Posts Tagged ‘ Tony Judt ’

El testamento político de Tony Judt

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Tony Judt /Foto de Steve Pyke para The Chronicle Review

JOSEP RAMONEDA 23/10/2010

El escritor apuesta en el que se puede considerar su testamento político por la socialdemocracia

La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano”. Estas palabras son de Tony Judt, en Algo va mal, escrito en la fase final de la esclerosis lateral amitriófica que le llevaría a la muerte el pasado agosto. Dos años de postración que Judt, con la ayuda de familiares y amigos, convirtió en un tiempo de creatividad. Este libro es, de algún modo, su testamento político. Lo demás queda para las memorias que dejó escritas.

En Algo va mal, Judt formula su apuesta por la socialdemocracia después de un interesante trabajo de síntesis de los malestares contemporáneos y sus raíces. En el punto de partida, la perplejidad ante una sociedad que ha hecho del dinero su único criterio moral: “Ha convertido en virtud la búsqueda del interés material”. Hasta el extremo de que es lo único que queda como sentido de voluntad colectiva. Y así asistimos a crecimientos salvajes de la desigualdad interior en nuestros países, a la humillación sistemática de los más débiles, a los abusos de poderes no democráticos -empezando por el poder económico- frente a los cuales el Estado es impotente, sin que ello cause el menor revuelo o indignación. La reducción de la experiencia humana a la vida económica se ha convertido en algo natural. Una naturalidad que surge del mundo construido en los años ochenta sin alternativa, fundado “en la admiración acrítica por los mercados sin restricciones, el desprecio del sector público y la ilusión falsa del crecimiento infinito”. Sigue leyendo

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Algo va muy mal

Luis García Montero (Granada, 4 de diciembre de 1958) es una de las principales figuras de la actual poesía española

10/10/2010

La lectura del último ensayo de Tony Judt, Algo va mal (Taurus, 2010), deja una valiosísima sensación de familiaridad. El autor de algunos de los libros que más ayudan a comprender el pasado ideológico de la realidad (Postguerra o Sobre el olvidado siglo XX) habla de manera cordial de los asuntos que suelen centrar nuestras conversaciones en los últimos años, ya sea con los amigos o los adversarios. Resulta difícil asistir al espectáculo de la religión mercantilista, meditar el significado de las noticias y escribir sobre el mundo sin plantearse las cuestiones que aborda Judt en este libro.

Los que nos hemos formado en una voluntad humanista, pensando que la educación procura transmitir saberes y formar ciudadanos, sentimos verdadera incertidumbre ante la facilidad con la que se han impuesto las consignas de la rentabilidad comercial en los planes de estudio y en las decisiones de las autoridades académicas y de los estudiantes. Sigue leyendo

El legado de Tony Judt

LUIS MAGÁN | Tony Judt en Madrid, el 26 de octubre de 2006, con motivo de la presentación de su libro Postguerra, una historia europea desde 1945.

TONY JUDT 26/09/2010

Algo va mal , de Tony Judt. Ediciones Taurus

Quienes afirman que el fallo es del “sistema” o quienes ven misteriosas maniobras detrás de cada revés político tienen poco que enseñarnos. Pero la disposición al desacuerdo, el rechazo o la disconformidad -por irritante que pueda ser cuando se lleva a extremos- constituye la savia de una sociedad abierta. Necesitamos personas que hagan una virtud de oponerse a la opinión mayoritaria. Una democracia de consenso permanente no será una democracia durante mucho tiempo.

Es tentador hacer como todos: la vida en comunidad es mucho más sencilla cuando cada uno parece estar de acuerdo con los demás y la disconformidad es adormecida en aras de las convenciones del compromiso.

Las sociedades y las comunidades en que estas faltan o se han desintegrado no prosperan. Pero la conformidad tiene un precio. Un círculo cerrado de opiniones o ideas en el que nunca se permiten ni el descontento ni la oposición -o solo dentro de unos límites circunscritos y estilizados- pierde la capacidad de responder con energía e imaginación a los nuevos desafíos.

Estados Unidos es un país fundado sobre comunidades pequeñas. Como puede atestiguar cualquiera que haya vivido durante algún tiempo en uno de esos lugares, el instinto natural siempre es imponer una uniformidad normativa al comportamiento público de sus miembros. Sigue leyendo

La huelga zombi

“Quarto Stato” /Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901)

FERNANDO VALLESPÍN 17/09/2010

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid

Decía Tony Judt en su último gran libro póstumo -Ill fares the Land, Penguin Books, 2010-, que si la izquierda quiere ser tomada en serio, debe recuperar su propia voz. Que aquello que le ha venido perjudicando en estos últimos tiempos ha sido su insistencia en culpar al “sistema” para luego retirarse y no ofrecer una verdadera alternativa; su “irresponsable grandiosidad retórica”. O sea, la típica posición de quien se sabe con razón, pero que a la hora de la verdad se limita a rasgarse las vestiduras. Y, yo añadiría, que actúa siguiendo sus propias inercias sin adecuar su acción a las nuevas circunstancias. El empeño principal de la izquierda ha sido la defensa del status quo, el mantenimiento del Estado de bienestar, más que la articulación de un verdadero proyecto transformador. Una izquierda “conservacionista” más que una izquierda ilusionante y con proyecto de futuro. Ha luchado más por conservar sus logros históricos que por redefinir sus objetivos de cara al porvenir. No ha sabido establecer, en suma, un adecuado balance entre pragmatismo y utopía. Se ha limitado a demonizar a los mercados, a la codicia capitalista y al populismo de derechas, sin ser capaz de cartografiar la dirección de los nuevos tiempos. Carece, en definitiva, de un proyecto de buena sociedad a la que hemos de aspirar y cómo presentarlo a ciudadanos temerosos de todo cambio, pero no por ello menos dispuestos a dejarse ilusionar. Sigue leyendo

