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Sin novedad desde el Renacimiento

 

JORGE WAGENSBERG 07/10/2010

Físico y museógrafo, y acaba de publicar Las raíces triviales de lo fundamental (Tusquets).

Se puede hablar del lenguaje de la ciencia, de la tecnología, de la música, de la escultura, de la museografía… aunque ninguno de estos lenguajes es, por cierto, la particular jerga con la que se entienden científicos, músicos, escultores o museógrafos… Es la idea de Walter Benjamin. Hay lenguajes que viven dentro de otros: dentro del lenguaje de la música se puede hablar del lenguaje romántico o del barroco y, dentro del lenguaje barroco se puede hablar del lenguaje de Bach o del de Pergolesi… Un mirlo distingue otro mirlo de cualquier otro pájaro por su lenguaje, pero tampoco se le escapa que tal otro mirlo tiene un acento que “no es de por aquí”… Un museo que opta por la pieza original como la palabra museográfica emplea un lenguaje muy diferente a otro que se entrega a la réplica o al lenguaje propio de los multimedia.

Los lenguajes, con sus palabras y con sus reglas para combinar palabras, se usan para adquirir y transmitir conocimiento, es decir, sirven para contar historias.

Pero todo cambia con el uso, también el lenguaje. A veces, una historia requiere la invención de una palabra y así crece el diccionario y se mueve la gramática entera. Hablemos por ejemplo de dinosaurios. Una de sus grandes aportaciones a la evolución fue sin duda la pelvis. Los andares de un cocodrilo todavía se expresan en rancio lenguaje prepélvico. La locomoción del cocodrilo en tierra es imperfecta porque no puede mover una pata sin que se resienta el resto del cuerpo. Sigue leyendo

Sueños a escala industrial

JESÚS URIARTE | El músico Gorka Alda, en el Chillida Lantoki, instalado en una antigua papelera de Legazpia (Guipúzcoa).

ISABEL LANDA – San Sebastián – 20/07/2010

Eduardo Chillida soñaba con volúmenes de hierro a gran escala que se materializaban en grandes forjas industriales. Procesos de creación en los que el escultor vasco se enfrentaba al material en estado puro en los hornos de Patricio Echeverría, en Legazpia (Guipúzcoa). La necesidad de llegar a la obra pública le llevó al artista a buscar una nueva forma de trabajo para la creación de piezas a gran escala. En ese camino, Chillida fraguó una íntima relación con la industria del hierro a golpe de fuego y sudor, que en muchos casos se convertía en procesos de trabajos titánicos de tres y cuatro meses para realizar una obra. Los operarios le seguían como quien sigue a un director de orquesta.

Chillida Lantoki, que se inaugura mañana en una antigua papelera de Legazpia, es un espacio que recoge tanto la dimensión humana de la obra de Chillida a gran escala como su contacto con la gente que colaboró con él. Sigue leyendo