La libido del puente y la pasarela

Salginatobel Bridge

El puente de Salginatobel en Suiza de Rober Maillart en 1930

VICENTE VERDÚ 21/10/2010

“El puente no solo conecta orillas que ya están allí. Las orillas emergen como orillas solo cuando el puente cruza la corriente”. Esta sentencia de Heidegger podría ser el emblema de todo el libro de Javier Manterola sobre la estética de la ingeniería en presas o puentes que están cambiando la vida del mundo, y su vista también.

Javier Manterola, el ingeniero español que más puentes significativos ha diseñado en las últimas décadas, ha publicado La obra de ingeniería como obra de arte (Laetoli / F. Arquitectura y Sociedad) y con él se abren los ojos al automovilista o al viajero del AVE para degustar las gigantescas construcciones civiles de los últimos tiempos. ¿Un atentado contra la naturaleza?

Lo más atractivo de este libro ilustrado viene a ser la comprobación del excitante efecto que una buena construcción humana inculca en su entorno. Puentes o presas abovedadas como impensadas esculturas encajadas amorosamente en el lugar idóneo. Ondulaciones y curvaturas de hormigón y acero en las que se percibe tanto la libido del lápiz como la habilidad del cerebro y a una escala que deja pequeño al land art y hasta lo descalifica.

No será tan solo la ciudad a la que viajamos la que nos reserva la belleza de sus pinturas, su estatuaria o su arquitectura. El trayecto se encuentra cada vez más poblado de formidables obras de arte. El puente de Salginatobel en Suiza de Rober Maillart aparece como el artefacto fundacional de todo este punto de vista. Construido alrededor de 1930 y sin propósito de hacer nada bonito fue “descubierto” como obra de arte por Sigfried Giedion (1888-1968) erigido hoy, con plena razón, en un santo patrón de ingenieros, arquitectos y público listo.

Dos libros de este sabio checo, Espacio, tiempo y arquitectura (Reverté, 1941) y La mecanización toma el mando (Gustavo Gili, 1948) son suficientes para ponerse inmediatamente de rodillas. El puente de Maillart parece poca cosa si se compara con el de Millau de Foster y Virlogeux en Aveyron (Francia). Este puente, el más alto del mundo (343 metros), mide casi dos kilómetros y medio de largo y tiene un tablero con un ancho de 32 metros, varias veces la talla de Maillart. La comparación es, pues, brutalmente desigual si se tratara de una competición, pero Salginatobel es, para los ingenieros, como el Shangri La en la novela de James Hilton, titulada (curiosamente) Horizontes perdidos.

Los horizontes perdidos o tan lejanos como misteriosos se convierten en horizontes a pedir de boca cuando, por ejemplo, la mirada degusta el Golden Gate (1937) de San Francisco, el Firth of Forth (1890) junto a Edimburgo o el Bayonne sobre el Kill van Kull de Nueva York (1931).

Pero no se concentran las obras maestras solo allí o en la época gloriosa de las primeras construcciones en hormigón, vidrio y acero, coetáneas de la Torre Eiffel o el Palacio de Cristal inglés o español. En España, tanto Eduardo Torroja o Carlos Fernández Casado, entre otros, fueron inolvidables pontones antes de la Guerra Civil.

Y, desde luego, tampoco Javier Manterola necesita presentarse ni ser alabado para quedar bien. Prácticamente todo lo mejor o extraordinario que se ha construido en puentes durante los últimos 20 años son obra suya. Suyo es el puente de Contreras en Valencia, el que vuela sobre el río Galindo en Baracaldo, el puente de Ventas, el de los Franceses y todo el nudo norte en Madrid, el de Congost en Barcelona, el de Euskalduna en Bilbao o el elegante ejemplar cruzando el Ebro en Logroño.

A lo largo de muchas páginas, Manterola es la estrella, estrella de puentes y “pasarelas”. Todos ellos tan reveladores del plus estético que la naturaleza recibe con la inteligente, afectiva o libidinosa intervención del hombre que ya pueden ir ahorcándose los más severos y asexuados de los ecologistas

© EDICIONES EL PAÍS S.L.

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