Trenes que nunca volveré a coger

TONY JUDT 07/02/2010

Según el teórico literario René Girard, los seres humanos deseamos e incluso amamos aquello que aman también otros. Yo no puedo confirmarlo por experiencia personal; tengo una trayectoria de deseos frustrados de objetos y mujeres que estaban claramente fuera de mi alcance, pero no interesaban especialmente a nadie más. Sin embargo, existe una esfera en mi vida en la que, por inverosímil que parezca, la teoría del deseo mimético de Girard podría adaptarse perfectamente a mi experiencia: si por mimético queremos decir mutuo y simétrico -más que hablar de imitación y competencia-, entonces puedo dar fe de que su proposición tiene credibilidad. Yo adoro los trenes, y ellos siempre me han adorado a mí.

¿Qué quiere decir que un tren me quiera? El amor, en mi opinión, es esa situación en la que uno está más a gusto consigo mismo. Si parece paradójico, recordemos la advertencia de Rilke: el amor consiste en dejar al ser amado espacio para que sea él mismo y, al tiempo, proporcionarle la seguridad necesaria para que su yo pueda florecer. De niño, siempre me sentía incómodo y un poco oprimido cuando estaba con gente, en especial mi familia. La soledad era una bendición, pero era difícil conseguirla. “Estar” siempre me producía tensión: cuando estaba en un sitio, siempre había algo que hacer, alguien a quien contentar, un deber que cumplir, un papel que no alcanzaba a desempeñar. En cambio, el proceso de encaminarme a algo era un alivio. Cuando más feliz me sentía era cuando estaba yendo a algún sitio por mi cuenta, y cuanto más tardaba, mejor. Me encantaba caminar, disfrutaba montando en bici, me divertía ir en autobús. Pero el tren era el paraíso. Sigue leyendo

La aplazada muerte de Tony Judt

Tony Judt

El recientemente fallecido historiador, indomable en sus juicios, judío irreverente con el dogma y observador socarrón de las grandes instituciones culturales, pervive en sus palabras, sigue hablando para nosotros

VICENTE MOLINA FOIX 21/08/2010

Han sido poco más de 20 los capítulos del relato autobiográfico que Tony Judt escribió en los siete meses finales de su vida. El último en publicarse fue póstumo; lleva la fecha del 19 de agosto, aunque se distribuyó y envió a los subscriptores de The New York Review of Books (donde aparecieron todos) coincidiendo con la muerte del historiador, ocurrida el día 6 de este mes.

La historia de la enfermedad inevitablemente mortal que le diagnosticaron en septiembre de 2008 la contó el propio Judt en el primero de la serie, titulado Noche, que publicó en su momento EL PAÍS; la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) le iba inmovilizando paulatinamente el cuerpo y las extremidades, sin borrarle la capacidad mental y sin producirle dolor; “un encarcelamiento progresivo y sin fianza” (si bien al traducir ‘fianza’ se pierde el doble sentido de su without parole, que alude a la falta de las palabras; Tony Judt también iba perdiendo el habla).

Condenado a una supervivencia inmóvil y completamente asistida, la noche era el peor momento de quien, resignado a no poder ni soñar con una imposible libertad de movimientos, decidió “revolotear” en su vida anterior, sus pensamientos, sus fantasías, sus memorias y desmemorias, distrayendo de ese modo la alternativa del insomnio, la incomodidad de una postura semierecta en la cama, la angustia de unos picores corporales que por sí solo no podía calmar. Sigue leyendo

Revolucionarios

Primavera de Praga 1968/Foto: Josef Koudelka

TONY JUDT 24-01-2010

Yo nací en Inglaterra en 1948, suficientemente tarde, por unos años, para no tener que hacer el servicio militar obligatorio, pero a tiempo para los Beatles: tenía 14 años cuando sacaron Love me do. Tres años después aparecieron las primeras minifaldas, y yo era lo bastante mayor como para valorar sus virtudes y lo bastante joven como para aprovecharlas. Crecí en una época de prosperidad, seguridad y confort y, por tanto, al cumplir 20 años, en 1968, me rebelé. Como tantos jóvenes pertenecientes al baby boom, fui conformista en mi inconformismo.

No cabe duda de que los sesenta fueron una buena época para ser joven. Todo parecía estar cambiando a una velocidad sin precedentes, y el mundo parecía dominado por la juventud (una observación verificable si se ven las estadísticas). Por otro lado, al menos en Inglaterra, el cambio podía ser engañoso. Los estudiantes nos oponíamos ruidosamente al apoyo que el Gobierno laborista daba a la guerra de Vietnam de Lyndon Johnson. Recuerdo al menos una de aquellas manifestaciones en Cambridge, después de una conferencia de Denis Healey, entonces ministro de Defensa. Perseguimos su coche hasta las afueras de la ciudad, y un amigo mío, hoy casado con la Alta Representante de Asuntos Exteriores de la UE, saltó al capó y golpeó con furia las ventanillas.

Sólo que, cuando Healey se alejaba, nos dimos cuenta de lo tarde que era; la cena en el comedor de la universidad empezaba en cuestión de minutos y no queríamos perdérnosla. Mientras volvíamos al centro, me tocó trotar al lado de un policía de uniforme que había estado vigilando la multitud. Nos miramos: “¿Cómo le parece que ha estado la manifestación?”, le pregunté. Como si fuera una pregunta de lo más corriente -sin ver en ella nada extraordinario-, me contestó: “Oh, creo que ha estado bastante bien, señor”. Sigue leyendo

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