdedores de la guerra ha pasado en buena parte inadvertida no solo porque el castigo y la venganza de los enemigos parecían consecuencia lógica, y hasta justa, de los pecados del III Reich, sino porque los propios alemanes afrontaron a menudo esos sufrimientos con sentimiento de culpa. De todos esos sufrimientos escribe el historiador británico Giles MacDonogh (Londres, 1955) en su impresionante ensayo Después del Reich, crimen y castigo en la posguerra alemana (Galaxia Gutenberg).

Los aliados llegaron acompañados por el odio y las poblaciones sometidas por los nazis se cobraron las cuentas en horrenda moneda de sangre. Los vencidos fueron internados en campos de concentración -a menudo en los propios lager nazis- en condiciones atroces, deportados, sometidos a marchas de la muerte y sevicias sin cuento, a torturas dignas de los peores especialistas de la Gestapo; fueron masacrados, violados, humillados hasta límites inverosímiles. Sigue leyendo

El héroe del hielo se deshace

 

El capitán Robert Falcon Scott

El capitán Robert Falcon Scott, junto a un trineo en un paisaje helado, en 1911.- CORDON PRESS

 

JACINTO ANTÓN 03/10/2010

Murieron, reza la leyenda, de forma “noble y espléndida” en la torturante pureza de la Antártida, entre el silencio, la soledad y la grandeza de un paisaje sobrecogedor, aceptando, al límite de sus fuerzas, lo desconocido e incognoscible: mártires de los confines y la exploración. El trágico destino del capitán Robert Falcon Scott y su pequeña partida de fracasados conquistadores del Polo Sur (llegó antes Amundsen), muertos en 1912 de congelación, agotamiento y escorbuto en el helado y triste camino de regreso a su base, ha inspirado valor a generaciones y se cuenta entre esos relatos ejemplares que tradicionalmente han servido para convertir a los chicos en hombres -contemos, ea, a los niños cómo muere un inglés- y han animado a estos, a los mayores, a dar lo mejor de sí mismos cuando las circunstancias, la patria o el rey lo requerían. La aventura de Scott es el paradigma de cómo se comporta un gentleman cuando las cosas se ponen difíciles y hay que echar el resto. O lo era. Sigue leyendo

El Señor de los ‘Moscas’

Un caza republicano Mosca A. ADAR .

JACINTO ANTÓN 28/08/2010

Me senté entre el polvo al borde de la pista del olvidado aeródromo para soñar con los viejos pilotos. Los hombres que se alzaron desde aquí hacia el cielo encendidos de luz y de coraje sostenidos con la tenue esperanza de no caer. Los imaginé en el firmamento furiosamente azul del verano envueltos en su excitante aventura de aire y libertad, y durante unos instantes me sentí parte de su mundo fulgurante de horizontes ilimitados, donde solo cuentan las certezas y la belleza adquiere una calidad diáfana con la omnipresencia del peligro.

“Este campo, Santa Oliva, fue hace 72 años la base de varias escuadrillas de caza del Grupo 21”, me explicaba el miércoles entre un calor sofocante Ramón Arnabat, director del Centro de Investigación y Documentación sobre la Aviación Republicana y la Guerra Civil. Bajo los expertos ojos de Arnabat, el terreno de sembrados y viñas del Penedès recupera su antigua fisonomía, el campo de aviación vuelve a la vida y los aeroplanos Mosca y Chato de nuevo ruedan en las pistas. “Una de las tres pistas seguía exactamente la orientación de esa carretera entre las dos hileras de olivos; en esa masía, Cal Sereno, se instaló el personal del campo y en aquella caseta estaba el mando operativo”. Caminamos hasta la pequeña construcción medio escondida en una pineda en los límites del aeródromo. Entro en la caseta en ruinas en la que cabía justo una mesa y un teléfono y desde la que el jefe del campo ordenaba el despegue de las escuadrillas. Asomado a la ventana alargada imagino la febril actividad, el ruido, el enjambre de los letales aparatos. El techo bajo está lleno de nidos de avispa. Sigue leyendo